Imágenes, Claude Debussy

[Images]. Con este título, Claude Debussy (1862-1918) compuso seis piezas para piano y tres para orquesta. Inde­pendientes unas de otras y sin otro elemento en común que el título, figuran entre las más importantes del gran compositor fran­cés.

Las seis Imágenes para piano están divi­didas en dos series; la primera («Reflejos en el agua», «Homenaje a Rameau», «Mo­vimiento») fue compuesta en 1905; la se­gunda («Campanas a través de las hojas», «Y la luna baja al templo que fue», «Peces de oro») en 1907. En estas piezas, todavía más que en Estampas (v.), se afirma la nue­va técnica debussista, fundada en un vir­tuosismo que, si bien tiene sus orígenes en la escuela de Liszt y Chopin, se separa de ella por la distinta relación entre la melodía y los arabescos que la acompañan. Estos arabescos envuelven con sus sonoridades resplandecientes la melodía que fluye y se multiplica en un juego de refracciones so­noras. El equilibrio de estos elementos se convierte en el punto focal de la invención debussista. En este perfecto equilibrio de la melodía con el arabesco sonoro se traduce la sugestión naturalista que constituye el origen de la emoción debussista. En el «Ho­menaje a Rameau» vuelve aquella triste y solemne gravedad que emana de la «Zara­banda» incluida en la suite Para el piano (v.), y la idea de la antigua danza aparece de nuevo en estas páginas precedidas de la indicación: «lento y grave, en el estilo de una zarabanda, pero sin rigor». La melanco­lía y la gravedad de ánimo, que son uno de los motivos fundamentales de la poética debussiana, se identifican aquí con el home­naje a uno de los compositores franceses más admirados por Debussy. «Movimiento» es una obra de pura arquitectura musical. Construido casi todo sobre un arpegio en terceras, excepto un breve episodio central de octavas arpegiadas en toda la extensión del teclado, que rompe su uniforme conti­nuidad, esta página es de una festiva jocundidad que se contrapone a la solemne me­lancolía del «Homenaje a Rameau».

Las tres Imágenes de la segunda serie arrancan de motivos naturalistas por lo demás tan ínti­mamente revividos por el compositor que llegan a hacerle olvidar aquellas alusiones que hubieran tenido una comprensible legi­timidad, como hubiera podido ser un doblar de campanas que no aparece en «Campanas a través de las hojas». El motivo descriptivo se transforma aquí en una difusa y tenue melancolía, en una magistral y refinadísima escritura pianística, hecha de las más deli­cadas dosificaciones de relaciones y calida­des sonoras. Algo parecido puede decirse de «Peces de oro», la tercera de estas Imágenes, página alegre y jocunda, toda sonidos relu­cientes y brillantes. Aquí la fantasía de] compositor arranca de una sugestión visual del ágil movimiento de los peces exóticos, que de la sensación visual originaria se transmite a la auditiva de la música para cristalizar en imágenes de puro sonido. De un orden algo distinto es la segunda Imagen, «Y la luna baja al templo que fue». Menos pianísticamente encendida que los «Peces de oro», mucho más estática que las «Campanas a través de las hojas», es una de las páginas más recogidas y más intensamente expresi­vas de Debussy. Excluido todo artificio vir­tuoso, toda la expresión se confía a la me­lodía, que casi nunca aparece al descubierto y lineal, sino que se determina en admirables sucesiones de acordes, cuyas disposiciones sobre el teclado son el resultado de una aguda búsqueda de timbres. El título, de una apariencia rebuscada y decadente, pre­cisa el sentido arcano y augusto de un claro de luna que unas antiguas ruinas ani­man de una dimensión temporal que se pierde en la fuga remota de los siglos Mo­mentos como éste: figuran entre los más altos que haya conce­bido la fantasía del compositor.

