Hildegarda de Hohenthal, Wilhelm Heinse

[Hildegard von Hohenthal]. Novela del escritor alemán Wilhelm Heinse (1749-1803), publi­cada en 1795. Es, en tono más desmedrado, el equivalente «musical» de la «novela ar­tística» Ardinghello (v.). La concepción del arte como «voluptuosa exaltación y em­briaguez creadora» es análoga, y análoga también la composición del relato: una tra­ma de acción en que el arte y la vida se entremezclan y confunden persiguiéndose y estimulándose o estorbándose alternativa­mente.

Hildegarda es una joven cantante que, después de la muerte de su padre, ex embajador en Londres, vive en una peque­ña ciudad junto al Rin; Lokmann es un joven compositor «con una bella cabeza genial», que después de haber estudiado música en Nápoles, se ha quedado en aque­lla ciudad como director de orquesta en la corte del Príncipe. Lokmann está compo­niendo una ópera, Aquiles en Esciros, y las llamas del deseo que le tortura desde que con un anteojo ha visto de lejos, de­bajo de un tilo, a Hildegarda bañándose, constituyen la atmósfera en que se exaltan sus sentidos y su fantasía. Hildegarda can­ta un día un aria del Mesías (v.) de Händel y Lokmann cae a sus pies de hinojos y la estrecha contra sí. Hildegarda, a quien él enseña una vez por semana música italiana, canta un aria de la Armida de Jomelli y él, en éxtasis ante su arte, contempla cómo «el seno de ella se yergue, delicado y níveo, en prematuras redondeces virgina­les». Hildegarda canta un aria de su Aqui­les en Esciros (v. Aquileida) y él, a pesar de la resistencia que ella le opone «pecho contra pecho, boca sobre boca», le expresa e imprime las señales de su entusiasmo mu­sical. Finalmente, la situación se complica: ya no de lejos con el anteojo, sino de cer­ca en el parque, Lokmann intenta espiar a la bella recalcitrante que acude de noche al baño; y, por otra parte, también el hijo del príncipe ha puesto los ojos en ella y trata de llevársela consigo a Viena. Los acontecimientos se precipitan. El príncipe intenta acorralar a la bella en el sofá.

Lok­mann, por su parte, es cada vez más atre­vido; después de una representación del Aquiles en Esciros en que Hildegarda ha interpretado el papel de Aquiles y él el de Ulises, el abrazo en que de improviso la estrecha es tan frenético que, inadverti­damente, caen al agua; y mientras él vuel­ve en sí, ella se salva escapando. Mas para salvarse realmente no le queda más remedio que la huida. Y ella huye; dice que se va a Basilea, pero se va a Italia. Contratada en Roma, en el Teatro Argentina, canta, na­turalmente, el Aquiles en Esciros, en el papel de Aquiles, y «provoca tal furor», que Eugenia, joven romana, se enamora de ella, produciéndole también «cierta obscura turbación como la que experimentó Safo». No se engaña, en cambio, acerca de su sexo un lord inglés, el cual se la lleva con su explícito consentimiento a Nápoles. Mientras tanto, Lokmann ha llegado a Ro­ma; pierde el seso, se desespera y se «siente morir». Pero la bella Eugenia le infunde ánimos, y como siempre es dulce dejarse consolar, por fin él se decide a dar el gran paso y se une con ella en legítimo matri­monio.

El valor de esta narración es modesto, a pesar de que no le falta algún momento en que se enardece el inflamable temperamento de Heinse, y la narración adquiere color y fuerza. Mayor, en cambio, es su interés histórico. En toda la novela abundan las efusiones y discusiones musi­cales: se habla de Händel y Haydn, de Metastasio y Mozart, de Gluck y Piccini, de Pergolesi y Cimarosa; hasta se habla de Paiestrina y, si bien las ideas no son siem­pre claras, esta afición es sincera. Heinse no era ni músico ni pintor; pero tenía in­tuiciones geniales y una inquieta sensi­bilidad tentacular tendida hacia el futuro. Y al igual que Ardinghello para el arte figurativo, Hildegarda es para el arte mu­sical, a pesar de sus opacidades sensuales y sus turbulencias, uno de los más singula­res documentos de la crisis general de re­novación que conduce del racionalismo del siglo XVIII al Romanticismo.

G. Gabetti