Europa

Revista publicada por Friedrich Schlegel (1772-1829) entre 1803 y 1805. Emigrado en 1802 a París, Schlegel decla­raba que se consideraba un misionero del idealismo «in partibus infidelium». Por ello, como su hermano August Wilhelm en Ber­lín (v. Cursos sobre literatura y sobre arte), en un curso de lecciones de literatura ale­mana, anuncia el evangelio romántico.

Al mismo tiempo fundaba la revista «Europa», que había de ser casi la continuación del «Athenaeum» (v.) y destinada como aqué­lla, si bien en forma más vulgarizadora y con nuevos desarrollos de ideas, «a proyec­tar sobre el arte y la ciencia y sobre toda la humanidad la fuerza de la poesía». No encontró, se comprende, el entusiasmo y la amplia colaboración que había encontrado «Athenaeum»; aparte de la fiel ayuda de su hermano, Friedrich se vio obligado a escribir la revista casi él solo. En esta nueva atmósfera la crítica de Friedrich no tiene la agresividad de antaño. Atenúa el tono hablando del ya tan vilipendiado Schiller, cancela juicios severos sobre Jean Paul e incluso sobre el sentimental novela­dor Lafontaine, en un artículo que su her­mano le envía desde Berlín.

En la revista se advierten dos actitudes dignas de men­ción: la primera se anuncia desde el ar­tículo-programa; y no es el crítico quien habla, sino el filósofo de la historia (acti­tud predilecta de Friedrich, v. Filosofía de la historia), trazando el perfil de su tiempo. Esta es una época de fatal decadencia por­que es época de escisión. En Oriente se produjo la síntesis de clásico y romántico; en la India antigua lo que fue más tarde el ascetismo espiritual de los cristianos y el frondoso materialismo de los paganos, con­vivían e incluso se fundían armónicamen­te. Es antinatural y grave la separación que entre ambos elementos se produce en Europa, que está de hecho enferma de dualismo: escisión entre los países del Nor­te y los del Sur, entre filosofía y poesía, contraste absoluto entre la religiosidad de unos y el materialismo de otros, contras­te que ha producido «la mortalidad de los órganos superiores» y puede conducir a Europa a un letargo secular.

De Oriente sólo pueden llegarnos religiones y mito­logía, los principios de la vida, las raíces de los conceptos. El único remedio es, pues, la fusión de Oriente y del Norte, «la fé­rrea fuerza del Norte y el ardor luminoso de Oriente». Hoy sólo el catolicismo pre­senta la fusión de ambos elementos, porque supo acoplar el esplendor y la fascinación artística con una filosofía que está tan acor­de con la antigua que parece su continua­ción. La otra actitud esencial de la revis­ta — que por otra parte se conecta con la primera— se refiere a la pintura. Friedrich parte de las ideas de Wackenroder (v. Efusiones del corazón de un monje ena­morado del arte) y del Diálogo de los cua­dros (v.) de su hermano August; también ama y exalta a los Primitivos y en los cua­dros del Renacimiento busca sobre todo el contenido religioso; con Wackenroder llama a la pintura «arte divina»; expone de modo axiomático el valor de la antigua pintura alemana, llegando a contraponer a la Virgen de San Sixto la Virgen de Maese Esteban de la catedral de Colonia. De estas y semejantes páginas se produjo por filiación directa la pintura de los Na­zarenos, de inspiración católica y mística, que tanto fastidiaba a Goethe, pero que representa bajo diversos aspectos el origen directo de la pintura alemana del siglo XIX.

B. Allason