Historia Nuestra, Cesare Pascarella

[Storia nostra]. Poema en sonetos romanescos de Cesare Pascarella (1858-1940), publicado póstumamente en 1941.

Iniciada su composición hacia 1895, es decir, poco después del Descubri­miento de América (v.), a pesar de haber trabajado el poeta en él por espacio de cua­renta años, todavía quedó incompleto; de los 350 sonetos que según parece debían formarlo, sólo 267 han llegado a nosotros en forma más o menos definitiva; en tanto que la narración histórica, que desde los orí­genes de Roma debía llegar hasta Roma ca­pital, presenta numerosas interrupciones y lagunas, la más extensa de las cuales es la que va de la Edad Media al período napo­leónico. La narración se supone hecha por un hombre del pueblo, un habitual rapsoda entre ingenuo y malicioso, ora frío trastiberino, casi impasible, ora cáustico y pa­sional, del que Pascarella, desde Muerto en campaña y la Serenata (v.) hasta Villa Glori (v.) y el Descubrimiento (v.), se sir­vió en diversos acontecimientos y diversas gradaciones para dar sentido dramático y relieve escénico a sus bocetos historicorrealistas; en este caso le sirve además para justificar la adopción de una forma dia­lectal para un contenido tan poco regio­nal y popular, sino más bien culto, literario y de ambiciones cada vez más nacionales. Sin embargo, en Historia nuestra — donde estas ambiciones se acrecientan de acuerdo con la mayor amplitud del plan — este can­tor parece resumir en sí los distintos ca­racteres y las diversas maneras de ser de sus predecesores.

En efecto, sí en la primera par­te de la narración, en la que se trata de la antigüedad más remota (fundación de Roma, rapto de las Sabinas, Pirro y los elefantes, construcción de la flota romana, Augusto, Nerón, etc.), imprime a su manera de decir el despego humorístico, propio del Descubri­miento, con todos aquellos anacronismos, mezcla de sagrado y profano, y sentencias al buen tuntún que tan a menudo permiten a Pascarella reírse de su propio personaje, en una especie de contrapunto que añade (o quisiera añadir) viveza al juego escénico; en la segunda parte del poema, que evoca acontecimientos y figuras del «Risorgimento» y sobre todo de la gesta garibaldina de la que el narrador fue testigo y partícipe, la narración — lo mismo que en Villa Glori — se hace seria, conmovida, y aquel despego anterior se convierte en vibrante perspecti­va: el sentir del poeta hay momentos que coincide con el sentir del personaje. Pero si la contextura y las maneras de Historia nuestra repiten y resumen las de los ante­riores trabajos de Pascarella, comenzando por el uso — derivado de Carducci — del so­neto como estrofa del poema, muy diferen­tes son los efectos conseguidos, muy distinto el valor artístico de los resultados.

El aliento poético de Pascarella, que ordinariamente nada tiene de amplio, se adapta mejor, sin embargo, a una ceñida y rápida descrip­ción en pocos tiempos y de tono medio o bajo, a una manera veloz de tratar, de pin­tar o de plasmar, que — como aseguraba Carducci — a visiones épicas, a amplias arquitecturas (de ahí la plenitud artística de Muerto en campaña y de la Serenata en comparación con Villa Glori y el propio Descubrimiento); en Historia nuestra este aliento, contrastando con sus intenciones vo­luntariamente cíclicas, revela en seguida, gracias a las artificiosas articulaciones a que da lugar, el esfuerzo requerido para poner de manifiesto, en la obligada medida de los catorce versos, una materia tan raramente animada por el calor de la fantasía.

Por eso, en conjunto, el poema aparece como una obra no tan defectuosa porque le falta la última lima (algunos sonetos están, por el contrario, demasiado elaborados), como ne­cesitada de la integración de la palabra y del gesto, necesitada de una interpretación o traducción mimicovocal, que complete en la poesía lo que en el texto queda, poética­mente, en estado potencial (integración e interpretación que, por otra parte, todas las obras de Pascarella parecen presuponer). Lo mejor es, por tanto, buscar, fuera de todo empeño constructivo, las escenas sin­gulares o los episodios, en los que la rapi­dez de los toques y de los escorzos, que a veces alcanzan aquella fuerza y concisión plástica propias del mejor Pascarella, que­dan libres de todo amaneramiento oratorio.

A. Bocelli