Metafísica, Fray Tommaso Campanella

[Universalis philosophia seu metaphysicarum rerum juxta .propria dogmata. partes tres, libri XVIII]. Obra filosófica de Fray Tommaso Campanella (1568-1639), redactada varias veces en italiano y en latín entre 1602 y 1610, y publicada en París en 1638.

Cam­panella adopta como punto de partida un absoluto escepticismo, teorético y práctico. El hombre ignora el universo que le hospe­da, ignora su propio lugar en él, se ignora a sí mismo, ni más ni menos que «un gu­sano en el vientre del hombre»; no sabe siquiera si conoce verdaderamente, ni si duerme o está despierto, ni tampoco si el saber es saber. Pero en el límite extremo una certidumbre absoluta se impone al escéptico; existen en nosotros datos uni­versales y ciertísimos respecto a los cua­les el error no es posible. Son éstos: que somos, que sabemos y queremos. El cono­cimiento es concebido inciertamente como sensación; la cual se efectúa no «per in- formationem» (esto es, por medio de la adaptación, por parte del sintiente en acto, de la sola forma de lo sensible en acto) como quería Aristóteles (v. Del alma), sino «per immutationem» (v. Sentido de las co­sas), esto es, por medio de un cambio (parcial) del sintiente en lo sentido. No por esto la sensación es pasividad, sino sensación de pasividad; esto es, en último análisis, actividad. Lo dicho del conoci­miento sensitivo, debe ser extendido igual­mente al intelectivo. El conocimiento de sí, ya sensitivo, ya intelectivo, es el más perfecto, porque no tiene necesidad de alienarse de sí para encontrar su objeto; en este caso conocer es ser, «cognoscere est esse». Además del sentido y del inte­lecto, es dada al hombre también la men­te, «mens», la cual, si bien conoce median­te el espíritu (el alma natural infusa en el cuerpo), tiene, sin embargo, la función crítica de juzgar de la correspondencia de la cosa a la apariencia.

Además, la mente es el órgano de lo divino y de lo infini­to, también en el conocimiento de lo infinito, polo opuesto a la individualidad, se identi­fican sujeto y objeto: «quien conoce y ama a Dios se convierte en el mismo Dios, en cuanto conocido y amado, hasta el punto de tener en sí casi un indicio de la divinidad». Si este conocimiento de lo divino no es fácil, ello no debe imputarse a Dios, siempre manifiesto, sino a la opacidad del cuerpo. Al cuerpo y a las cosas del mundo, que confunden el conocimiento innato («in­nata notitia») que el espíritu tiene de sí, con el conocimiento exterior («illata»), se debe el origen del error, de la limitación. La deducción del ser desde el pensamiento; por la cual el ser del sujeto consiste en el conocimiento que él tiene de sí («notitia sui est esse sui»), se extiende también a los seres externos («notitia aliorum est esse aliorum»). Pero la perfecta coincidencia de ser, conocer y amar, es propia sólo de Dios. En la creación de las cosas hay un prin­cipio «trascendental», esto es, originario, por el cual el Ser, «ens», con sus «primalidades» (potencia, sabiduría, amor) y el No ser, «Non ens», con sus determinaciones (impotencia, insipiencia, odio «metafísico») están unidos entre sí. Si esta negatividad es necesaria e inmanente al Ser divino, no está claro en el pensamiento de Campanella, que oscila entre un inmanentismo panteísta y una doctrina que pone un Dios trascendente que «libremente» crea el mun­do, los ángeles, las almas humanas, y así sucesivamente, hasta las criaturas ínfimas, todas las cuales, sin embargo, en este mun­do, que es viva imagen de Dios, son ani­madas y sienten.

Igualmente híbrida es su posición a propósito de la cosmología; lo mismo que para Telesio, según Campanella, Dios crea el mundo físico mediante el frío y el calor; pero al mismo tiempo de con­formidad con la más añeja escolástica, el filósofo afirma que Dios crea las cosas me­diante la Sabiduría o «Logos». Su doctrina de la inmortalidad del alma humana, está fundada en la trascendencia teórica y prác­tica del hombre respecto a la naturaleza; de manera que, más que la inmortalidad, demuestra la divinidad del alma. El mismo espíritu inmanentista más o menos cons­ciente anima su doctrina de la libertad del alma humana. Rechazada la doctrina lute­rana del «servo arbitrio», Campanella traza los caracteres de nuestra libre voluntad («voluntas abdita») a imitación de los de la libertad divina que coincide con su in­terior necesidad. Esta espontaneidad nues­tra tiende al bien supremo, que es Dios, luchando contra las tendencias de los im­pulsos particulares («voluntas addita»). De manera que no hay una «libertas contra fatum» (libertad contra el destino), sino una libertad «pro fato», esto es, conforme al destino: «nuestro destino consiste en su­perar la fatalidad exterior» («fatale nobis superare fatum causarum»). Concebida so­berbiamente por el autor como una «Biblia de los filósofos, ciencia de las ciencias, so­lución de todos los problemas actuales o posibles que afanan a la mente humana», la Metafísica tiene en realidad un valor mucho menos apocalíptico pero mucho más notable en el proceso del pensamiento hu­mano; pues en ella pone Campanella, antes que todos en la época moderna, el principio de la autoconsciencia como fundamento de la filosofía. Éste es su gran mérito, que no nublan ni las muchas incongruencias (en parte comunes al Sentido de las cosas), ni su esencial indecisión derivada del mante­nimiento de las exigencias trascendentalis- tas junto a su fundamental inmanentismo.

G. Alliney

En el sistema de Campanella hallamos implícitas y combinadas sin íntima fusión todas las direcciones recorridas por la filo­sofía moderna.                                  (De Sanctis)