Hero y Leandro, Anónimo

Poema breve, en 350 hexáme­tros, de Museo (siglos IV-V d. de C.), escri­tor perteneciente quizás a la escuela de Nonno. Se narra en él el infeliz fin del gran amor del bellísimo Leandro (v.) por la bellísima Hero (v.), la virgen sacerdotisa de Afrodita. Para entrevistarse en secretos coloquios de amor, el joven atravesaba a nado el Helesponto desde Sesto a Abydos, todas las noches, guiado por la linterna que sobre la alta torre encendía la muchacha, como si fuera un faro. Pero sobrevino una tempestad violenta, con gran vendaval, y apagó la llama y causó la muerte del jo­ven; Hero, desde lo alto de su encumbrada torre, se precipitó sobre el cadáver destro­zado de su amante, y ambos gozaron uno de otro por toda la eternidad en el reino de Hades. Museo parece seguir un poemita helenístico perdido y desconocido, del cual conserva, particularmente en el final, la frescura de inspiración y el sentimiento romántico. La delicadeza de las situaciones, sin embargo, queda de vez en cuando obs­curecida por el tedioso formulismo de la retórica de la época (segunda sofística) y por los hexámetros excesivamente sonoros y retumbantes, a la manera de la escuela de Nonno. El poema tuvo giran fortuna, par­ticularmente entre los románticos, por el tono de ingenuidad idílica que lo informa y lo hace, en su irrealidad sentimental, de fácil y verdaderamente agradable lectura. Ed. crít. de E. Malcovati (Milán, 1947). [Tra­ducción castellana de José Antonio Conde en Poesías de Safo, Meleagro y Museo (Ma­drid, 1797) y de Graciliano Alfonso en Odas de Anacreonte. Los Amores de Leandro y Hero, traducidos del griego; y el Beso de Abibinia (Puerto Rico, 1838); edición del texto griego y traducción catalana en pro­sa de Lluís Segalá, seguida de traducciones en verso por A. Carrión, P. Bertrán i Bros y J. M.a Pellicer i Pagés (Barcelona, s. a.).

I. Cazzaniga

*   Glosa del mito de los dos amantes Hero y Leandro (v.), obra del escritor catalán Joan Róig de Corella (que escribió en­tre los años 1460 y 1500), que se nos ha conservado en dos manuscritos: el códice misceláneo Jardinet d’Orats, de la Biblio­teca Universitaria de Barcelona, terminado en 1486, donde la narración aparece con el título Istória de Leánder i de Ero, feta per mestre Corella y el «Códice de la Biblio­teca Mayansiana», de la Biblioteca Univer­sitaria de Valencia, en el que figura con el título La istória de Leánder. Está publicada en Obres de J. Róic de Corella, publicades amb una introducció per R. Miquel i Pla­nes, segons els manuscrits i primeres edicions («Biblioteca Catalana», Barcelona, 1913). Hero, de la isla de Cestos, y Lean­dro, de la cercana isla de Abydos, se ena­moran durante una fiesta en (gestos.

Lean­dro manifiesta sus honestas intenciones a Hero a través de Latíbula, nodriza de la doncella, especie de Celestina, personaje típicamente medieval. A pesar de la opo­sición de los padres de Hero, Latíbula de­cide favorecer las relaciones de los aman­tes. Leandro, por las noches, pasa el mar a nado, a fin de reunirse con su amada. Al principio los elementos le son favorables: le acompañan, en su viaje hacia el amor, los peces y las aves, las estrellas de Cestos le iluminan. «E tant sovint aquest difígil viatge ab esforg de amor acaminava, que liparia ja los peixos lo coneixien e la mar li obria camí de calçigada senda. E, navegant lo novell mariner al contrari deis altres navilis, la ñau del seu eos per les aigües discorria». Una noche de tempestad, Lean­dro vacila én lanzarse al agua, pero la luz que brilla en la torre de Hero vence su temor («Lo foch que veig enees alt en la torre / crema dins mi la por de la mar fonda»). Cuando está a punto de llegar a Cestos, arrecia la tempestad y Leandro su­cumbe. Las olas lo traen, muerto, al pie de la torre de Hero. Ésta, después de una aparición del alma de Leandro, ve el cuer­po del amante en la ribera. Y tras un planto, en el que le acompañan las aves y los peces (y que fue imitado en Tirant lo Blanch, v.), decide, como exequias supre­mas, ungir el cuerpo de su amante con su propia sangre, lo que hace clavándose la espada que apoya en el pecho de Leandro.

