Khovantchina, Modest Petrovič Musorgskij

Drama musical popu­lar, en cinco actos, de Modest Petrovič Musorgskij (1839-1881), compuesto entre 1873 y 1875, y refundido, completado e instru­mentado por Nikolij Rimsky-Korsakov. Estrenado en San Petersburgo en 1886.

El texto, sugerido por el poeta Stasov, fue escrito por el mismo Musorgsky y se ins­pira en la revolución de los Strelltz. capi­taneada por los príncipes Iván y Andrés Khovansky. en 1682, durante la regencia de la zarina Sofía, mientras el zar Pedro era todavía menor de edad. La palabra Khovantchina significa «gesta de Khovans­ky», y fue pronunciada en tono despectivo por el zar Pedro cuando se enteró de la tentativa de aquellos príncipes para apode­rarse del trono. El argumento dramático elaborado por Musorgskij es algo compli­cado: en lugar de un protagonista único de gran relieve, como en el Boris Gódunov (v.), destacan aquí cuatro figuras princi­pales: el príncipe Iván Khovansky, repre­sentante de la antigua Rusia fanática y oscura, el cual se apoya en la secta de los «viejos creyentes» («Raskolnik!»), congre­gación religiosa que se niega a seguir las modificaciones aportadas al rito ortodoxo por los nuevos tiempos; el solemne Dositeo, jefe de esta secta; el príncipe Golizin, amante de las reformas a la europea, que se opone a los anteriores, y María, extraña joven fanática y al mismo tiempo pecadora, religiosa y hechicera, perteneciente a los «viejos creyentes».

Al comienzo de la ac­ción, el boyardo Saklovity dicta a un escri­bano la delación al zar de la conjuración de los Khovansky. Aparece luego el prín­cipe Iván, aclamado por sus fieles. Su hijo Andrés, mientras tanto, enamorado de una joven alemana, intenta llevarla consigo: pero en auxilio de ésta llegan María, en otro tiempo prometida y todavía enamo­rada de Andrés, y Dositeo, el cual, una vez salvada la muchacha, incita al pueblo a luchar por la verdadera fe. En el cuadro siguiente, el príncipe Golizin se hace pronosticar el porvenir por María; pero al oír profecías desfavorables da orden de que ésta sea ahogada. Pero ella reaparece al cabo de poco, anunciando que ha sido sal­vada por los «Petrovzi» o guardias del zar Pedro; la delación de Sakovity se lee ahora por las paredes de las casas, y el zar ha dado orden de que los rebeldes sean bus­cados y capturados. En el cuartel de los «viejos creyentes» María llora el abandono de Andrés. Mientras tanto, el pueblo, ente­rado por el escribano de la llegada do los guardias del zar, implora el auxilio del príncipe Iván. Mientras éste celebra un banquete en su palacio, entre danzas do bailarinas persas, le llega la orden de pre­sentarse ante la zarina; pero es asesinado en el umbral.

Golizin es desterrado; los «viejos creyentes» preparan una pira sobre la cual morirán todos; y María arrastra también a Andrés a las llamas. Musorgskij ha sabido dar un fuerte carácter dramático a la peripecia histórica y hacer surgir este dramatismo de la música, que se funde per­fectamente con el texto. La capacidad de caracterización musical de los personajes, típica del gran compositor ruso, se afirma aquí en el relieve que se da no sólo a los protagonistas, sino también a las figuras menores, como, por ejemplo, la del escri­bano, que en su comicidad es comparable a los hermanos Varlaam y Missali del Boris. Varios son los medios musicales empleados para las partes de los protagonistas: mien­tras María y Dositeo, místicos y exaltados, se expresan en frases ricas de melodía, para el frío Golizin y el rudo Iván se usa un recitativo altamente expresivo. Como dominante en toda la obra sólo se puede re­conocer un solo motivo: el del viejo Khovansky. Do gran fuerza musical son algu­nos «números», ya vocales («canción de María»), ya orquestales (preludio del pri­mer acto y «danzas persas», que son el frag­mento más conocido de la obra). Como el Boris, la Khovantchina es un drama musi­cal «de raíz popular»; sobre toda la obra pesa una atmósfera mística — como el alma de la antigua Rusia oscurantista — que emana de la fe exaltada de los «viejos creyentes» (para cuyos coros, de profunda y sugestiva belleza, el autor se inspiró en antiguas cantinelas del rito ortodoxo) y culmina en la escena final de la pira.

M. Dona