Historia Natural y Moral de las Indias, José Acosta

Este tratado del jesuita medinés José Acosta (1540-1600) tiene, más acentuado que las demás obras similares, el doble ca­rácter que el título refleja. El autor sintió con igual vehemencia la vocación catequís­tica y la atracción de la ciencia, y aún no agotaron ambas actividades su egregia personalidad, que hubo de emplearse en Roma en misiones diplomáticas, tanto por designa­ción de la Compañía como de Felipe II.

Re­sidente varios años en América, donde fue el segundo provincial del Perú, compuso muchos libros, varios de ellos dedicados a facilitar la evangelización de los indios, y otros de distinto carácter; entre éstos, el relato de las peregrinaciones de un Barto­lomé Lorenzo, después jesuita, que vagó por Haití, Jamaica, etc., cuyo manuscrito quedó inédito y ha sido modernamente publicado. La Historia Natural y Moral de las Indias, que es su producción más importante, la imprimió en Sevilla en 1590. Está formada por la traducción castellana que hizo de sus dos libros De natura novi orbis, impresos el año anterior, y por otros cinco añadidos, aprovechando en ellos algo del relato citado. Los cuatro primeros de la obra contienen lo que llama Historia natural; el 5.° trata de la religión de los indígenas; el 6.°, de su policía, gobiernos, leyes, costumbres y he­chos, y el 7.°, de la historia mexicana hasta el comienzo de la evangelización — en lo anterior se refiere a los peruanos —.

La parte científica es tan celebrada que se le ha llamado el Plinio del Nuevo Mundo, cuya geografía física e historia natural fue el primero, según Humboldt, que trató de me­todizar. Sin espacio aquí para detallar los méritos de Acosta en ese aspecto, digamos sólo que «entrevió la ley de conexión de los fenómenos físicos con una lucidez que re­sulta todavía más digna de admiración si se repara en que no pudo aplicar a los re­sultados de la observación el poderoso ele­mento del cálculo, que estaba entonces to­davía en su infancia» (Menéndez Pelayo). En la otra parte de la obra declara seguir, en lo tocante a México, al P. Tobar — que parece hoy demostrado haber hecho para Acosta un resumen de la Historia del Pa­dre Durán, lo que desvanece una acusación de plagio lanzada contra Acosta—, y en lo relativo al Perú, a Polo de Ondegardo — aunque a este país lo conocía mejor por sí mismo, ya que vivió allí quince años —. Muestra su superioridad sobre la generali­dad de los historiadores al tratar los te­mas de los indios, cuya variedad de casos reduce, con rigor de filósofo, a unos pocos tipos, para su mejor comprensión.

Muy to­lerante con sus extravíos cuando no afectan a los dogmas cristianos, se muestra de­fensor suyo, al modo de Las Casas, pero sin sus exageraciones deformadoras. Quiere, ante todo, que se conozcan bien sus leyes e instituciones para respetarlas en lo de­bido, y dice que a tal conocimiento quiso él contribuir con su obra. Ésta ha sido muy repetidamente editada, comentada y vertida a diversos idiomas.

B. Sánchez Alonso