El mito clásico narrado en el estilo carac­terístico de Róic de Corella, aparece re­vestido de formas y situaciones propias de la literatura medieval; así, la alusión cons­tante a la Fortuna, la forma cómo se ena­moran Hero y Leandro, etc. El autor no olvida la acostumbrada reprensión contra el amor y la consiguiente alabanza de la vida religiosa. A pesar de todo ello, estas características no consiguen borrar el valor puramente literario del mito. La fuente más importante de la obra de Róig de Corella son las Heroidas (XVIII y XIX) de Ovidio. Corella seguramente no conoció el poema de Museo. Fuentes secundarias o autores de los que pudo extraer referencias son Vir­gilio, Boccaccio y Petrarca. Para algunos detalles y circunstancias de la obra con­vendría buscar otras fuentes (como el de la muerte de Hero, que recuerda la de Tisbe), en el caso de que no sean invención del autor.

A. Comas

*   En el siglo XVI el poema de Museo fue objeto de numerosas traducciones y adap­taciones. Recordemos, en primer término, la Favola di Leandro ed Ero de Bernardo Tasso (1493-1569), escrita en versos blancos y publicada en el Libro terzo degli Amori (Venecia, 1537), y la traducción al francés por Clément Marot (1496-1544). Más tardía es la adaptación al inglés de Christopher Marlowe (1564-1593), que fue completada por George Chapman (1559-1634) y publi­cada con el título de Hero and Leander en 1598. En el siglo XVIII es notable el dra­ma lírico Hero et Léandre, de Jean Lefranc de Pompignan (1709-1784).

*   En la literatura castellana del Siglo de Oro, el mito de Hero y Leandro tuvo una particular difusión. Además del largo poe­ma en versos libres de Juan Boscán y los dos romances burlescos de Luis de Góngora, de los cuales nos ocuparemos más adelante, merecen ser recordados los so­netos de Garcilaso de la Vega («Pasando el mar Leandro el animoso»); Gutierre de Ce­tina («Leandro, que d’amor en fuego ar­día»); Francisco Sa de Miranda («Entre Sesto y Avydo, el mar estrecho»); Jorge de Montemayor («Leandro en amoroso fuego ardía»); Hernando de Acuña («De la alta torre al mar Hero mirava»); Lope de Vega («Por ver si queda en su furor deshecho»); Pedro Soto de Rojas («Leandro, el culto del galán vestido» y «Quiso Amor navegar por el estrecho»), etc.; la glosa al soneto de Garcilaso, debida a Francisco de Aldana («Entre el Asia y Europa es repartido»); .el soneto «Flota de cuantos rayos y cente­llas» y el romance «Hero y Leandro» de Francisco de Quevedo; el romance semiartístico «El cielo estaba nublado / la luna su luz perdía», derivado del poema de Boscán y publicado en la Tercera parte de la Silva de varios romances (Zaragoza, 1551); los dos romances recogidos por Juan de Li­nares en el Cancionero llamado Flor de enamorados (Barcelona, 1573); el romance «heroico» de Francisco Trillo de Figueroa «Al mar se arroja Leandro»; la «Fábula de Leandro y Hero» de Gabriel Bocángel (v. Rimas y prosas); etc. Lope de Vega había escrito antes de 1604 una comedia sobre Hero y Leandro, hoy perdida, que cita en la primera lista de El Peregrino en su pa­tria (v.), y Mira de Amescua escribió otra con el mismo título, a la que alude Calde­rón de la Barca en La dama duende (v.). Recordemos, finalmente, que el gran poeta portugués Luis de Camóes es autor del soneto «Seguía aquelle fogo, que o guiava», que trata del mismo tema.

*   La parte tercera de las obras poéticas de Juan Boscán (poco antes de 1500-1542), que publicó Caries Amorós en Barcelona, en 1543, se inicia con un largo poema en verso blanco de 2.793 endecasílabos que desarro­lla el mito de Hero y Leandro. En este poema, Boscán traduce, o mejor, adapta, el texto griego de Museo, al que incorpora numerosos pasajes y motivos de proceden­cia diversa. El texto de Museo, si exceptua­mos algunas supresiones, ha pasado íntegro a la obra de Boscán, pero «como anegado — escribe Menéndez Pelayo — por un mar de palabras más furioso que las olas del Helesponto que rindieron al pobre Leandro». En efecto, más que traducir, lo que hace Boscán es parafrasear, no siempre oportu­namente, el texto griego. Así, por ejemplo, la primera entrevista de los dos amantes, que Museo relata en quince versos, ocupa, en Boscán, ciento nueve; etc. A propósito de los vaticinios de Proteo, Boscán incor­pora al texto de Museo el bello episodio virgiliano de Aristeo, Orfeo y Eurídice, que ocupa casi la mitad del cuarto libro de las Geórgicas (v.). Junto a estas dos fuentes principales, nuestro poeta se sirvió de otros relatos relativos a los amores desafortuna­dos de Hero y Leandro.

