Grandeza y Miseria de una Victoria, Georges Clemenceau

[Grandeur et misère d’une victoire]. Obra de Georges Clemenceau (1841-1929), publicada en 1930. Más que un libro de memorias, es ésta una batalla que el «Ti­gre» quiso librar en sus últimos años con­tra algunos que colaboraron con él en la victoria, y sobre todo contra el mariscal Foch, que lo había provocado con sus fa­mosos coloquios reunidos y publicados por Raymond Recouly en el volumen Le mémorial de Foch.

Estamos en 1918; Clemenceau es jefe del gobierno francés. La batalla se encarniza en Chemin des Dames. Foch ha sido llamado, a propuesta de Clemen­ceau, al mando supremo de las tropas alia­das en Francia. Muy pronto surge una di­sensión con el jefe de las tropas america­nas en cuanto al empleo de sus contingen­tes; Clemenceau interviene quejándose de que el jefe americano no quiera obedecer a Foch y que Foch no sepa mandar. Des­pués viene la crisis de los efectivos britá­nicos, que provoca nuevos desacuerdos en­tre Foch y Clemenceau. Estamos en la victoria, en el armisticio, pero incluso en las negociaciones continúan las torturas pa­ra Clemenceau. La Cámara lo ataca porque no es bastante «Tigre», porque no desarma a alemania. Poincaré, presidente de la Re­pública, no quiere conceder a los alemanes la tregua que han pedido. Y después, otra vez Foch. Sí, el mariscal ha sido un gran soldado en el campo de batalla. Pero, ¿basta esto?, pregunta Clemenceau; y dedica todo un capítulo a la «insubordinación militar» del mariscal, a su «falta de fe en la virtud más sacrosanta: la obediencia». Ya estamos en la conferencia de la paz, y el autor nos presenta, no sin ironía, «a los plenipoten­ciarios del mundo civil». Luego evoca el drama de la conferencia, la cual, «creyendo asegurar para siempre la paz en el mundo, le regaló aquel talismán, que había de ser un parlamento de superparlamentarios pri­vados de los instrumentos de la autoridad».

En el siguiente capítulo, sobre la «Prudencia de después», Clemenceau las emprende no sólo contra Foch, sino también contra el presidente de la República, Poincaré, que «no haciendo nada, lanza acusaciones con­tra los hombres de acción». Y el libro vuel­ve a tomar el tono violento de la polémica, sometiendo a minuciosa y áspera crítica las mutilaciones que se hicieron después al tra­tado de Versalles, una «paz al revés»; una paz «por la cual el vencedor abandona al vencido una parte de las ventajas conquis­tadas en el campo de batalla al precio de su propia sangre». Hasta el último capítulo, consagrado al «soldado desconocido», ter­mina con una violenta polémica contra el mariscal Foch. En todo el libro, domina la personalidad vigorosa, apasionada, indo­mable de un estadista que, durante largos decenios fué hombre de partido, que ni siquiera cuando llegó a la ancianidad y a las cúspides del poder supo cambiar su ca­rácter de ardiente polemista. Incluso al evo­car los tiempos y los acontecimientos más grandes y gloriosos de su larga vida se siente impulsado a lanzar acusaciones y regaños, más que contra sus enemigos, con­tra sus aliados y colaboradores; y si en la victoria, no hay que dudarlo, demostró grandeza, en aquella incurable discordia residió su miseria.

G. Miegge