[Guillaume Tell] Ópera de Gioacchino Rossini (1792-1868), compuesta sobre la trama del drama schilleriano y estrenada en París, en 1829. El libreto, escrito en francés por Víctor Étienne, conocido por De Jouy, resultó tan defectuoso que tuvo que ser versificado de nuevo por otro poeta francés, Hippolyte Bis. Aun en su forma definitiva, los cuatro actos de la ópera tienen un libreto pobre, frío y retórico en el lenguaje y bien lejos de la tragedia original. Algunas escenas de ésta fueron conservadas íntegramente (el salvamento de Baumgarten, llamado aquí Leutoldo, por obra de Guillermo; la conjuración, aunque abreviada; la escena de la manzana); en cambio muchos otros episodios y circunstancias fueron cambiados, como el amor de Rudenz y Berta, transformados en Amoldo y Matilde, princesa de Habsburgo; muchos personajes (entre ellos Stauffacher) fueron suprimidos. Pero, sobre todo, los libretistas alteraron la figura de Guillermo: la simplicidad y la franqueza que éste tiene tanto en la leyenda como en el drama, fueron substituidas por un aire altivo y teatral, que lo convierte en un personaje austero y sombrío. Si la ópera respira, no obstante, el aire del drama schilleriano, se debe solamente al genio de Rossini, que en las escenas más salientes (como en la de la conjuración y la de la manzana) se inspira directamente en el original.
El compositor ha sabido transformar con su música un libreto defectuoso y crear una obra maestra entre las mejores óperas serias ochocentistas; el Guillermo Tell rossiniano se yergue aislado y tiene sitio aparte en el panorama del melodrama italiano. A sus mismos contemporáneos les pareció un milagro inesperado; en la ópera no reconocían a Rossini, sobre todo al Rossini más popular de las óperas cómicas. En realidad no encontramos aquí ninguno de los motivos típicos del lenguaje musical usado por él en aquéllas; ni los famosos «crescendo», ni los estribillos, ni las estereotipadas cadencias finales; aquí tocto concurre a la profundidad de la expresión dramática, todo es original y ajeno a las formas tradicionales, la melodía adquiere una nueva riqueza, los recitativos asumen acentos dramáticos, todos los detalles están cuidados y meditados en el poderoso fluir de la inspiración. Estamos frente a un nuevo Rossini aun cuando la impresión de absoluta diversidad y separación de la producción anterior del músico, se atenúa al observar como muchos elementos del nuevo estilo se presentían ya en las precedentes óperas serias (en el Maometto los recitativos habían logrado’ ya una eficacia dramática; en la reelaboración del Mosé, v., se habían juntado un gran realismo expresivo y notables efectos sinfónicos y armónicos). Rossini quiso renovar su propio estilo, tendiendo a la expresión dramática, como más tarde hará, en sentido inverso, Verdi en el Falstaff (v.).
Última ópera de Rossini, Guillermo Tell representa la cumbre de sus óperas serias, como el Barbero de Sevilla (v.) representa la de sus óperas cómicas; en estas dos obras se compendia el genio universal del compositor. Tanto en sus óperas serias como en el Barbero, Rossini, si no revolucionario, renovador, continúa la tradición de sus inmediatos predecesores, Cherubini y Spontini, en cuanto a la concepción sinfónica de la ópera, consiguiendo con perfecto y espontáneo equilibrio la fusión de melodía y sinfonismo, de expresión dramática y música pura, que será el ideal, conseguido muchas veces con fatiga y no siempre logrado, de todos los compositores teatrales posteriores. Se destaca de sus predecesores por la novedad y personalidad de su estilo, más cálido y más románticamente vibrante. En Guillermo Tell, poema de amor a la patria y a la libertad, vibran los temblores revolucionarios del ambiente parisino en el que nace. El sentimiento heroico y patriótico es la base de la ópera; lo expresan los cantos solemnes y los recitados llenos de fuerza y de pasión de Guillermo, personaje que campea entre los otros por su mayor vitalidad y personalidad dramática; lo expresa Amoldo en su agudo y ardiente canto, cuya excepcional dificultad está siempre al servicio de la expresividad dramática; este personaje aún toma mayor consistencia cuando pasa de los dúos de amor con Matilde — riquísimos tesoros líricos — al desdén contra el extranjero matador de su padre y al ímpetu de la revancha; lo expresa, en fin, el coro, que, con Guillermo, es el protagonista de la ópera, aun cuando está condenado a la inmovilidad por el libreto. La Suiza montañosa y silvestre constituye el fondo del tema y la ópera está inmersa en la atmósfera pastoril evocada por la música.
Rossini tuvo presentes las típicas melodías y los «ranz des vaches» suizos, que se pueden encontrar por toda la partitura; pero los asimila de tal forma que, lejos de ser puro y simple folklore, son parte de su inspiración; el motivo tomado de un «ranz», llega a ser una especie de tema conductor y surge en distintos pasajes de la ópera, desde los recitados de Melchthal a la romanza de Matilde, hasta transformarse finalmente en un himno triunfal del pueblo suizo. Desde la obertura — de un género nuevo con respecto a las otras de Rossini —, esta ópera es una sucesión de páginas realmente sublimes sobre cada una de las cuales el análisis del crítico debe detenerse largamente para poner de relieve y valorar la inmensa riqueza melódica y el profundo dominio armónico e instrumental.
M. Dona
Este hombre [Rossini] poseyó en grado sumo el don de la invención musical. (Wagner)

