Jacques el Fatalista, Denis Diderot

[Jacques le fataliste et son maître]. Novela satírica de Denis Diderot (1733-1784), escrita en varias etapas desde 1772 a 1775, publicada primero fragmentariamente en la Correspondencia (v.) de Melchior Grimm, y finalmente edi­tada póstuma en un volumen en 1796. Es la narración más extensa de las de Dide­rot, comparable a La Monja (v.) por ciertos fragmentos de sátira anticlerical, hecha aquí burlonamente, y al Sobrino de Rameau (v.) por su forma dialogada, la variedad de sus temas y la abundancia de digresiones. No se puede hablar de un argumento en sentido estricto: Jacques (v.) y su señor, persona­jes extravagantes y curiosos, dispuestos a discutir sobre cualquier cosa y extraordinariamente habladores, nos son presentados al emprender un viaje, del cual el autor (que mezcla a menudo sus consideraciones per­sonales a la narración) nos hace una especie de relato, reproduciendo minuciosamente sus diálogos y deteniéndose con complacen­cia sobre una gran cantidad de pequeños y grandes incidentes que les sobrevienen durante el camino.

Jacques se ha empeñado, en contar a su señor, para distraerle, la his­toria de su vida y de sus amores; pero su exposición es interrumpida continuamente por mil contratiempos, además de las inter­venciones del señor y por las consideracio­nes filosóficas del mismo Jacques. El exce­lente joven tiene, en resumidas cuentas, una opinión perfectamente definida sobre la vida humana y sobre las vicisitudes de este mundo, que dice haber sacado de las ense­ñanzas de su capitán, cuando era soldado: todo lo que sucede está escrito «allá arriba», en el gran libro del destino, y el solo hecho de que las cosas hayan sucedido indica que no podían suceder de otra manera. A la luz de este principio juzga todos los suce­sos humanos: se exhorta a sí mismo y a los demás a una resignada aceptación, pero a veces él es el primero en abandonarse a inútiles recriminaciones, se arrepiente y se amonesta, dispuesto a reincidir, sin embar­go, en la misma inconsecuencia. Con todo, es un curiosísimo investigador de las accio­nes propias y de las ajenas, formando así una pareja extraordinariamente afortunada con su señor que tiene los mismos gustos.

En la accidentada sucesión de las narracio­nes de Jacques se insertan, a medida que se presenta la ocasión, una gran cantidad de otras historias: la de los amores de Ma­dame de la Pommeraye y del Marqués des Arcis (contada por un magnífico tipo de posadera parlanchina y campechana) cuyo tema será más tarde recogido por Sardou en su Fernanda (1870); la romántica aven­tura de un ex fraile, secretario del suso­dicho marqués, referida por él mismo a nuestros héroes, y la vida y las aventuras del señor Desglands, contadas entre Jacques y su señor, que completan sus informes y sus recuerdos. Como Jacques, en un momen­to dado, no puede hablar a causa de un dolor de garganta, el señor le releva narrán­dole la complicada intriga de un amor de juventud. Al final del viaje el señor mata a un hombre en duelo; Jacques, arrestado en lugar de aquél y puesto en libertad en el curso de un motín, acaba convirtiéndose en bandido, hasta que los dos se encuentran en el castillo de Desglands, donde Jacques se casa y se establece definitivamente, dis­poniéndose a vivir en paz el resto de sus días.

La extraña narración recuerda una gran cantidad de novelas dieciochescas, des­de la refundición, por Lesage, del Diablo cojuelo (v.) al Cándido (v.) de Voltaire y a la Vida y opiniones de Tristán Shandy (v.) de Sterne (que fue su fuente principal, confesada incluso por el autor); mientras que, por otra parte, la truculencia de mu­chas situaciones, la atrevida licenciosidad de lenguaje y la vivacidad del colorido revelan la influencia de Rabelais, del cual fue Diderot un gran admirador. Con todo, pre­senta una fuerte originalidad: resume inclu­so en sus mismos defectos, en el complicado desorden de los episodios, en la densidad de sus razonamientos, en la facilidad y va­riedad de las digresiones, los caracteres típicos del fuerte y originalísimo tempera­mento de este escritor. Diderot, dando libre curso al vivaz humor de su estilo, llega a veces a poner de relieve sus defectos, ce­gando y confundiendo al lector con cente­lleantes complicaciones, pero recobrándose cada vez con una gran cantidad de hallaz­gos que se suceden de página en página.

M. Bonfantini

Es el Tristan Shandy de Sterne, sin el genio adorable de Sterne. (Barbey d’Aurevilly)

Ha sido el más violento y el más brutal de los anticlericales, de los antirreligiosos. Apasionado en el anticlericalismo como Ra­belais, Voltaire y Michelet, y más decidido que todos ellos juntos en la irreligiosidad. (Drieu La Rochelle)