[Ettore Fieramosca]. Novela histórica de Massimo D’Azeglio (1798-1866), publicada en 1833, y difunida por Italia entre el entusiasmo de los patriotas. Consejero y censor de la novela fue Cesare Balbo, y su guía para escribirla con sencillez, Manzoni, con cuya hija Julia se había casado el autor.
El Héctor Fieramosca es un grito de guerra: con él orienta el autor a la literatura hacia fines nacionales, y, siguiendo el camino de la novela histórica entonces en boga, inicia la obra de propaganda por él soñada para «excitar a los italianos a dejar de lado a los extranjeros». Objeto de la obra es el desafío de Barletta, ocurrido el 13 de febrero de 1503, durante la guerra entre franceses y españoles por la posesión de Nápoles. Luis XII de Orleáns, para facilitar a sus tropas la ocupación de Nápoles, se pone de acuerdo con Fernando V el Católico, apadrinado por Alejandro VI. Invadido el reino, más por la astucia que por el valor, porque el acuerdo no fue sincero, después de largas disputas por la partición de las tierras, estalla la guerra entre Francia y España (1502-1504). Derrotados primero los españoles en Calabria y en Barletta, éstos derrotaron luego a los franceses en Seminara, Ceriñola y Gaeta; y los franceses se rinden por fin a Gonzalo de Córdoba. Mientras los franceses asediaban a Barletta, ocurrió que un soldado francés insultó a Unos caballeros italianos, que militaban con Próspero y con Fabrizio Colonna al servicio de España. Los ofendidos propusieron un desafío de trece campeones italianos y trece franceses, y los italianos hicieron morder el polvo a los franceses, triunfando por completo.
En torno a este tema central, se desenvuelven los amores de Héctor Fieramosca (v.), el protagonista del desafío y de la novela, con Ginevra, mujer de otro italiano, campeón de los franceses, que muere en el desafío, y el lento consumirse de Ginevra en amor por Fieramosca; la violencia usada con ella por el duque César Borja y por fin la muerte de aquélla. D’Azeglio, que era también un excelente pintor, tuvo la idea de escribir la novela, después de haber pintado el desafío en un cuadro que no le satisfizo. Pero uno se siente inclinado a juzgar severamente el trabajo si se piensa en el modelo en que se fijó el autor: Los novios, de Manzoni. D’Azeglio, sin duda, carece del vigor creador que logra fundir la historia con la fantasía. Quedan, sin embargo, páginas bien logradas por la agradable desenvoltura del estilo y por el calor propio de una obra escrita de un golpe, sin preocupación alguna de fidelidad a hechos ni lugares; quedan sobre todo el capítulo que describe el desafío, y la creación de Fanfulla da Lodi (v.).
M. Maggi

