[Die Götterdämmerung]. última jornada de la tetralogía El anillo de los Nibelungos (v. Nibelungos), en un prólogo y tres actos. Poema y música de Richard Wagner (1813-1883), estrenada en Bayreuth, en agosto de 1876.
Las tres Nornas, Parcas del Norte, hilan el destino y cuentan alternativamente el pasado y el porvenir de los hombres y de los dioses, cuando Sigfrido (v.) y Brunilda (v.) descienden de la montaña donde todavía oscilan las últimas llamas (v. Sigfrido). Se separan despidiéndose tiernamente y cambiando obsequios: el anillo pasa a Brunilda, y Grane, el corcel de la walkiria, es entregado a Sigfrido. Entre tanto, en el palacio real de los guibicungos, sobre el Rin, están Gunter (v.) y Gutruna (v.), hermano y hermana, y Hagen (v.), su hermanastro, hijo de Alberico (v. Oro del Rin), y de la madre de ellos.
Cuando llega Sigfrido en su bajel, ponen en práctica un plan perverso: mediante un filtro que da el olvido, logran que^ Sigfrido se enamore de Gutruna y, olvidándose de Brunilda, prometa a Gunter conquistarla para él, con tal que le sea concedida Gutruna por esposa. Parte Sigfrido y llega junto a Brunilda.
Oculto el rostro por el yelmo, se hace pasar por Gunter, le dice que la ha conquistado desafiando las llamas, le arranca del dedo el anillo y después de hacerla entrar en sus habitaciones (fiel al segundo pacto, pero olvidado del primero con Brunilda) la entrega a Gunter. Después vuelve junto a Gutruna.
Con ésta y con Hagen (cuyo padre Alberico ha inspirado ya la sugestión de reconquistar el anillo) espera la llegada de la nueva pareja y prepara la fiesta del recibimiento con los hombres y las mujeres del lugar. Llegan los esposos.
Brunilda reconoce a Sigfrido, pero lo Ve con Gutruna y advierte el anillo en su dedo; grita que la han engañado y denuncia a Sigfrido como traidor a Gunter y a ella, y confía a Hagen — y no a Gunter, ya que éste ha sellado con Sigfrido un pacto de amistad — la venganza, a la vez que le revela que Sigfrido es invulnerable, excepto por la espalda. Un día, Sigfrido, que se ha extraviado cazando un oso, llega a orillas del Rin.
Las tres Ondinas le piden el anillo y cuando él se niega la predicen desgracias. Después llegan sus compañeros de caza. Mientras come con ellos, Sigfrido bebe un brebaje que le devuelve la memoria, y cuenta su propia vida.
Gunter puede así enterarse de que Brunilda ha sido de Sigfrido antes que suya. Lo reconoce por perjuro y Hagen le clava la lanza en la espalda. En este momento comienza la famosa «Marcha fúnebre de Sigfrido», que ofrece vastos y poderosos desarrollos. Los cazadores recogen el cadáver y lo transportan al palacio de los guibicungos.
Allí, delante de la asustada Gutruna, se enciende la contienda por la posesión del anillo, y Hagen mata a Gunter. Pero Brunilda domina la escena. Ella sabe que los dioses han impelido al héroe a la muerte para recuperar el anillo, pero que éste ha de volver a las hijas del Rin para que el mundo goce la paz.
Ordena levantar una pira, manda poner en ella a Sigfrido y la enciende; después, con el anillo en el dedo, monta, en su fiel corcel y se arroja a las llamas. El Rin se desborda y las Ondinas reconquistan el anillo. Las llamas de la hoguera invaden toda la escena y se elevan hasta incendiar el Walhalla, que se derrumbará sepultando a los dioses caídos.
E. M. Dufflocq
* Puesta la acción completamente en medio de los hombres, cuyas pasiones pecaminosas acaban por contaminar el heroísmo de Sigfrido y la naturaleza divina de Brunilda, también cambia el aspecto musical de la última jornada, acercándose un poco, aunque sea ocultamente, a la estructura tradicional de la ópera; hay una insólita frecuencia de dúos y concertantes y hasta un coro (en el segundo acto, los guibicungos, dominados por Hagen, esperan el regreso de Gunter y Brunilda para aclamarlos) : es el único coro de toda la Tetralogía.
El feliz equilibrio de música y palabra en la realización del drama vuelve. a romperse en el Ocaso en favor de la música. A menudo las escenas se organizan en grandes formas musicales de extraordinaria autonomía. Ahora ya son raros los nuevos temas.
Con el colorido intencionadamente gris y uniforme del prólogo cantado por las Nornas, envuelto en la bruma del mito, contrasta el radiante y vibrante ardor del saludo de Sigfrido a Brunilda: es la última aparición de los dos héroes en toda la pureza incontaminada de sus naturalezas superhumanas, con el optimismo revolucionario de Sigfrido y la generosidad entusiástica de Brunilda.
El viaje de Sigfrido por el Rin es descrito en una célebre página sinfónica, en la cual se expresa la corriente de los pensamientos y los sentimientos que lo animan mientras él parte a la conquista del mundo. Un mundo muy diferente ahora, de hombres ya, con sus mezquinas limitaciones, es el que nos pinta la música al comienzo del primer acto, en el palacio de los guibicungos.