Entre ellos, desta­quemos ciertos pasajes que proceden de las Heroidas (v.) de Ovidio, como son la invocación del náufrago Leandro a Bóreas («O Bóreas, gritó, ¿por qué assí quieres, etc.?»; cf. Her., XVIII, 37-44), o la invo­cación a Neptuno; los Epigramas (v.) de Marcial (comp. «Mientras que voy, ¡o aguas!, amansaos, / ahogáme después quando bolviere», con el verso de Marcial: «Par- cite, dum propero; mergite, dum redeo», De Spectaculis, XXV); la Favola di Leandro ed Ero de Bernardo Tasso (descripción de la primera travesía de Leandro; lúgubres presagios de Hero). En su poema, Boscán no sólo se propone narrarnos la simple fá­bula de los dos amantes, sino que intenta comentar su situación espiritual: sus sen­timientos, sus dudas, etc. El propio poeta nos dice en los primeros versos del poema su propósito: «… comienca ya de cantar, Musa, / el proeesso y el fin d’estos aman­tes: /el mirar, el hablar, el entenderse, / el yr del uno, el esperar del otro, / el dessear y el acudir conforme, / la lumbre muerta y a Leandro muerto». En conjunto, el poema es monótono y prosaico, lleno de repeticiones, tautologías y contrastes verba­les innecesarios; los versos carecen, gene­ralmente, de verdadera altura (por ejem­plo, un verso dice: «que Leandro que’n fin, era de carne»); sólo en muy contados ca­sos aparecen versos de auténtica calidad: «como suele pararse! alondrilla, / en mitad del tendido y raso campo, etc.».

Parece ser que el Leandro fue escrito poco antes de la muerte del poeta, como parecen probarlo dos hechos: 1) Una composición tan ambiciosa, no sólo por su amplitud, sino también por lo que representa dentro del clasicismo español, no se nos ha conser­vado en ninguno de los manuscritos que contienen obras de Boscán; 2) El autor se sirve, como ya hemos visto, de la Fa­vola del Tasso, que apareció en 1537, lo cual prueba que tiene que ser posterior a esta fecha. Ahora bien, las reminiscencias del poeta italiano que Menéndez Pelayo seña­la, se localizan en la última parte del poe­ma, lo que demuestra que estaba ya re­dactado en parte y fue ultimado entre di­cho año y 1542. Nuestro poema fue tras­ladado «a lo divino» por Sebastián de Cór­doba en Las obras de Boscán y Garcilaso trasladadas en materias cristianas y reli­giosas (Granada, 1575) y ha sido publicado numerosas veces, siéndolo recientemente por Martín de Riquer, Antonio Comas y Joa­quín Molas en Obras poéticas de Juan Bos­cán (Universidad de Barcelona, 1957).

*   Dos romances de Góngora tienen como asunto esta fábula; son el que empieza «Arrojóse el mancebito», fechado en 1589, y «Aunque entiendo poco griego» de 1610, que se cree escribió para preceder al an­terior. Al igual que en sus romances sobre Píramo y Tisbe, nos da la visión barroca de la leyenda, no a través de una forma plenamente culterana, como haría en el Polifemo (v.), sino de la parodia; para ello sigue el mismo procedimiento que Velázquez en sus cuadros mitológicos, es decir, viste con las galas mitológicas al hombre de la sociedad de su época; así, la tragedia de los dos amantes arranca de su pobreza, «que ella para una linterna / y él no tuvo para un barco»; el padre de «doña Hero» es un hidalgo «mal vestido y bien barbado», «su madre, una buena griega, / con más partos y postpartos / que una vaca…», el padre de «don Leandro», un escudero «pobrísimo pero honrado». Confiesa que ha hallado la historia en «ciertos versos de Museo / ni muy duros ni muy blandos», y que ha sido tratada también por Boscán, de cuya poesía parece burlarse irónicamente. Góngora logra salvar la originalidad del tema mediante un estilo lleno de notas cul­teranas y la burla, que no rehúye el chiste fácil; así el epitafio de los dos enamorados dice: «El Amor, como dos huevos, / que­brantó nuestras saludes: / él fue pasado por agua, / yo estrellada mi fin tuve».

