Hombre y Superhombre, Bernard Shaw

[Man and Superman]. Comedia en cuatro actos, de Bernard Shaw (1856-1950), publicada en 1903.

Una muchacha, Ana Whitefield, queda huérfana de padre y tiene como tutores a Ramsden, viejo liberal de la época victoriana, y a Juan Tanner, autor de un «Ma­nual revolucionario» que ha desatado mu­chos rumores y levantado la indignación de Ramsden. Pero la revolución profetizada por Tanner es más bien que política, social y biológica: el problema más importante para él consiste en crear condiciones favorables para el advenimiento del superhombre. Está persuadido que, incluso cuando el hombre tiene la ilusión de conquistar a la mujer, en realidad es conquistado por ella; la Vida quiere continuar su progreso, y la joven, obediente a las leyes de la naturaleza, as­pira al matrimonio para ser madre. Personalmente Tanner es todo lo contrario de insensible al encanto femenino; pero le re­pugna el matrimonio, que sofocaría en él toda actividad intelectual. Ana es amada por Octavio, prototipo de joven formal, al que consigue vencer con su coquetería, pero ama a Tanner y ha sugerido a su padre que lo mencione en el testamento como uno de sus tutores. Tanner no se da cuenta, por­que cree que el amor de Octavio es corres­pondido; pero su pintoresco chófer le abre los ojos. Tanner recurre entonces a la fuga; marcha con su automóvil en dirección al Mediterráneo, y en España llega a la Sierra Nevada. Allí una partida de bandidos lo retiene.

El capitán de la banda, Mendoza, es un antiguo criado de posada, que se ha entregado al bandidaje después de haber sido rechazado, a causa de su origen judío, por una joven a la que ama, llamada Luisa, que después se descubre es hermana del chófer de Tanner. Este último, después de un coloquio relativamente cortés con el bandido, se duerme y sueña. Nos hallamos en el infierno; aparecen don Juan Teno­rio (v.), que tiene el aspecto de Juan Tan­ner; doña Ana, que, aunque murió a los 77 años, recuerda, por sus facciones, a Ana Whitefield; la estatua del comendador y el Diablo, que, a su vez, muestran rasgos co­munes con Ramsden y Mendoza. Pero el infierno de Bernard Shaw no es un lugar de tormento; es un reino de ilusión, de fútiles placeres de la fantasía, insoportables para un espíritu enérgico. El paraíso es, en cambio, el reino de los Señores de la Vida; allí la Fuerza Vital se contempla a sí misma y espera su propia evolución. Por otra parte no existen fronteras entre los dos mundos, que, en el fondo, representan dos modos diversos de considerar las cosas. El comen­dador, espíritu mediocre, hastiado del cielo, quiere descender al infierno; don Juan, saciado de vacuos deleites, quiere marchar al paraíso. En un largo diálogo filosófico, él opone a las estériles negaciones del Dia­blo su afirmación de la Fuerza Vital, de la evolución, del Superhombre.

En vano el Diablo trata de retenerlo a su lado: don Juan huye, así como doña Ana, que reco­noce que no ha llegado a completar todavía su obra como madre, porque el Superhombre no ha nacido aún. En este momento se des­pierta Tanner. Llega otro automóvil en el que va Ana, la cual ha conseguido seguir el rastro del fugitivo, y con ella Octavio, la hermana de éste, Violeta, y Héctor Malone, su amigo. Llega también un grupo de sol­dados para detener a los bandidos, que son sin embargo salvados gracias a Tanner, quien declara que forman parte de su es­colta. La comedia tiene su epílogo en Gra­nada. Ana rechaza la mano de Octavio, ha­ciendo creer que su madre desea que ella se case con Tanner. Éste, embaucado, reac­ciona; mantiene un violento coloquio con la joven, pero se deja llevar por el entusias­mo y la abraza. En aquel momento es sor­prendido por los amigos y conocidos; su destino está sellado. Ana se desmaya, pero ha logrado su propósito. Paralelamente a esta acción se desarrollan los amores y el matrimonio secreto de Violeta y de Héctor Malone. El don Juan de Shaw es muy dis­tinto de la tradición, así como también es muy distinto su drama. Ya no es, como dice el autor en el prefacio, «el hombre que se da el aire de haber leído a Ovidio; en reali­dad lee a Schopenhauer y Nietzsche y es­tudia a Westermark; le preocupa el porvenir de la raza humana, no la libertad de sus instintos de individuo. Su cinismo y su aire desvergonzado han ido a dar con sus huesos, a la vez que su espada y su mandolina, en la tienda de un ropavejero, entre los ana­cronismos y las supersticiones.

En sustancia es más Hamlet que don Juan». Y, en reali­dad, Shaw opone aquí al tipo de hombre o de superhombre creado por el Renaci­miento, entregado por completo a una po­derosa individualidad que quiere mantenerse a toda costa, sea filosófica como en Fausto (v.), política como en el Prínci­pe (v.) o sensual como en don Juan, el hombre de fines del siglo XIX, en el que las teorías de Darwin han sustituido por la idea de «género» la del individuo, así como las de Carlos Marx han hecho preva­lecer los intereses de la sociedad sobre los del individuo. Frente a un tipo humano semejante, la mujer se halla, naturalmente, en situación ventajosa, precisamente porque de un modo instintivo no busca procrear individuos, sino mantener viva una colecti­vidad. Y esta elemental exigencia suya la sitúa decididamente por encima de las agita­das ideologías masculinas. Pero si bien en Hombre y Superhombre no faltan acentos retóricos, la teoría sirve a Shaw como pre­texto para lucir su diálogo chispeante, sus situaciones paradójicas y su sutil sarcasmo; se repite aquí la pugna entre el autor y el público burgués de la Gran Bretaña, que constituye, en el fondo, el motivo principal de todo el teatro de Shaw: el escritor irlan­dés quiere amedrentar a sus oyentes, com­batir los lugares comunes de los que creen pensar bien, demoler sus bases para verlos gesticular inquietos. Su idea del superhom­bre se mantiene esencialmente polémica, como símbolo de posibles mentalidades libres y fuertes, pero indefinidas y sin ansia de definirse. Porque tal vez por su misma ignorancia, el autor no quiere concederles aquella virtud mesiánica que les impediría la sonrisa.

E. Di Carlo Saregni

Aun en sus obras superiores: Hombre y Superhombre, Comandante Bárbara, César y Cleopatra, Santa Juana, Shaw termina haciendo el efecto de un Mark Twain dis­frazado de Ibsen. (E. Cecchi)