Himnos Sacros, Novalis

[Geistliche Lieder]. Los himnos de Novalis (Friedrich von Hardenberg, 1772-1801), son la más poética expresión que la religiosidad román­tica haya tenido jamás en alemania.

Contando sus dos «Cantos de la Virgen», suman un total de quince, de los cuales el de­cimotercero fue compuesto después del 4 de agosto de 1800, cuando el poeta ya estaba enfermo de muerte; los demás, en cambio, remontan a aquel «milagroso verano del 1799» que vio nacer, durante la estancia en Weissenfels, los Himnos a la noche (v.), el Enrique de Ofterdingen (v.) y La Cris­tiandad o Europa. Los primeros siete him­nos fueron publicados por primera vez en el «Almanaque de las Musas» del año 1802; una compilación de ellos se publicó en la edición póstuma de los Escritos impresa aquel mismo año por L. Tieck y F. Schlegel. El sueño de una «nueva religión» de fondo misticoestético estaba en aquel momento en la cumbre de todas las aspiraciones de los románticos, recibía fantásticas luces y co­lores misteriosos de la Aurora naciente (v.) de Jakob Bóhme — brillantemente reelaborada por Tieck —; alcanzaba consistencia intelectual en Sobre la Religión (v.) de Friedrich Schleiermacher. El «canto» de Novalis fue — en esta atmósfera de «Anun­ciación» — la «voz del alma sencilla, oran­te, extática». La forma le vino espontá­nea del «Canto coral Evangélico», todavía cultivado en los «Collegia Pietatis» de los pietistas (v. «Pietismo») y particularmente practicado con una inflexión doliente y especial en las «reuniones» de los «Herrenhutistas» a cuya secta pertenecía la fa­milia del poeta y la inspiración brotó es­pontánea de su experiencia personal directa: la visión beatífica del 13 de mayo de 1797 junto a la tumba de su novia, que tenía catorce años; la mística intuición de las «divinas armonías en el amor y en la muer­te»; la «revelación de la tumba como ca­mino hacia Sofía y hacia Cristo».

Es, en substancia — revivida con profundidad —, la antigua y eterna experiencia cristiana de la muerte como principio de la verdadera vida y, por el candor del alma del poeta, comparable en ciertos aspectos con la an­gélica suavidad de Suso; el tono sensitivo moderno, mórbido, erótico, no turba en mo­do alguno la pureza religiosa de la vida interior. Su estado de ánimo permanece sen­cillo, claro. Hasta los elementos culturales que pudieron afluir de las antiguas y nue­vas místicas cristianas y precristianas — tan singularmente presentes y, al mismo tiempo, confusas en la cultura religiosa alemana de fines del siglo XVIII — son absorbidos, sin dejar residuo, casi «abrasados en el sentimiento de devota rendición». No hallamos en estos himnos razonamientos, explicacio­nes, prédicas. No hay sino el alma del poeta, conmovida ante la visión de la jo­ven amada que lo atrae hacia sí, hacia Dios. No hay más que un corazón que pa­dece y se consuela y, sobre todo, se entre­ga. «¡Qué sería yo sin ti!», canta en el pri­mer himno. «Sin ti, ¿qué hubiera yo sido jamás?»; y el quinto himno es todavía más dulce en su confiado abandono: «con tal que yo lo tenga, con tal que él sea todo mío!» [«Wenn ich ihn nur habe, Wen er mein nur ist!»].

La fe es como la de un niño: franca, incondicionada, luminosa: y deja oír «la sagrada campanita» de Na­vidad— «Lejos, en Oriente, una luz se en­ciende» (Himno II) —; se escuchan en lo alto los coros triunfales de Pascua — «Yo digo a todos que él vive. Digo a todos que ha resucitado» (IX) —; y las bendiciones del Padre descienden en Pentecostés sobre los hombres y sobre la naturaleza, en primavera (XII). Pero el gran tema, al que siempre vuelve, es el del alma afligida que se sosiega con la expansión del amor y «en Dios se extasía» (cfr. «Aunque, solitario, está sentado en su estancia, y llora» (III); «Llorar yo debo, siempre llorar (VIII); «Hay tiempos tan cargados de temor» (X) ; «Cuan­do en horas temerosas, obscuras» (XIII); etc. El éxtasis se anuncia ya desde el him­no cuarto, donde la aparición de la joven «elevada de la mano por Dios» a las esferas superiores deshace toda angustia en alegría — «sólo esto veré yo eternamente» —; el punto culminante del éxtasis es alcanzado en la poesía sobre la «Comunión», la cual es, a un mismo tiempo, «comunión en Dios» y «comunión de amor» («Pocos saben el misterio del amor, sienten insaciabilidad y sed eterna» [VII]).

Es un motivo antiguo en la poesía mística; y en la embriaguez pánica en que se exalta «tiñéndose de pú­dico rubor», el universo creado en el sen­timiento del misterio de la sangre, en que toda vida voluptuosamente se alimenta, en la visión del «banquete de amor que dura de eternidad en eternidad» es fácil atisbar las últimas y vagas herencias de la eferves­cencia de los sentidos congénita a la poesía religiosa de la época barroca; pero el len­guaje en que están expresados estos concep­tos es tan desnudo y casto, que precisamente a esta poesía — además de los himnos V, VI y IX — un alma candorosa como Schubert pudo confiarse para hallar en ella destellos de religiosa elevación. Desaparecen tam­bién ante tanta pureza de sentimiento las divisiones internas en que se ha escindido la cristiandad. Y así como renace en el al­ma del poeta el antiguo «común espíritu cristiano», que también animó a la Edad Media, así renace también la devoción a la Virgen; y sobre el viejo tronco de la medi­eval «Mariendichtung» alemana brota, de­licada, siglos después, una última flor: «Yo te veo, oh María, dulcemente expresada en mil imágenes; pero ninguna de ellas te pue­de representar tal como te ha contemplado el alma mía. Yo sólo sé que todo rumor del mundo se ha desvanecido, en torno a mí, desde aquel momento como un sueño, y que un cielo indeciblemente dulce se eterniza dentro de mi corazón». Es la poesía de una religión, toda ella intimidad, adoración, ple­garia. Y se comprende cómo — aun habiendo sido tan sugestiva en sus orígenes — haya podido volverse «acto de plegaria» para co­munidades enteras, incluso fuera del ce­náculo romántico, de los conventículos pietistas.

Algunos himnos — particularmente los I, V, VI, VIII, IX y XIII —han en­trado a formar parte de muchos salterios en las iglesias protestantes. Y esto es, quizá, lo más elevado a que Novalis pudiera as­pirar. Entre los que durante el servicio divino elevaron sus plegarias al cielo con las mismas palabras que empleó el poeta, aunque sin saberlo, figuró, ya anciano, el propio padre de Novalis. [Trad. en verso y literal en prosa de nueve himnos bajo el título de Canciones espirituales por A. Peris Villacampa en el volumen Obras de Nova- lis (Valencia, 1944)].

G. Gabetti

Él no admite que haya nada en este mun­do y cree que todo en él se prepara en función de una nueva Edad de Oro; yo no he visto nunca una serenidad semejante durante la juventud de un hombre. (F. Schlegel)