Himnos a la Iglesia, Gertrudis von Le Fort

[Hymnen an die Kirche]. Libro de poesías de la escritora alemana Gertrudis von Le Fort (n. en 1876), escritos en 1924, antes de que la autora se convirtiera al catolicismo, pero cuando ya estaba moralmente adherida a la Iglesia católica. El tema religioso domina toda la obra de esta gran escritora. Para ella el dogma es la base fundamental de su pro­ducción literaria. Lo que ella misma ha dicho de Paul Claudel se le puede aplicar enteramente: «se distingue de toda la lite­ratura contemporánea, más aún, de casi toda la producción literaria de los últimos siglos, por el hecho de estar determinada no sólo por pensamientos genéricamente cristianos y religiosos, sino precisamente por el dogma». Los orígenes de su conver­sión al catolicismo deben buscarse en la profunda religiosidad de su padre, en el re­cuerdo de las lecturas espirituales de su madre, la Biblia y la Imitación de Cristo, y muy especialmente aquel Tesoro de can­ciones, que tan bien evocará la autora: «La oración matinal de mi madre consistía en recitar, junto con sus hijos, una de aque­llas canciones… las había bellísimas».

Des­de esta escena infantil, que la autora evo­ca, hasta la conversión, la línea es conti­nua, como afirma ella misma: «En la fe de Cristo, cuyo nombre fue lo primero que (mi madre) me enseñó a pronunciar, se basa la línea continua de mi vida de creyente». Pero puesta ya esta mujer en el terreno propiamente religioso, nos advierte que la obra de la mujer triunfa cuando se desarro­lla precisamente en él: «cuando la obra de la mujer alcanza verdaderamente origi­nalidad y altura decisivas, produce, con más fuerza que la del hombre, la impresión de una vocación carismática», y que «obra fe­menina que está fuera de lo carismático es siempre de segunda o tercera categoría». Y añade: «Por esto no es casualidad que el auténtico genio femenino se manifieste siem­pre exclusivamente en la esfera religiosa». El íntimo carácter de los Himnos a la Igle­sia lo aclara la propia autora en la in­troducción: «Los Himnos a la Iglesia representan un diálogo. Al alma, que suspi­ra por Dios, contéstale Dios por la voz de la Santa Iglesia. El alma, aprisionada toda­vía fuertemente en sí misma, percibe esta voz, al principio, en sus propias meditacio­nes, como asombro y aterrador descubri­miento de la verdad y amor sobrenaturales de la Iglesia, que rompen sus propias ba­rreras. Desarróllase en el interior del alma una lucha que termina con la entrega con­fiada del alma a la verdad y amor sobre­naturales de la Iglesia. Desde este momen­to, ya puede la Iglesia ser verdaderamente conocida, amada y ensalzada por el alma.

El espanto truécase en gratitud y júbilo. La Santa Iglesia comienza a hablar directa­mente al alma, a darle luz acerca de su naturaleza y a conducirla a través del círcu­lo de los beatíficos misterios de Dios a ella confiados., En esto, se va retirando más y más el alma con su propia voz, hasta que, plenamente unida a la Santa Iglesia, ya no hace más que escuchar la de ésta. La voz de la Santa Iglesia, tal como el alma la percibe en estos Himnos, va señalada por las palabras introductorias: «Habla tu voz». Cuando éstas faltan, trátase siempre de la «voz del alma». Los Himnos a la Iglesia es­tán escritos en versículos y se dividen en un «prólogo» y tres partes. La primera, «A la Iglesia», se divide en cuatro capítulos: «Vuelta a la Iglesia», «Santidad de la Igle­sia», «La oración de la Iglesia» y «Corpus Christi Mysticum». La segunda parte, «El año de la Iglesia» glosa las festividades li­túrgicas más importantes del año. Cierra el libro la última parte, titulada «Las últimas cosas». El recuerdo de los salmos, de los himnos litúrgicos y de los textos sacros — incluso de las Epístolas de San Pablo — es constante en el libro. En el prólogo a los Himnos, se pregunta la poetisa cómo ha entrado la voz de Dios en su alma: «Señor, un sueño de Ti guarda mi alma; pero no puedo llegar a Ti, porque todas mis puer­tas están acerrojadas… / ¿Cómo has en­trado tú, voz de mi Dios? ¿Eres sólo una llamada de las aves salvajes de mis on­das? / Te he llevado a todos los montes de la esperanza; ¡pero tampoco éstos son sino mis propias cumbres!» Los primeros himnos de la «Vuelta a la Iglesia» son un canto de alabanza a ella y expresan el vehemente deseo de entrar en el santo seno: «Yo soy un retoño de un tronco desarraigado; pero tu sombra cubre mis cimas como sombra de un bosque milenario. / Soy una golondrina que en el otoño no encontró el regreso; pero tu voz es como rumor de alas. / Tu nombre suena en mí como el nombre de una estrella. / En ninguna ribera de mis ojos hay imagen que pueda compararse a ti. / Eres como una columna florida en me­dio de escombros muertos. / ¡Eres como una noble copa entre vasos de arcilla!» Pero a la vez expresa también el temor: «Porque es tremenda la ley de la fe que Tú dictas».

Pero la fe va entrando en su alma, la marca ya indeleblemente y no hay otra posibilidad: «¡He caído en la ley de tu fe como en una espada desnuda! / ¡Por medio de mi entendimiento pasó su filo, por medio de la luz de mi conocimien­to! / ¡Ya nunca volveré a caminar bajo la estrella de mis ojos, ni apoyado en el bácu­lo de mi fuerza! / ¡Tú has desgarrado mis riberas y has hecho violencia a la tierra ante mis pies! / Mis navíos andan sin rum­bo por el mar; ¡has levado todas mis an­clas! / Las cadenas de mis pensamientos están rotas; penden como desolación en el abismo. / Ando errante como un pájaro por la casa de mi padre, en busca de una grieta que deje entrar tu luz extraña; / pe­ro no hay ninguna en la tierra, a no ser la herida de mi espíritu. / ¡He caído en la ley de tu fe como en una espada desnuda!» A partir de este momento en los himnos dedicados a la Iglesia empieza a hablar la voz de ella. La mayoría son cantos de ala­banza, soluciones a los problemas espiri­tuales del alma, etc. «El año sagrado» va glosando las principales fiestas litúrgicas. Dice en la invocación inicial: «¡Inclinaos, años! ¡Deteneos, lunas! ¡Descalzad vues­tros pies, días peregrinos!» Pocas veces se ha dado una poesía de más fervor religioso como la de Gertrudis von Le Fort. El can­to a la Iglesia y a la dignidad de los cris­tianos: «Tus servidores llevan túnicas que no envejecen, y tu lenguaje es como el bronce de tus campanas».