El Martirio de San Sebastián, Gabriele D’Annunzio

[Le martyre de Saint-Sébastien]. Obra tea­tral de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), es­crita en francés, y estrenada en París en 1911 (por Ida Rubinstein) con música de Claude Debussy (1862-1918), y publicada el mismo año. Al mismo tiempo fue editada la traducción italiana de Ettore Janni.

Con­cebido a la manera de un «misterio» me­dieval, se divide en cinco «mansiones» y un prólogoplegaria a modo de pragmática; ve­mos a San Sebastián realizar diversos mi­lagros, imitando algunas veces pasajes de los Evangelios, hasta que, en la cuarta man­sión, es muerto, por orden del Emperador, por los arqueros, a quienes aprecia y por los que es correspondido, y en la última asciende al Paraíso entre coros de ángeles. Pero del joven santo se advierte sobre todo (casi únicamente) la belleza narcisista y adónica, la languidez que le llena y emana de él, el éxtasis voluptuoso que los perfu­mes de los lirios, el aura de los suplicios sufridos y las lágrimas y contorsiones acre­cientan con dulce ferocidad. El clima (y al­gún episodio) recuerda en resumen algo de la Nave (v.), no sin rasgos de la wildeana Salomé (v.); y hubiera sido difícil que el misticismo de la obra, aun contra las in­tenciones del autor, no resultara, en dichas condiciones, sacrílego. Pero desde el punto de vista literario, aun sin pertenecer al D’Annunzio más poético, la obra interesa por otros conceptos, ya que, volviendo a la forma teatral, deliberadamente abandona las aspiraciones a una coherencia narrativa y dramática, reconocible incluso en Fedra (v.).

El mismo autor, en el prólogo, define las cinco mansiones como «cinco vidrieras»; si siempre ha sucedido que los hechos y la intriga, en el D’Annunzio dramático y na­rrativo, se resuelven — típicamente en La Hija de lorio (v.) — en decoración, aquí todo quiere ser explícitamente decoración; el empleo erudito del antiguo francés res­ponde, como deleite al margen, a dicha so­beranía de lo decorativo. Pero el efecto no es solamente de fastidio erudito, como en las diversiones académicas del Segundo amante de Lucrecia Duti (v.), pues la sen­sualísima obra, al no contrastar con ninguna voluntad de construcción ni de rela­to, al ir al encuentro por su cuenta con la fragmentariedad de la fábula, ayuda a la música verbal que a cada momento tiende a disolverse, atenuándose en la languidez de dicha música el antiguo contenido ero- ticoheroico, tan retumbante en la Nave. Dominan la decoración y la música; se com­prende, pues, que D’Annunzio solicitase la colaboración, para esta obra, de una dan­zarina como Ida Rubinstein, que la repre­sentó, y de un músico como Debussy, que la comentó musicalmente, como se com­prende que la discontinuidad de la intriga en decorativismo y música es el mismo proceso que, empezando por el Quizá sí, quizá no (v.), actuaba de igual modo sobre la antigua prosa luminosa del novelista.

Los tonos lánguidos y . tiernos nacen legítima­mente en el camino de dicha discontinui­dad, y así resulta legítimo a su manera in­cluso el sacrilego y suspirante misticismo de la obra, que menos sacrilego, pero no menos suspirante y sensual, se repetirá en la prosa «nocturna» de la Contemplación de la muerte (v.). Por el contrario, no faltan páginas de poética sugestión, siempre den­tro de lo musical, lo estilizado y lo lángui­do, como el prólogo, el episodio de los ge­melos o la muerte del Santo.

E. De Michelis

En El martirio de San Sebastián, obra corrompidísima, el poeta consigue varias ve­ces elevarse a un plano de arte… Alguna vez aquel mundo lascivo y mágico, martirio y paraíso de los sentidos, tiene una melan­colía alada y superior que es el verdadero tono de la poesía. (F. Flora)