Himnos a la Noche, Novalis

[Hymnen an die Nacht]. Los himnos de Novalis (Friedrich von Hardenberg, 1772-1801) señalan el co­mienzo de aquella «poesía de amor y de muerte» que, con tonalidades de «noctur­no», ofreció tantos motivos de inspiración al arte moderno europeo. Son seis y tienen su remoto origen en la muerte de la novia del poeta — Sofia von Kühn -—, de quince años. De índole profundamente religiosa, educado en la atmósfera un poco excitada y mórbida de una familia pietista — su pa­dre y su madre eran «herrenhutistas» prac­ticantes— el joven poeta sufrió una total conmoción de toda su vida interior. Pensó seguir a su novia suicidándose, no por un medio material, sino por un puro acto de voluntad. Se habituó a imaginarse y a «sentirse» rodeado de la «presencia física de la muchacha muerta» y a percibir sus «dulces llamadas hacia lo invisible». El 13 de mayo de 1797 — tres meses después de la muer­te—, se le apareció ella: «relampagueante momento de éxtasis — dice el Diario (cfr. Escritos, ed. Kluckhohn, vol. IV) —. Como en un soplo, desapareció la tumba en una nube de polvo ante mí… Los siglos eran como momentos». Se creó de este modo una vida secreta hipersensible y visionaria, ali­mentada además por las lecturas de Zinzendorf y Böhme, entre los místicos, y de Spinoza, Hemsterhuis, Schelling, Baader, entre los filósofos.

Pasados dos años, cuan­do la fuerza de su naturaleza pudo por fin reponerse, los estudios, las meditaciones y una portentosa prontitud de intuición am­pliaron en todas direcciones su horizonte; también en el mundo de los afectos se anunció un nuevo amanecer gracias a su noviazgo con Julia von Charpentier, y en­tonces, en su nueva disposición de ánimo, sobre el tronco de la dolorosa y dulce ex­periencia, convertida poco a poco en «fun­damento de todo su ser», despuntó la poe­sía. Nació entonces, en efecto, en Weissenfels, entre mayo y otoño de 1799, casi toda la obra mayor de Novalis (v. Himnos sa­cros; Enrique de Ofterdingen; Cristianis­mo o Europa); Los Himnos a la Noche fueron su «Anunciación» (cfr. en Escritos, ed. Kluckhohn, vol. III, con el texto de la primera redacción, casi enteramente en ver­so : todavía «encendido» en el tono, pero un poco crudo aún y un si es no es desigual, un poco duro en algunos puntos; y cfr. ibid., vol. I, el texto definitivo», «am­plio» y armonioso, «disuelto» en su mayor parte en fluidos ritmos de libre prosa lírica: publicado en 1800 por F. Schlegel en el fase. 2 del vol.’ III del «Athenäum»). Se ha desvanecido en ellos toda traza del tu­multo emotivo del Diario. En el sentimien­to de la muerte como en un «soltarse y empequeñecerse» de todos nuestros vínculos y límites, el alma del poeta ha encontrado — sobre toda circunstancia externa — su paz, y dulcemente se abandona a ella, en un rapto íntimo. La «Noche» de los «Himnos» es precisamente la expresión poética de este total consentimiento embriagado en las «beatitudes infinitas» — «unendliche Seligkeiten» — que se descorren ante nosotros en el «misterio de la muerte».

Y el anti­guo, «cupio dissolvi», entendido no ya ne­gativamente como desilusión y cansancio, como deseo de aniquilamiento, sino de modo positivo, como sentimiento de liberación, como la consecución de la armonía comple­ta, como «embriaguez de infinito», como éx­tasis en el amor y en Dios. Los tres pri­meros himnos se centran en el motivo del éxtasis de amor y cantan «la eternidad de la noche nupcial», cuando «la festiva luz del día se extingue y brilla en el cielo el sol de la noche: la amada»; el himno pri­mero enuncia, por decirlo así, el tema de la poesía, y, partiendo de una aérea y fresca descripción del mundo alegrado por los rayos de luz, presenta, sin embargo, a la noche como la única «iniciadora en la vida profunda», la cual «abre dentro de nosotros infinito número de ojos, capaces de ver más lejos que las pálidas y remotísimas estre­llas» y conduce al poeta hacia su «dulce amada»: «Mira, estoy despierto…, soy tuyo y soy mío… consume mi cuerpo en la llama espiritual, para que en abrazo etéreo nos confundamos tú y yo más íntimamente». El himno segundo teje una trama de va­riaciones en cuanto al «sueño eterno», levitante y «nocturno», elemento inmanente en todas partes donde hay un germen de embriaguez — «en el jugo de la uva, en el aceite de la almendra», en la esencia de las flores, en el tierno corazón de la mu­chacha que despierta al amor —; el tercer himno evoca directamente la aparición de Sofía — «la visión del 13 de mayo» —, pero a la luz del mito, sobre un inmenso fondo arcano, fuera de las leyes del espacio y del tiempo: «en los ojos de ella, reposaba la eternidad»; «lloró él abrazado al cuello de ella, anegado en lágrimas»; «los milenios pasaban alejándose en lontananza, como tor­bellinos».

