Obra de Valéry Larbaud (1881-1957), publicada en 1911. Esta obra maestra de doscientas páginas, inaugura la serie de novelas de adolescencia, hoy ya numerosa. ¿Pero dónde encontrar, pues, la aristocrática simplicidad de estilo- cuya pintura prevalece y de la cual se trata aquí? Imagínese la vida cotidiana de los colegiales de San Agustín y la turbación que provoca una joven peruana, Fermina Márquez, que trastorna por completo los colegiales en cuestión. Les inicia en la práctica de la vida: Joanny Lienót, que estaba fuerte en temas y que trabajaba por aburrimiento, para olvidar los muros del colegio, tan pronto como el prefecto de estudios le encarga el guiar a la joven viajera, helo inmediatamente arrojado a las luchas con la existencia. Cree no carecer de los secretos para enfrentarse con ella. ¿Acaso no ha leído todos los clásicos psicólogos de la pasión amorosa? ¿Acaso no se ha desembarazado del prejuicio familiar de las mujeres «honradas»? No existen las mujeres «honradas», se dice Joanny: esta creencia no tiene otro objeto que el mantener la timidez de los muchachos jóvenes. Será, pues, esta Fermina Márquez aquella a quien él tendrá la audacia de conquistar. Ciertamente, Santos Iturria de Monterrey, el guapo americano del Sur, orgulloso de su sangre castellana, ya emancipado, que todas las tardes salta al anochecer los muros del colegio para ir a pasar las noches en Montmartre, hubiera tenido más suerte que Joanny. Pero es Joanny y no Santos el condenado a acompañar a Fermina en sus paseos durante los recreos después del refectorio.
El buen alumno parte al asalto de la adolescente del mismo modo que César lo haría para asaltar una ciudadela, y como lo hacen los buenos alumnos, con las versiones griegas. ¡Qué sorpresa! Esta ciudadela, esta versión desagradable, esta mujer de la que sería preciso arrancar a viva fuerza los favores, no es sino una gentil camarada que tiende su mano con infinita gracia, que habla sin cesar de los dolores de Cristo y de los clavos de la Cruz y predica a su compañero, para que edifique su alma, la vida de Santa Rosa de Lima. La estrategia frente a ella se desploma, los autores clásicos dejan al descubierto la timidez adolescente, y no obstante la alegría de vivir penetra en el alma: el lugar de estudio, que no había sido hasta entonces para Joanny otra cosa que el sitio del que se levantaba cada fin de mes para oírse proclamar, con cierto embarazo orgulloso de todo su ser, primero de la clase, es ahora el lugar en que Fermina se ha sentado, donde dejó un poco de su perfume, el día que Joanny le hizo visitar el colegio; y su lecho en el dormitorio, no es ya la cama en que el buen estudiante repasaba una y otra vez sus lecciones, sino el lugar que un día Fermina se dignó contemplar con una mirada. ¿Pero qué decir, qué astucia cabe, qué forma de seducción puede manejarse con una virgen angelical que sólo habla de los santos y de la «hediondez de sus pecados»? Se imponen las proposiciones de un ideal elevado. Joanny revela a Fermina su gran proyecto, del que todo el mundo se ríe, su magnífico sueño de restaurar un día el admirable Imperio universal de la Roma antigua. ¿Ha comprendido Fermina al genio en potencia y hallado su alma gemela? Al regresar de las vacaciones de Pentecostés, Fermina no habla ya de los clavos de la Cruz de Cristo ni de Santa Rosa de Lima.
Ella ha escogido entre el’ futuro restaurador del Imperio de Augusto y el guapo Santos Iturria, que le ha rendido visita en París durante las vacaciones. También ella ha descubierto su corazón: para vencer la tentación podrá arrodillarse en tierra durante una hora y permanecer así, con los brazos en cruz frente al crucifijo (¿no es así como lo hacen las santas?), pero se sofoca a los diez minutos. Entonces abre las ventanas a la noche, se viste con su más bello vestido y bebe con todas las fuerzas de su imaginación la adorable figura de Santos. Joanny ha comprendido. Él lo dirá todo. Explicará a Fermina qué es lo que acaba de despreciar por un bellaco. Durante una hora hablará, chillará, le hará saber que él es un genio, que luego ella oirá decir, que ella habrá de ver… Y sobre todo pedirá inmediatamente al P. Prefecto que le descargue de su tarea de «cicerone» y de darle las lecciones de dibujo. ¿En qué se resolverán los amores infantiles? El colegio de San Agustín cerrará sus puertas, Santos casará con una soberbia alemana, Joanny no tendrá tiempo de mostrar su genio: morirá víctima de una epidemia en el cuarta Pero en una primavera, porque un vestido de muchacha apareció un día en la galería del colegio de los Padres Jesuitas, se derrumbaron los muros del colegio, el hermoso tiempo de los premios de excelencia, de las versiones de la restauración del Imperio romano, el bello tiempo de la infancia, llegó a su fin: una santa de menos sobre la tierra, un poco de alegría y mucho de desesperación en el alma de un buen alumno.

