[Israel in Egypten]. Oratorio en dos partes, para solistas, coro y orquesta, de Georg Friedrich Händel (1685-1759), sobre texto sacado del relato bíblico de la esclavitud de los hebreos en Egipto y de su liberación mediante el milagroso paso del Mar Rojo.
En la primera parte del oratorio, el texto bíblico está muy resumido, mientras que en la segunda, en cambio, figura por entero el cántico de gracias al Señor de Moisés y de los hijos de Israel, hasta el canto de la profetisa Miriam (Éxodo, XV, 1-21). La música fue compuesta en quince días, en 1738: la primera ejecución tuvo lugar en Londres al año siguiente. Originariamente, las dos partes citadas iban precedidas de otra que reflejaba el dolor del pueblo de Israel por la muerte de José; luego ésta se publicó separadamente del oratorio, lo cual explica que éste empiece con un simple recitativo sin preludio instrumental, cosa insólita en las obras sacras de Händel. La principal edición moderna de la partitura del Israel se halla en el volumen 16.° de las Obras completas de Händel (Leipzig, 1863), publicadas bajo la dirección de F. Chrysander. Es una de las creaciones más celebradas del maestro, y, sin embargo, ha dado mucho que hablar a los estudiosos por la abundancia de los llamados «plagios» que en ella se notan, pues aparte de dos fragmentos sacados de otras obras del mismo Händel, otros son refundiciones o reproducciones de páginas de Kerll, Stradella y otros compositores menos conocidos. Piénsese lo que se quiera de estos «plagios», por lo demás frecuentes en Händel, no se puede negar que la estructura de conjunto del Israel se resiente de la rapidez con que el oratorio fue escrito; pero también es verdad que, a pesar de ello, la obra está penetrada de un admirable soplo de poesía bíblica.
En cierto sentido puede decirse que es el más típico oratorio de Händel, ya que, a diferencia del Mesías (v.), que es como una sintética y celebrativa evocación del misterio de la vida y muerte de Jesús, y de ‘otros como Saúl (v.), Salomón, etc., casi dramas de asunto sacro, éste es, en la parte más profunda de su inspiración, una verdadera epopeya musical, formada por frescos corales interrumpidos aquí y allá por fragmentos solísticos. El coro es, pues, con mucho, la parte preponderante; en él se condensa la narración musical, que es a la vez representación, cuadro y comentario; los pocos recitativos sirven para completar el sentido del relato, pero, lejos de tener una importancia esencial como en los oratorios de Bach (v. Pasión según San Mateo, Pasión según San Juan), son más bien insignificantes. Las arias, en cambio, completan a veces felizmente la expresión de los coros. La segunda parte es, en cuanto al texto, un comentario lírico a lo que ya ha sido narrado en la primera; pero en la música esta relación, o sea esta diferencia de carácter, no se advierte. Por el contrario, debe hacerse otra y más íntima distinción entre las partes en que el talento del compositor se muestra atraído sobre todo por elementos descriptivos y decorativos contenidos en el texto, y aquella en que domina una inspiración profunda que interioriza incluso los aspectos pictóricos. Típico ejemplo de descriptividad genial, pero más bien exterior, es el coro número seis de la primera parte, donde un minucioso comentario orquestal pinta los enjambres de moscas y mosquitos que devastan la corte y el campamento de los faraones, mientras, de vez en cuando, en la orquesta y en el coro, se oye un inciso altisonante sobre la frase: «Él pronunció la palabra» [«Er sprach das Wort»].
En cambio, resulta superficial y de menos originalidad que el precedente, el coro de la tempestad, mientras que el llamado de las tinieblas, por su grandioso contenido armónico y su originalísima forma de libre recitativo coral, es una pintura interior que sólo en algún punto tiende al efecto fúnebre. Otros fragmentos, como el primer coro de la segunda parte, son de una pomposidad algo convencional, y, en general, los pasajes solísticos son al principio eficaces y originales, pero prolijos en su desarrollo. Aparte de estos elementos, la obra tiene un núcleo de inspiración excelsa donde Händel revive y recrea el drama del Antiguo Testamento como pocos han logrado hacerlo. Citaremos en primera línea el coro inicial «Y los hijos de Israel gritaban» [ «Und die Kinder Israel schrien» ], el antedicho «coro de las tinieblas» y el cuarto y último de la primera parte, todos ellos de expresión predominantemente oscura y de una espléndida polifonía (el cuarto es, en rigor, una verdadera fuga a cuatro voces); y en la segunda parte el largo «La profundidad» [«Die Tiefe»], en tono de fa mayor, de clara dulzura; el coro del paso del Mar Rojo, donde el sereno movimiento de las olas se traduce en purísimo lenguaje musical y, finalmente, el grandioso coro en mi menor «Esto oyen los pueblos» [«Das hóren die Vólker»].
F. Fano