S. Beser

*   La literatura del siglo XIX, especialmen­te en el período romántico, trató varias veces este asunto; hay que recordar un poema de Pierre Denne Barón (1780-1854), Hero et Léandre, aparecido en 1806; otro, de Thomas Hood (1799-1845), Hero and Leander, publicado en 1827; un drama en un acto y en verso de Louis-Fortuné Ratisbone (1827-1900), Hero et Léandre, escrito en 1859, y varias obras menores. Deriva vagamente de la misma fábula el drama de Franz Grillparzer (1791-1872) titulado Ondas del mar y del amor (v.).

*   El mito de Hero y Leandro inspiró tam­bién a los músicos. Claudio Monteverdi (1507-1643) compuso un Lamento di Lean­dro sobre texto de Marino. Entre las diver­sas óperas homónimas aparecidas recorde­mos la de Francesco Pistocchi (1659-1726), representada en Venecia en 1679; la de Bernhard Anselm Weber (1766-1821); las de Ferdinando Päer (1771-1839), Nápoles, 1795; la de Karl Kurpinski (1785-1857), Varsovia, 1816; la de la compositora francesa Augus­ta Holmes (1847-1903), Paris, 1874. Con el mismo título de Hero y Leandro el inglés Tobias Augustus Matthay (n. 1858) compu­so una escena para coro v orquesta, y Gio­vanni Bottesini (1821-1899) una obra so­bre libreto de Boito, que fue representada en Turin, en 1879. Recuérdese también el poema sinfónico Ero e Leandro, que Alfre­do Catalani (1854-1893) escribió poco antes de su muerte.

*          El libreto de Arrigo Boito fue musicado más tarde también por Luigi Mancinelli (1848-1921), quien compuso una ópera ti­tulada Ero e Leandro, en tres actos, que fue representada por primera vez, en forma de cantata, el 8 de octubre de 1896 en el festival trienal de Norwich, para el cual había sido expresamente escrita. La prime­ra representación en forma escénica tuvo lugar en Madrid, en 1897. En Sestos de Tracia, junto a la orilla del Helesponto, du­rante la ceremonia de premiar a Leandro de Abidos, vencedor de los concursos afrodisios, Hero, sacerdotisa de Venus, queda hechizada por las palabras de Leandro y un súbito amor se apodera de ella. Terminada la ceremonia, Ariofarnes, arconte de Tra­cia y rey de los sacrificios, ruega a Hero que ceda a su pasión; y ante la negativa de la doncella, jura tomar venganza. En efecto, entre todas las sacerdotisas elige precisamente a Hero para que, para reno­var un antiguo rito caro a Venus, sea en­cerrada en la Torre de la Virgen, junto al Helesponto, donde habrá de permanecer pura e intacta para expiar las culpas de amor de todo el mundo. Despreciando el peligro que se cierne sobre su cabeza y la de Hero, todas las noches Leandro atra­viesa a nado el Helesponto y se reúne con su amada en la torre fatal. Pero una no­che, durante un apasionado coloquio entre los dos amantes, estalla la tempestad, y Ariofarnes llega con sus sacerdotes para aplacar el mar, según los ritos. Leandro, para no ser visto, se arroja desde la torre al mar, pero halla la muerte en los es­collos, y Hero cae al suelo fulminada por el dolor, mientras Ariofarnes va a lanzarse sobre ella para castigarla por el sacrilegio que ha cometido.

Ero e Leandro presenta más bien los caracteres del oratorio que los de la ópera teatral; y por esta razón no lucen las destacadas capacidades sinfó­nicas y dramáticas de Mancinelli, evidentes en otras óperas suyas. Los coros son la parte mejor lograda, de naturaleza descrip­tiva (sobre todo el comienzo del tercer acto, constituido por la alternancia de las voces del coro y de una voz lejana que procede del mar). Entre las páginas más conocidas figura el «aria de la concha» de Hero en el primer acto y todo el episodio de la torre en el tercero, que en la escena de la tem­pestad alcanza la perfecta fusión del ele­mento escénico con el orquestal.

L Fuá