Las Imáge­nes, juntamente con los Preludios (v.), con­tienen las mejores páginas pianísticas de Debussy, el cual, a propósito del primer fascículo, escribía a su editor Durand: «Sin falsa vanidad, creo que estas tres piezas se sostienen y que tendrán un sitio en la lite­ratura pianística a la izquierda de Schumann o a la derecha de Chopin…, como le parezca a usted». Las Imágenes para orquesta com­prenden tres composiciones, «Gigas», «Ibe­ria», «Rondas de primavera», y fueron lar­gamente elaboradas entre 1905 y 1912. Los materiales melódicos derivan de músicas po­pulares inglesas, españolas, y francesas. «Gi­gas», página delicadísima y muy tenue de colorido instrumental y armónico, está cons­truida sobre las asociaciones y los desarro­llos de los elementos temáticos: un motivo de giga (antigua danza de origen inglés) y un breve tema ampliamente desarrollado en el curso de la obra. Debussy emplea aquí el oboe de amor, al cual se confía casi siempre el primero de los dos temas, que asume así un valor descollante en el colorido general de la orquesta, gracias al sonido suave y dulce de aquel instrumento. «Iberia» es la más amplia y quizás la más bella de las tres Imágenes; comprende tres partes: «Por ca­minos y senderos», «Los perfumes de la no­che» y «Mañana de un día de fiesta». Figura entre las composiciones orquestales de mayor aliento de Debussy, al lado de Noc­turnos (v.) y El Mar (v.). Está construida sobre elementos melódicos, armoniosos y rít­micos, sacados de la música popular espa­ñola; y la inspiración naturalista, encua­drada en una España de pura fantasía, en­cuentra el más fecundo terreno para desarrollarse en la imaginación del músico que va más allá de un simple descriptivismo y de todo fácil manierismo. Un hálito amplio y vigoroso de grande y humana poesía se desprende de esta música: la primera parte refleja el jolgorio estival de un paisaje diur­no, donde los acentos rítmicos y melódicos españoles dan a la página una exactitud geográfica, una sensualidad ora nerviosa y resplandeciente, ora mórbidamente lánguida.

La pieza gira alrededor de dos elementos melódicos fundamentales, en torno a los cuales florecen otros motivos que se entreveran con ellos, desmenuzando la materia sonora, ligera de colores, reflejos y transparencias a través de una vivida ins­trumentación, en la que todos los timbres resultan puros y aislados. El motivo feme­nino de la voluptuosa y tibia noche medite­rránea, que había ya inspirado «Una noche en Granada» (v. Estampas), vuelve en los «Perfumes de la noche», y la melancolía tris­te y sonriente a la vez de la noche estival, ora leve en el soplo de la brisa, ora casi tangible en el perfume denso de las flores y el aroma intenso de las hierbas. En su deve­nir, la música está ordenada a guisa de una sucesión de respiros que caen y se yerguen nuevamente, y la materia sonora alternati­vamente parece condensarse y rarificarse en una continuidad de invención como jamás Debussy la logró tan pura. Con la tercera Imagen, «Ronda de Primave­ra», terminada en 1908 y estrenada en 1910, el compositor rinde homenaje a la canción popular francesa. El tema fundamental de la pieza está sacado de la vieja canción «Nous n’irons plus au bois», que Debussy debía preferir particularmente, puesto que la había citado ya en una lejana composición lírica de 1880 y en «Jardines bajo la lluvia» (v. Estampas). La partitura, que es de una extraordinaria frescura de invención, es, al mismo tiempo, una de las páginas más me­ditadas de Debussy, lo cual no impidió al antiacadémico Debussy, empeñado en esta paradójica y difícil empresa, dar vida a una de sus creaciones más leves e inmateriales. Con las Imágenes para orquesta, Debussy, llegado ya a la madurez de su propio len­guaje, dejó una de las obras más completas y expresivas del impresionismo musical, comparable a la fresca emoción colorística que emana de los más célebres cuadros de Manet y de Renoir.

A. Mantelli