Himnos a Istar y Tamûz

Se suelen llamar así los himnos escritos en lengua sumeria que tienen por tema las lamenta­ciones de la diosa Istar por la partida del dios Tamûz, su amante, marido o herma­no, de esta tierra. Son himnos o cancio­nes de variado carácter y pertenecen a va­rias series. A menudo habla la misma diosa, pero los textos contienen también descrip­ciones en tercera persona. Alguna vez van acompañados de glosas o de versiones inter­lineadas en lengua accadia, pero son siem­pre de origen sumerio. Algunas de estas composiciones constan de varias canciones de diversa extensión. Otras consisten en es­trofas de- dos, tres o cuatro versos. A me­nudo se encuentran largas letanías que repiten dos o más palabras. Una de estas composiciones comienza enumerando, en forma de letanía monorrima, los nombres y títulos de la diosa Istar como señora de di­versos santuarios. Viene después una exal­tación de la diosa en tercera persona, con sus atributos al principio de las líneas. Al final menciona el nombre de la diosa.

Des­pués de una fórmula de pacificación se en­cuentra una indicación a volverse hacia el que recita el canto. En este punto empieza a hablar la misma diosa en estilo que quiere ser épico. Nuevamente habla el himno en tercera persona, para dar después la pala­bra a otra persona distinta de la diosa. Sigue una letanía y al final una lamentación por la partida del héroe. Excepto algunas partes como la letanía, este himno está acompañado de la versión accadia. Otra composición de este mismo ciclo alude al Mito de Tamûz (v.). El himno empieza con una alusión a la naturaleza aletargada y a la cesación del cultivo de los dátiles porque su cultivador, o sea Tamûz, ha partido. Se expresa el deseo de un pronto retorno a Ininni, a la Naturaleza, a la que han sido arrebatadas las piedras de lapislázuli, es decir todos sus adornos. Con estas imágenes el poeta simboliza el estado de letargo en el cual ha entrado la vida de la naturaleza al final de la buena estación. Tamûz vuelve y habla de lo singular de los ropajes y de las piedras de adorno de Ininni. El poeta habla de todos los adornos de la diosa, que le ha restituido o que ha puesto a su dis­posición. En total se trata de catorce obje­tos. Tamûz reaparece y la diosa se alegra. Ella expresa el deseo de unirse con su amante. Este himno consta de versos parea­dos ligados tanto por la rima como por el contenido. Algunas veces, no obstante, las estrofas constan de tres versos.

Otra com­posición empieza con alabanzas a Tamûz en forma de letanía y continúa con lamen­taciones por la desaparición del dios. Luego, después de una especie de plegaria mágica, toma la palabra la diosa, que exalta su pro­pia persona, y a sus palabras hace eco otro personaje, interrumpido en sus lamenta­ciones por la diosa, que termina con una letanía. Al fin comienza a hablar el mismo Tamûz, después del cual continúan las la­mentaciones de la diosa. Sigue un diálogo entre el dios y la diosa, y después viene nuevamente una plegaria mágica. En este punto el autor describe el estado miserable en que ha llegado a encontrarse la natura­leza a consecuencia de la desaparición de Tamûz. Siguen nuevas lamentaciones de Ininni por el dios «mientras yace», es decir, cuando está muerto, expuesto sobre el ataúd. Y se cierra la obra con un lamento por algunos reyes muertos de Isin y con una plegaria por el rey Dámiqilishu, que sim­boliza al dios Tamûz. Así termina este himno tan complicado que incluye casi to­dos los temas característicos de esta clase de composiciones religiosas sumerias. Una edición de estos himnos se encuentra en Frank, Kultlieder aus dem Ischtar-Tamûz-Kreis (Leipzig, 1939).

G. Furlani