La poesía alcanza así su más alto «pathos». Después, en los tres himnos si­guientes, el acento cambia de tono, gra­dual, pero cada vez más decididamente ha­cia tonalidades religiosas. De capital im­portancia para el ciclo completo es el him­no IV, en el que los dos grandes motivos — el amor y la religión, el amor por Sofía y el culto de Cristo — se unen haciéndose una sola cosa: la pasión infunde su ardor voluptuoso en los fervientes impulsos del sentimiento religioso, y la experiencia mís­tica refleja en la embriaguez de amor la claridad de su llama: y un canto único ex­presa ambos estados de ánimo fundidos en una única y trascendente felicidad: «Yazgo embriagado / en el seno del amor. / Una vida infinita / fluctúa potente dentro de mí. / …De la muerte yo siento / la onda que rejuvenece; / en bálsamo y éter / se transforma mi sangre». El himno quinto celebra la religiosidad cristiana que — más allá de la pagana serenidad antigua — ha recibido de Jesús «muerto en cruz en sus años de juventud tras de haber apurado el obscuro cáliz de indecibles dolores», la re­velación de una vida más elevada, en el seno de Dios, feliz en la eternidad de la muerte: «Ondea la vida en plenitud / como un mar infinito. / Sólo una noche de pla­cer / un eterno poema / y para todos nos­otros nuestro sol / es el rostro de Dios». Finalmente, el himno sexto, que es en cierto modo la conclusión del ciclo, se titula «Nostalgia de muerte», y va más allá de la pura efusión lírica de carácter indi­vidual: está todo él escrito en verso, y tie­ne entonación coral: está «sentido y com­puesto como expresión de la vida religiosa de una comunidad, y preludia ya los Him­nos sacros (v.) : «Hacia sí me llama la dul­ce esposa; / hacia sí me llama Jesús, el amado. ¡Confortémonos: ya el crepúsculo de la tarde palidece / para los amantes y para los afligidos. / Un sueño rompe nues­tras cadenas /ya todos nos acoge el Padre en su seno».

Son, en conjunto, pocos mo­tivos, insistentes y que vuelven a cada paso. Y las palabras en que estos motivos se expresan son simples, cándidas, confia­das, como siempre lo son en Novalis. Pero basta con echar una ojeada a las Noches (v.) de Young — de las que están tomadas algunas imágenes y frases — para reconocer la «incomparabilidad» de la poesía. Se ha creado, de golpe, como por milagro, des­pués de Goethe, un nuevo lenguaje con valores rítmicos y armónicos que casi su­mergen dentro de sí todos los demás valo­res del estilo, con imágenes que se tras­pasan y siguen disolviéndose las unas en las otras, con perspectivas que se pierden en el infinito, y con luces y colores que se esfuman y se desvanecen en una común atmósfera de misterio que todo lo envuelve. Es una prosa lírica llevada al último lími­te, más allá del cual ya no hay más que música. Y por primera vez el alma román­tica ha «liberado de sí al canto de las más misteriosas profundidades». Su eco resonó durante todo el siglo, hasta la «noche del segundo acto» del Tristán (v.) de Wagner y el «Canto de medianoche» de Zarathustra (v.), hasta Maeterlinck y hasta Rilke. [Trad. española en prosa y verso por A. Peris Villacampa, en Obras de Novalis (Valencia, 1944)].

G. Gabetti