El Obstáculo, Colette

[L’entrave]. Novela de Colette (1873- 1954), publicada en 1913 como continuación de La vagabunda (v.).

Renée Néré, de veraneo en Niza, vuelve a encontrar, en la «Promenade des Anglais», al hombre al que estuvo a punto de ligar su destino, al «gran imbécil» que hubiera hecho de ella una burguesa sumisa, feliz y sin problemas. No se da a conocer, pero la visión de este hombre, acompañado de su joven esposa y de su hijo, le hace recordar el período de su vida en que estuvo a punto de claudicar y en el que tuvo la fuerza suficiente para salir de su hundimiento.

Sin embargo, las jornadas que pasa en compañía de May y su amante Jean, al que se une el singular personaje Masseau — opiómano, mixtificador en apariencia, pero atento y lúcido en realidad —, «se suceden no se sabe cómo, inútiles, menguadas, deshe­chas». Tras una de las innumerables esce­nas que puntúan la unión de los dos aman­tes, May parece resuelta a partir hacia el bien y Jean se siente atraído por Renée, quien, en vez de alentarle y quizá ya a pesar suyo, abandona el hotel y parte para Ginebra.

Encuentra allí a Brague, el jefe de una compañía en la que ella trabajó en otro tiempo, y dolorosamente comprueba la distancia que les separa; ella es ahora espectadora de aquellos que han seguido trabajando en la escena. En el momento de disponerse a regresar a París llega Jean en compañía de Masseau.

La partida se re­trasa. Los tres pasan el día en Lausana, donde las sutiles interferencias de Masseau y las insinuaciones aún delicadas de Jean, llevan a la joven a rendirse a un senti­miento — ¿o es quizá tan sólo a una atrac­ción física? — del que ya ella había perci­bido una advertencia. En París, esta pasión real, compartida, conoce una fase feliz y sin profundidad.

Pero pronto sobrevienen las dudas, en principio no por faltas de Jean sino por la inquietud de Renée, celosa de aquellas que vendrán después de ella y sabrán, acaso como May, satisfacerle sin exigir la posesión de cuerpo y alma. Luego estos celos se desarrollan — por otra parte sin manifestarse — y se extienden al pasado, a aquellas mujeres que han «moldeado a Jean para otra y no para ella».

Una evolu­ción paralela se opera en Jean, pero en un plano distinto que él señala un día: «Temo que no tengamos suficiente necesidad el uno del otro». Renée, «entre la amistad fría que camina delante del amor», la aprensión del porvenir, y el pasado de un amante que se ha librado ya de muchas aventuras pasajeras, no puede, en suma, contentarse con vivir la existencia de la mujer entre­tenida; conoce hasta la tortura «el presen­timiento de perderle».

Es todavía Masseau quien actuará de cómplice tanto de Renée como de Jean para reparar las primeras rupturas, demostrándole a ella cómo puede equivocarse al creerse «otra mujer como May». Pero este curioso mentor no es ni un juez ni un árbitro y se retira para dejar a los «interesados», presa de sus propias naturalezas, que se separan de ahora en adelante una de la otra, sin el menor mira­miento. «¡Cuidado! — le dice Jean—, una vez más se trata tan sólo de un deseo». Ella asiente: «Yo cerré los ojos para que no viera que era mi alma lo que le daba». Así consiguió lo que quería, pero posible­mente era ella quien hacía mayor sacrifi­cio: «Me parece, al verle lanzarse sobre la vida, que ha ocupado mi lugar, que es él el ávido vagabundo y que yo le con­templo amarrada para siempre».

Así con­cluye esta obra, la novela que más invita a la meditación de todas las de Colette, en la que se revela, además del interés del objeto mismo que en ella se trata, la inge­niosa composición que reúne el pasado, el presente y el presentimiento en un juego hábil y casi constantemente doloroso; que confía a un personaje ajeno a la acción, y sin embargo sutilmente fraternal y eficaz, la misión de ver claro, tanto para los aman­tes como para el lector.