Hora Difícil, Jiri Wolker

[Tĕzhå hodina]. Colec­ción de poesías del poeta checo Jiri Wolker (1900-1924), publicada en 1922. Ya en su primera colección, Un huésped en casa [Host do domu], Wolker muestra una decidida tendencia a la poesía social humanitaria, del tipo Jammes, Duhamel y Vildrac, sin que esto signifique una influencia directa de estos poetas occidentales. En la Hora difícil, que representa lo mejor de su obra poética, esta tendencia se precisa en una plena afir­mación lírica y ética: abnegación y heroísmo de un alma que se identifica en su dolor con la pena de todas las almas que padecen.

«He venido al mundo para crear una vida a imagen de mi corazón», dice la poesía que da título al volumen. Más adelante afirma «Mi corazón de muchacho ha muerto / hoy es mi hora difícil, yo mismo lo he llevado en su ataúd. Se me ha muerto mi corazón y no tengo todavía otro». Pero el corazón nace de la visión de la vida que el poeta expresa, enlazándose con la tradición poéti­ca checa creada por Erben y continuada por Jan Neruda y, más recientemente, por Bezrué, en una serie de baladas donde vive íntimamente la personalidad del poeta, lírico por temperamento y épico (en el sentido social) por inspiración. Así, por ejemplo, en la «Balada del niño que no ha nacido», los amantes son gente rica; tienen muchos teso­ros: las manos, los ojos, las mejillas, los labios («Querida mía, un caminito blanco conduce fuera de la ciudad, hacia el trigal de verdes confines, allí nos daremos nues­tros tesoros»); también los pobres osan amar, y el hombre ha nacido del amor; a ella le nació aquella noche en el corazón una boca infantil; «pero a la noche hay muchos aman­tes tristes porque lo que hubiera podido nacer no nace…» En esta atmósfera extre­madamente sensible, el poeta se encara con los más trágicos problemas de la convivencia humana.

También en la «Balada de los ojos del fogonero», toda la ciudad está sumida en el silencio y la oscuridad; sólo la central eléctrica grita entre las sombras con ojos de fuego; el fogonero hace ya veinte años que echa carbón al horno; con el carbón, cada vez, se va un pedazo de sus claros ojos azules, y un día el fogonero grita: ¡Estoy ciego! El ciego, en la oscuridad, sólo ve los ojos que se han dado al mundo entero, se ve, aunque ciego, a sí mismo: «El obrero es mortal, el trabajo está vivo». De estas imá­genes poéticas vive la poesía de Wolkar, adquiriendo un carácter singular en la literatura europea de comienzos del siglo XX: procede en parte de .la lírica social huma­nitaria alemana y en parte del simbolismo, cuya influencia acusa en la elección de las imágenes y en la estructura del verso, aun­que esta influencia se resuelva en un con­creto acento personal.

E. Lo Gatto