Novela de tendencia social de la escritora española Concha Espina (1877-1955), publicada en 1920. La autora sigue en su obra la tradición realista española, aunque con un lenguaje más escogido — a veces rebuscado, incluso — y mayor lirismo.
En ella no faltan los amargos reproches al capitalismo, singularmente y en este caso al capitalismo extranjero que explotaba las minas españolas de Riotinto, y a los que más obligados estaban a defender a los vencidos por la vida, en nombre del cristianismo cuya religión profesaban y debían practicar. El protagonista, Gabriel, «Charol» de sobrenombre, marinero del Norte, en virtud de aciagas circunstancias se ve obligado a emigrar en busca de trabajo; y si primero lo encuentra como marinero, luego pierde su empleo y se coloca en las minas de Rio- tinto. Ha dejado a su amada y amante, Aurora, en vísperas de ser madre. Después de varios incidentes de tipo social, Aurora viene a reunirse con él, que anda en amores con Casilda, a la cual abandona para unirse a su verdadero amor y a su tierna hijita. Por el pueblo de las minas andan unos muchachos, hermano y hermana, periodistas corresponsales de un diario madrileño que los ha enviado a hacer reportajes verdaderos sobre la situación de los sometidos al fuero omnipotente de los ingenieros de las minas. Los primeros artículos se publican, pero pronto la influencia inglesa obliga al periódico a desentenderse de lo que ha provocado, y los periodistas quedan entre los mineros para vivir sus mismas angustias y saber, por experiencia, lo que es sufrir el despiadado yugo extranjero.
El líder de los mineros, Aurelio Echea, provoca y mantiene contra todo viento una huelga que aspira a resolver de una vez la tremenda situación entre el trabajo y el capital. Todos los acontecimientos que semejante conflicto lleva consigo se suceden causando las irremediables víctimas; entre ellas, y como de costumbre,’ más por odio personal que por razones políticas, muere la inocente hijita de Gabriel y de Aurora gracias al pistoletazo que Casilda dispara a Aurora y que alcanza a su hija. La cuestión entre obreros y representantes del capitalismo inglés alcanza un punto insoluble: no hay manera de llegar a un acuerdo, y si unos se ven cercados por el hambre, la desesperación, los otros tienen a su lado a las autoridades españolas y a representantes del propio clero que les dan la razón. Hace falta, en el límite de las fuerzas, un acto de valor que sea la llama que abrase las resistencias postreras: y Gabriel se presta a realizarlo. Entra en las minas, cuyas bocas están casi cegadas y cuyos pozos llevan a galerías en escombros, y enciende un horno que es como el grito de feroz rebeldía de los huelguistas. Aurora, loca de dolor por la pérdida de su hija y por el sacrificio de su hombre, se aposta en la boca de la mina para esperarlo, si es que sale.
Víctor de la Serna, hijo de la autora, en el prólogo que a sus obras completas puso en el año 1944, dice lo siguiente: «En el ápice de su madurez literaria, Concha Espina escribe El metal de los muertos, el libro más desgarradoramente humano que se haya escrito jamás. Se encara a cuerpo limpio con la barbarie capitalista y presenta al hombre entero y desnudo, con toda la vivencia de la criatura redimida por Cristo, contra el paisaje moral y social de injusticia en que ha quedado sumido. De la sima sólo le sacará el amor. No el odio». Tiene la singular novela pasajes de indiscutible grandeza: todos aquellos que se refieren a las minas, a su descripción y a la interpretación que de los caudales que se le extraen dan los hombres. La autora, anticipándose a normas que luego serán las usuales en este género de literatura social, experimenta por sí misma lo que describe; se aventura en un mundo cuyo significado quiere exponer a los demás. Sin duda, es la obra de mayor difusión de quien la hizo en un tiempo de juvenil exaltación por la redención del proletariado español.
C. Conde

