El Martirio del Obeso, Henri Béraud

[Le Martyre de l’Obése]. Esta breve novela, que obtuvo el Premio Goncourt en 1922, es qui­zá la obra más lograda y sin duda la más afortunada de Henri Béraud (1885- 1945), periodista francés. «Ciudadano de notable peso y fiscalizado por 103 kilos», nadie mejor que él podía describimos las amarguras del obeso, a quien, una vez leídas sus páginas, se mira por la calle con ojos muy distintos.

El «buen gordinflón» narra en primera persona, a un, compañero de café, la lamentable historia de su amor. Un amigo de infancia se casó y él, el obeso, se convirtió en elemento indispensable del joven hogar, «el agradable aliciente sin el cual la luna de miel acabaría convirtiéndo­se en insípida, el único que, llegada la mala estación, sopla las nubes y limpia el hori­zonte amoroso de los jóvenes esposos». Pues el marido es un incurable Don Juan, y siempre le toca a él el oficio de apaci­guador, de solventador de toda situación peligrosa. Pero, cierta vez, durante un viaje a Londres, el incorregible se deja pillar por su mujer precisamente con las manos en la masa y ella, en una crisis de indig­nación, le abandona, conjurando al amigo obeso a acompañarla en su fuga. Éste, que en tanto tiempo nunca había soñado en mi­rar a la señora de otro modo que con la atención respetuosa debida a la mujer del amigo, se enamora en serio. Es una cine­matográfica carrera en dúo del romántico de cien kilos y de la ligera traicionada que no cede, pero tampoco le rechaza, y así atiza cada vez más la pasión del desgraciado galán; carrera por tierra y mar, a través de ciudades y fronteras, para huir del ma­rido, que les persigue, furibundo. Pasados seis meses de aquella marcha con pano­rama internacional, el corpulento acompa­ñante no puede más, loco de deseo.

Y pre­cisamente en aquel momento el legítimo propietario alcanza a la curiosa pareja pla­tónica. Surge una violenta explicación, de la que el marido sale rechazado por la mu­jer, que ya no le ama, pero salva su vani­dad masculina de no ser traicionado. Ha llegado el momento, el enamorado está a punto de conseguir el fruto de su sincera devoción. Pero, precisamente cuando la mujer asiente al final don supremo, los la­bios de ella no conocen el sublime silencio y dejan surgir la más torpe de las frases: «Sé feliz, mi gordinflón». De golpe, el sus­pirante tiene la sensación de su físico gro­tesco, se enfría, y abandona dolorosamente el campo donde iba a conseguir la ansiada victoria. La tenue trama sirve, sobre todo, de amable base para los muchos y acerta­dísimos capítulos en los que las tribulacio­nes y los afanes del pobre obeso están ex­puestos con una pluma que sabe llegar a lo patético aun a través de los matices de la astucia y el humorismo y que sabe conse­guir una simpatía cordial y humana por su mismo combinarse con el amargo corrosivo de la autoironía.

L. Fiumi