[Der Menschenfeind]. Fragmento de un drama inacabado de Friedrich Schiller (1759-1805), publicado por vez primera en el número 11 de la revista «Thalia» con el título: El misántropo reconciliado [Der versohnte Menschenfeind] y con la siguiente nota final: «Las escenas aquí publicadas son unos fragmentos de una tragedia que fue comenzada hace muchos años, y que por distintos motivos quedó inacabada.
Quizá la historia de este misántropo y la entera representación de estos caracteres tendría que ser ofrecida algún día al público en una forma más adecuada al argumento». En las ocho escenas del fragmento se plantea el drama de un tal Von Hutten, quien, después de experimentar la maldad humana, se retira a la soledad, desilusionado y amargado, proclamando que ya no ama a los hombres, aun cuando su alma rehúsa odiarlos. Lejos de la sociedad, espera sustraer a su amada hija Angélica de las insidias de aquel mundo que le ha infligido las mayores injusticias. Viviendo únicamente para su hija, la educa con los más altos sentimientos humanos y la rodea de toda clase de cuidados, allí en el campo que él ha transformado en un verdadero paraíso; y Angélica, agradecida a su padre por tantos miramientos y «feliz como una diosa», pasa su vida entre obras de caridad y la contemplación de la naturaleza. Pero un día llega- el caballero Rosenberg y en el corazón de los dos jóvenes brota espontáneamente el amor. De este modo, Angélica, sin quererlo, deja de ser fiel a la única promesa que le había impuesto su padre: la de «renunciar al mundo que a él lo había expulsado». Queda muy turbada por su involuntaria infracción, a pesar del valeroso propósito de Rosenberg, que piensa hablar claramente con Von Hutten y convencerlo para que abandone su recelosa actitud contra la humanidad.
El joven está convencido de que el anciano, en el fondo, no es ningún misántropo, y de que comprenderá y cederá. Pero ¿de qué modo, si precisamente en aquel momento el padre manda prometer a Angélica que ella no concederá nunca su mano a un hombre? «¡Nunca, nunca!», balbucea la muchacha, «a menos que… a menos que usted mismo no me libere de esta promesa». Hutten sigue: «La mano que tú tendieras a un hombre delante del altar, grabaría mi nombre en la infame columna de los estúpidos. Yo te voy a llevar en medio de los hombres para que aprendas a despreciarlos. Te he educado para mi venganza». En este punto, el drama se interrumpe. Por unas declaraciones del poeta y por el mismo título—El misántropo reconciliado — es lícito suponer que Rosenberg sacaría del amor hacia Angélica y de la conciencia de su honestidad la fuerza para luchar contra el áspero desdén del anciano, triunfando por fin sobre él y reconciliándole con la humanidad. EÎ planteamiento del drama está trazado con seguridad de palabra y de estilo, los caracteres resultan netamente esbozados, el «pathos» moralizante de Schiller pone inmediatamente de relieve a las figuras, especialmente a la del protagonista.
Ya las escenas iniciales dejan vislumbrar la intención del autor de profundizar en sentido trágico (de «tragedia» habla también la nota final publicada en «Thalia») el conflicto entre el misántropo y la sociedad. La actitud de desconfianza es tanto más sincera, en cuanto que las amargas experiencias no consiguen sacudir de su alma dolorida el sentimiento de respeto que aquél tiene hacia la naturaleza humana. En la figura schilleriana no se advierte en absoluto el sentido cómico que brota de la susceptibilidad mezquina y preconcebida del convencional misántropo de la comedia. Los motivos que alejan a Hutten de los hombres no se hallan en una recelosa y congénita insociabilidad como, por ejemplo, del misántropo de Molière. No son solamente las formas y las convenciones sociales las que irritan al personaje de Schiller. Su resentimiento, por lo que se intuye de las pocas escenas, no se explica pensando en una sencilla hosquedad de carácter, cuyas notas ridículas son explotadas en los alegres diálogos cómicos; indica más bien un alma ofendida que se acerca de nuevo a los hombres solamente cuando consigue comprender la necesidad del mal, del que nadie puede salvarse. Está claro, en efecto, que en las intenciones de Schiller, Von Hutten, al contacto con el noble y sincero Rosenberg, se elevaría lentamente hasta aquella superior «Humanitat», gracias a la cual, reconociendo sus propias culpas, perdonaría las faltas y debilidades ajenas, reconciliándose con el género humano.
G. Necco

