Hedda Gabler, Henrik Ibsen

Obra del dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906), escrita en Munich en 1890, a dos años de distancia de la Dama del mar (v.) Hedda (v.), la más hermosa hija del general Gabler, se ha casado con el más gris de sus admirado­res, Jorge Tesman, un estudioso de inteli­gencia vulgar, cuya meta sublime es una cátedra. De vuelta del viaje de bodas, Hed­da está ya cansada, no puede sufrir cuanto le rodea, está dispuesta a reaccionar con maligna ironía a cada palabra de su ma­rido que le haga entrever la vida mediocre que le tocará vivir; pero está decidida a no caer nunca de aquella mediocridad a la vulgaridad del adulterio. Y he aquí que, en la ciudad donde vive, aparece el escritor Eylert Lovborg, el antiguo compañero que, cuando era jovencita, se le confiaba por completo, narrándole incluso en los deta­lles, sus extravíos. Desapareció el día en que ella le amenazó, con la pistola de su padre, para librarse de su deseo de amante. Lovborg es considerado por todos como un hombre agotado, pero ahora reaparece como regenerado gracias a la influencia be­néfica de una mujer, Tea (compañera de colegio de Hedda), que, por él, ha aban­donado a su marido y ahora le sigue, tem­blando siempre con el temor de que re­caiga en el vicio.

Su encuentro con Hedda le hace comprender lo mucho que ella re­presenta todavía para él. Lovborg se pre­gunta qué había en el fondo de su extraña intimidad: si era amor o si era, en la mujer, la necesidad de purificar al compañero li­bertino. Hedda niega: era curiosidad, sólo morbosa curiosidad por lo que no les está permitido conocer a las muchachas. Pero después le confía que el no haber dispa­rado contra él no fue en aquella ocasión su mayor cobardía. ¿Cuál fue, pues, su ma­yor cobardía? ¿Haber rechazado el gesto amoroso de él? Así interpreta Lovborg la sibilina confesión de Hedda. Y la añoranza exaspera la mortificación producida al com­probar que Tea no confía mucho en su fir­meza. Acaba aceptando la invitación, poco antes rechazada, a una cena entre hombres no demasiado virtuosos. A ello ha sido impulsado incluso por Hedda, que parece meditar un plan secreto. ¿Quiere que Lov­borg vuelva a caer en el vicio para que se demuestre vana la influencia regenera­dora de Tea? Pero sucede lo peor. Lovborg no sólo se embriaga, sino que pierde el ma­nuscrito de la obra genial recién acabada, en la que, inspirado por Tea, ha expresado enteramente su vida interior. Dicho manus­crito, encontrado por Tesman, llega a manos de Hedda, que lo esconde. Cuando Lov­borg le confía lo que le sucede y se muestra desanimado hasta el punto de querer re­nunciar a la vida, Hedda le entrega la pis­tola con que un día le apuntó, para que pueda hacer lo que entonces ella no hizo.

Después, al quedar sola, arroja el manus­crito a la estufa: quema el «hijo» de Tea, la criatura engendrada por el único hombre que le había dado el sentido de lo excep­cional, el único hombre a quien amó o al menos pudo amar. Al marido, espantado de aquella acción indigna, le declara que lo ha hecho por amor hacia él. Pero Lovborg no se mata «bellamente», como esperaba Hedda. El asesor Brack, un cortejador de Hedda, va a contarle que ha sido hallado en casa de una meretriz, herido en el vien­tre. Brack ha reconocido la pistola usada por Lovborg. Hedda comprende que está en manos del astuto admirador, porque úni­camente si éste calla se podrá evitar el escándalo. Pero no soporta el chantaje. Pasa a la estancia contigua y, fríamente, bromeando con Brack, se mata. Hedda Ga­bler es la única obra de Ibsen en la que éste no se ha confesado. Incluso nos halla­mos en un mundo opuesto al del poeta, contemplado por él con mirada despiadada. En Hedda está encarnada la corrupción de una nobleza potencial que no consigue triunfar por falta de amor. La aspiración a lo maravilloso y a la acción magnánima, que hay en tantas mujeres de Ibsen, aquí se convierte en risible esteticismo. Lo in­soportable que a muchos les resulta este drama depende de la equivocación de creer que Ibsen quiso presentar a Hedda como modelo.

Pero en realidad el poeta no trata en modo alguno de despertar en nosotros simpatía ni compasión por Hedda, que pue­de ser únicamente considerada como un modelo, en la medida que lo son Fedra (v.) o Lady Macbeth (v.). Y puede citarse en­tre ellas incluso por la excelencia del arte con que está expresada. [La primera ver­sión castellana de esta obra es una tra­ducción anónima publicada por «La España Moderna» (Madrid, 1890). La segunda es la de Carlos Costa y José María Jordá (Bar­celona, 1903), a la que siguió muy de cerca la de A. López White (Valencia, 1904). Pos­teriormente existe la versión de José Pérez Bances en Dramas, tomo II (Madrid, 1915) y la de Pedro Pellicena Camacho en Teatro completo, tomo XII (Madrid, 1920)]. G. Lanza

Cuando Hedda queda tendida, muerta, ante nosotros, en su belleza sin esperanza, igualmente impasible y fría en la muerte como lo fue en vida, no tenemos el valor de pronunciar una sentencia de condena por su crueldad, por su nihilismo moral; sólo sentimos que no se puede vivir largo tiem­po como vivimos nosotros. (Merejkowsky)