Historia del Arte Como Historia del Espíritu, Max Dvorak

[Kunstgeschichte ais Geistesgeschichte]. Ensayos del historiador del arte bohemio Max Dvorak (1874-1921), es­critos en alemán y publicados después de su muerte (Munich, 1924).

Los temas trata­dos son muy diversos: abarcan desde el arte paleocristiano al gótico medieval, del «Apo­calipsis» de Durero a la pintura de Brueghel el Viejo y del Greco, pero la sistemática del pensamiento del autor confiere unidad a los distintos ensayos, que pueden considerarse como fragmentos de una historia ideal del desarrollo artístico del Occidente europeo, desde la baja Antigüedad en ade­lante. El motivo típico de la crítica de Dvorak es concebir la obra de arte como total encarnación de una visión y una con­cepción del mundo («Weltanschauung»). Los maestros de la escuela vienesa, predece­sores suyos, F. Wickhoff y, especialmente, A. Riegl en su libro El arte decorativo ro­mano-tardío (v.), habían señalado que la historia del arte se reduce a una cadena ininterrumpida de puros problemas forma­les, encuadrándola en los esquemas de la denominada «pura visibilidad». Para com­prender mejor la incesante transformación de las formas artísticas, Dvorak sitúa, por el contrario, a estas últimas en relación di­recta con el desenvolvimiento de las demás formas de actividad espiritual, sobre todo de la filosofía y la religión, conside­rando a éstas y a aquéllas como manifesta­ciones paralelas de una única y profunda corriente vital. Así, para él, la pintura de las catacumbas encarna el espiritualismo originario cristiano, y por ello no es sim­ple continuación del ilusionismo helenístico- romano, sino que, al par de la nueva re­ligión, es esencialmente original.

En la concepción de Dvorak, como en la de Riegl, aunque basándose en otros principios, no tiene sentido el hablar de épocas de deca­dencia; todo en la historia es individual, y de la imposibilidad de parangonar una «Weltanschauung» con otra, se sigue la exi­gencia de situar en un mismo plano de va­loración positiva a sus expresiones plásticas. Por ejemplo, la Edad Media románica no es un período de barbarie y de inexperien­cia formal respecto al arte clásico; su apa­rente pobreza de medios expresivos es signo de un paso de lo espiritual a lo sensible, de una orientación antinaturalista, que es precisamente lo que tiene de original res­pecto al arte antiguo. Por este medio se llega al arte gótico — estudiado en el vasto ensayo Idealismo y naturalismo en la es­cultura y pintura góticas — que para el au­tor es la expresión adecuada del universa­lismo teológico medieval: abstracto, en una esfera de valores de orden religioso, que trascienden la naturaleza, la historia y las realidades mundanas, pero que aparecen gradualmente redescubiertos y valorizados en el ámbito de las verdades reveladas. Así, de las premisas idealistas del gusto gótico, se va desprendiendo poco a poco una co­rriente naturalista que se emancipa después, por completo, a principios del siglo XV, iniciando una nueva era del arte en Italia y en Flandes. Entre los dos polos del natura­lismo y del antinaturalismo oscila todo el curso del arte europeo, y la oposición dia­léctica se reproduce en formas siempre nuevas.

Al agotarse la cultura del Renaci­miento, una crisis general de los espíritus retorna al arte a un irrealismo figurativo; es el llamado «manierismo» al que, según Dvorak, pertenecen Miguel Ángel, en sus últimos tiempos, Tintoretto, Brueghel y el Greco, y que se orientará después hacia el barroco, expresión de una nueva e ín­tima religiosidad. Mérito principal de la crítica de Dvorak, orientada hacia el historicismo alemán, es el agudo sentido de la continuidad, así como de la irrepetibilidad de la historia, a los que se debe la larga y fecunda cimentación de los pro­blemas por encima de todo determinismo positivista, y la singular precisión en el análisis de las obras de arte. En cam­bio, representa un aspecto negativo de la Historia del arte como historia del espí­ritu, la tendencia — de la que solamente se salvan sus páginas más felices — a con­siderar la pintura, escultura y arquitec­tura como documentos del pensamiento fi­losófico y religioso, descuidando su valor más íntimo y espiritual en cuanto expre­siones de una personalidad artística, y di­luyendo la historia del arte en la general de la cultura.

G. A. Dell’Acqua