Havelok el Danés

[Havelok the Dane]. Es una de las más bellas novelas de caballería que florecieron en Inglaterra en la primera mitad del siglo XIV, derivada de dos redacciones franconormandas que no es posible identificar con precisión. Es de pura inspiración sajona-escandinava y se desarrolla sobre el fondo histórico de las largas y sangrientas guerras entre ingleses y daneses, que, después de la muerte de Alfredo el Grande, mantuvieron al norte de Inglaterra bajo la pesadilla del «terror da­nés» y culminaron en la victoria de Canuto el Grande. Podría considerarse como una grande y fracasada épica anglodanesa, re­bosante de resonancias del Beovulfo (v.) y de Gudrun (v.).

Athelwold, rey de Ingla­terra, presagiando su próximo fin, y care­ciendo de hijos varones, confía su hija Goldeborough a uno de sus fieles cortesanos, el conde Godrich, haciéndole jurar que velará por ella y que la casará con un guerrero fuerte y noble. Muerto el rey, el conde usurpa el reino y encierra a la muchacha en el castillo de Dover. Mientras tanto, en la lejana Dinamarca, el rey Birkabeyn, al morir, ha confiado su hijito Havelok (v.) a los cuidados de Godard, que piensa deshacerse del muchacho ordenando a un humilde pescador, Grim, que lo mate. Pero éste, viendo salir una llama de la boca de Havelok, comprende que es de estirpe real, se embarca con los suyos y con el mucha­cho y, con viento favorable, alcanza las costas inglesas. Havelok crece sano y ro­busto y se emplea como mozo del conde de la ciudad de Lincoln. Su fuerza llega a ser proverbial, y Godrich, el usurpador del trono inglés, hallándose un día en Lincoln y asistiendo al lanzamiento de la piedra llevado a cabo por Havelok, queda tan im­presionado por su fuerza hercúlea, que de­cide casar a Goldeborough con Havelok, manteniendo de esta manera su juramento de encontrar para la muchacha a un hom­bre fuerte, y, al mismo tiempo, para de­clarar indigna a la muchacha de la majestad real a causa de un matrimonio tan humilde. Esta boda es, por tanto, impuesta a la des­graciada princesa y al generoso Havelok, que lleva a su esposa a Grimsby sin tener el valor de dirigirle una palabra. Pero tam­bién ella ve salir la misteriosa llama de la boca de su marido y se da cuenta del ori­gen real del joven.

Havelok y su esposa zarpan rumbo a Dinamarca donde, después de muchas aventuras, Havelok es recono­cido como heredero legítimo por la asam­blea de los guerreros, y Godard es conde­nado a muerte. En cuanto llega a ser rey de Dinamarca, Havelok quiere reivindicar el derecho de su mujer al trono de Ingla­terra. Desembarca en la isla, hace frente a una tenaz resistencia de Godrich, pero, por fin, derrota y hace prisionero a su ene­migo, al que condena a morir en la ho­guera. Más tarde Havelok perdona a todos los que habían seguido al usurpador, y em­pieza así un período de prosperidad para Dinamarca e Inglaterra, unidas después de tantos siglos de guerra. En el «Canto de Ha­velok», a diferencia de los otros «romans», en los que se percibe la atmósfera caballe­resca de la época normanda, domina una línea sencilla y clara que recuerda mucho los primitivos cantos escandinavoislandeses. La figura del protagonista encarna el alma germánica y sajona prefeudal; Havelok, el humilde mozo que supera en fuerza y ha­bilidad a los altaneros nobles y que, con su ingenua honradez, rechaza la idea de su unión con una princesa, personifica el sajón rebelde, no domado aún por el caballero normando. En su amor silencioso, en la fi­delidad granítica de Grim se refleja la vir­tud nibelunga de la «Treue», la concepción del deber silenciosamente cumplido. La unión de los dos jóvenes después de tantos sufrimientos, que se traduce en la unión de los dos países, es indudablemente una reso­nancia de la conquista y del prudente go­bierno de Canuto el Grande. A la formación del «Canto de Havelok» colaboraron nume­rosos valores históricos y míticos; no es el menor de ellos la fantasía atribuida a los pequeños grupos de poblaciones célticas que se habían refugiado en el norte de Ingla­terra.

G. Fornelli