Domina en él la figura monumental de Hagén, torvo y solemne, con su cuadrada energía. Un ritmo poderoso y severo domina el tema que simboliza la majestad del palacio, el orgullo familiar, la amenazadora voluntad de potencia de los guibicungos. Estamos en plena épica nórdica.
En este ambiente de guerreros y de tiranos avezados a un duro mando, la figura de la virgen Gutruna, mísero instrumento de la ambición ajena, resalta con asustada timidez en el tema de la bienvenida a Sigfrido, cuando le brinda la copa en la cual Hagen ha mezclado el filtro. Es uno de los típicos temas amorosos wagnerianos, que primero se tiende como en oferta, para disgregarse después en simbólica descomposición melódica.
En el juramento de la fraternidad de sangre que sella Gunter y Sigfrido apunta aquel oculto retorno de la música hacia formas operísticas tradicionales motivado por el ambiente humano, y no ya divino, de la última jornada. Después del largo y algo fatigoso coloquio de Brunilda con Waltrauta, acaba él acto con el doloroso episodio del engaño y conquista de Brunilda, en el cual se sienten resonar casi todos los temas de la leyenda de los nibelungos.
Sobre todo el segundo acto, en que se consume el sacrificio de Brunilda y se prepara, por consiguiente, la tragedia final, pesa una atmósfera de profunda tristeza, de engaño y de perfidia, a pesar de las apariencias festivas de la ceremonia nupcial. Sus temas aparecen como deformados, decaídos y despojados de su espíritu heroico, en correspondencia con el trágico hundimiento de Sigfrido y Brunilda.
Estamos ya en el corazón del pesimismo schopenhaueriano que, desde 1854, ha dado un brusco giro a la dirección y al significado de la Tetralogía. En la anulación de la voluntad de vida, se corre ahora hacia el fin, con un doloroso anhelo de destrucción, tanto más dolorosa, como ha sido justamente observado por Rolland, cuanto que la vida que aquí se abandona es la bella y radiante vida de los héroes y los semidioses en su contacto pánico con la naturaleza, la vida entusiasta de Sigfrido y Brunilda.
También en el Tristón e Isolda (v.) se celebran la muerte y la noche, en oposición a la vida y el día; pero mientras allí la muerte es anhelada como un puerto de voluptuosidad, y la luz del día odiada como enojosa enemiga de los amantes, en el Ocaso la muerte y el fin de todas las cosas son sentidos dolorosamente como destrucción de una belleza y de una felicidad que ya no se pueden conservar. Para subrayar este sentido amargo del desprendimiento, en el último acto Wagner evoca una vez más los tonos de la antigua felicidad de Sigfrido en comunión con las fuerzas de la naturaleza gracias a la integridad física de su erotismo.
El episodio de las hijas del Rin es todo jovialidad y fluir de aguas primaverales en el iridiscente juego sonoro de las tres voces femeninas. Es éste un caso típico de la realidad poética que la música wagneriana crea a despecho de las exigencias dramáticas.
Todo lo que en esta escena es acción (reclamación del anillo, negativa de Sigfrido, predicción de la desgracia) pasa completamente: la escena vale y vive como una voz de aquella comunión física con los elementos de que Wagner poseía el secreto, último baño de la felicidad natural, casi podría decirse naturista, de otrora; el maravilloso relato de Sigfrido, que cuenta a los cazadores reunidos que descansan a su alrededor, evocándolo más para él que para ellos, el curso de su vida y de sus empresas: la dura forja de la espada, la muerte del dragón, la captura del oso, la conquista de Brunilda.
Después, la catástrofe y, como larga pausa dramática de intenso recogimiento, la trágica marcha fúnebre, abierta y ritmada por dos profundos toques, a los que sigue la amenazadora espiral del tema de la muerte. Entonces todos los temas de los velsungos desfilan en la fúnebre celebración heroica, expuesta admirablemente en el grave ritmo de la marcha.
Con esta escena el drama queda en sustancia terminado; sin embargo, la ideología wagneriana quiere su conclusión con el derrumbamiento de los antiguos dioses, la restitución del oro a las aguas del Rin, y la palingenesia que sigue a la destrucción operada por las fuerzas desencadenadas del agua y del fuego. La música sostiene todavía con potencia indescriptible este apéndice necesario para el drama.
En el último canto de Brunilda casi todos los temáis de la Tetralogía vuelven a la superficie, con potencia evocadora, y al final de la ópera, que se cierra con el motivo del ocaso de los dioses, surge vibrante de fe la melodía radiante de la redención por el amor. [Trad. española anónima en Dramas musicales, de Wagner, tomo II (Barcelona, 1885) con el título El crepúsculo de los dioses; de Antonio de Vilasalva en El anillo del Nibelungo, tomo II (Barcelona, 1907), con el título que hemos adoptado, y de Luis Paris en La Tetralogía de El anillo del Nibelungo (Madrid, 1909)].
M. Mila

