Guillermo Tell, Fiedrich Schiller

[Wilhelm Tell], drama en cinco actos, en verso, de Fiedrich Schiller (1759-1805) fue estrenado en 1804. El argumento (para el que el poeta acudió a la Crónica suiza [Helvetische Chronik] de Tschudi) sigue la leyenda tradicional.

De noche, en el mayor secreto, los representantes de los Cantones suizos de Scghwyz, Uri y Unterwalden, juran un pacto de solida­ridad contra Austria y su tiránico procura­dor Gessler. Tell no está con ellos, ni par­ticipa en forma alguna: es un hombre sen­cillo y apolítico. Pero, en la plaza de Altdorf, al pasar un día con su hijo ante un sombrero colocado encima de un palo, que Gessler había ordenado que se saludara para hacer sentir a los suizos su estado de servidumbre, Tell se echa a reír; y Gessler, que en aquel momento pasa con su séquito, le acusa de tener espíritu rebelde, y le or­dena, en castigo, que lance una flecha con­tra una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo; es éste un acto de bur­lón desafío al hombre considerado por to­dos como el mejor tirador de ballesta de Suiza. Tell cumple la cruel orden, la man­zana es alcanzada y cae, pero un odio mor­tal contra Gessler brota en su corazón en el mismo momento de la insensata orden. Y cuando éste le felicita por su habilidad, Guillermo Tell confiesa que guardaba otra flecha, que habría clavado en el corazón del déspota si su hijo hubiese resultado muerto. El audaz es detenido para ser con­ducido a bordo de la nave que ha de transportarlo, a través del lago de los Cuatro Cantones, hasta la fortaleza de Küssnacht, pero logra salvarse durante una furiosa tempestad. Apenas está libre, renace en Tell más fuerte aún el deseo de venganza. Es­pía a su enemigo, hasta que un día, siguiéndolo a lo largo de un sendero por las riberas del lago, dispara una flecha con su ballesta y le mata.

Esta muerte es la señal de rebelión; Tell pasa a ser así el libertador de la patria, el héroe, el fundador de la nación suiza. Las dos acciones in­dependientes, el juramento de los cantones y el drama íntimo de Tell, se juntan sola­mente al final de la tragedia de Schiller. Poeta de la sedición, había considerado ya tanto el conflicto del individuo contra la sociedad (v. los Bandidos y María Estuardo) como el de la nación en lucha por su pro­pia independencia, y ambos temas se habían entremezclado y ligado en el Don Carlos (v.) y en la Doncella de Orleáns (v. Juana de Arco). En el Guillermo Tell, en cambio, se desarrollan paralelamente; y con esta mutua independencia consigue la máxima libertad de desarrollo. Hay dos escenas in­comparables: la de Rütli y la de la plaza de Altdorf, centrales, admirables por el sa­bio movimiento de las masas; en análogas escenas nadie ha sabido alcanzar la fuerza y grandiosidad schilleriana. El carácter de Guillermo Tell ha sido fijado con gran cla­ridad; no es un joven como los otros héroes de Schiller, sino un verdadero «pater fa­milias»; en efecto, el amor a la esposa, la ternura y solicitud por el hijo, son los ca­racteres sobresalientes de Tell, que no se hallan separados de un profundo sentido de solidaridad humana, frente al cual hasta el instinto de conservación pasa a segundo plano; esto se ve, sobre todo, en el primer acto, cuando Tell no vacila en afrontar con una barca una tempestad sobre el lago con tal de salvar al joven Baumgarten del pe­ligro de ser capturado.

El drama schilleriano está abierto al aire de los lagos y de las montañas y esto es tanto más extraordinario cuanto que Schiller no conocía Suiza; el poeta, en esta obra suya, la úl­tima, ha llegado a la naturaleza dominada por los bosques tan directamente como en la primera. Es admirable el retrato de los personajes, que son numerosos; además de cuantos padecen la injusticia por la tiranía aparecen esenciales y no superados los no­bles enamorados Berta y Rudenz. Un ar­diente sentimiento de libertad domina la obra; la protesta contra los tiranos, sobria y elocuente, aparece en todas partes: en los acuerdos de los conjurados, en la acción del protagonista, en la intimidad de las casas, en las conversaciones privadas. El espíritu liberal es todavía el de la Revolución fran­cesa, expresado con el entusiasmo propio de Schiller, cuya tragedia podría servir perfectamente de ilustración dramática al Contrato social (v.); la representación del nacimiento de la conciencia nacional de un pueblo constituye aquí un elevado elemento mítico. [Trad. española de Eduardo Mier y Barbery en Teatro completo, tomo I (Ma­drid, 1883), y de José Yxart en Dramas de Schiller, vol. I (Barcelona, 1909)].

F. Lio