El Maestro de Escuela, Fréderic Soulié

[Le Maxtre d’école]. Junto con las Memorias del diablo (v.), esta novela, publicada en 1839, representa lo mejor de la producción narrativa de Fréderic Soulié (1800-1847). Mientras en las citadas Memorias se explota, con inten­ción más ambiciosa, la vena ironicodramática, aquí encontramos un pleno abandono a la manera más típicamente novelesca. En Bourgoing, cerca de Grenoble, vive desde hace veinte años una pobre loca que apa­reció por la ciudad en 1793, con una hijita de cinco años, y dio a luz al poco tiempo a un niño, Bruto. Este último se ha con­vertido en un robusto joven que, a través de muchos esfuerzos, protegido por el pá­rroco, ha llegado a ser maestro de la localidad. Comparte una casita solitaria con su madre loca, que demuestra hacia él una especial repulsión, y su hermana, hermosa y egoísta, que le desprecia, mientras el jo­ven, bajo una brusca rudeza, oculta un alma buena y sensible.

Llega a una pro­piedad de los alrededores el conde de Lu­gano, ex revolucionario, con su hijo Héc­tor, vano y presuntuoso petimetre, y una dulce muchacha, Pamela van Owen, su so­brina y pupila. El conde de Lugano toma a Bruto como secretario: entre el humilde maestro de escuela y la gentil Pamela surge un idilio, mientras Héctor (prome­tido de la muchacha) encuentra manera de entablar relaciones con la ambiciosa her­mana de Bruto, Rosalía. La romántica y novelesca situación se complica más aún: a los furores de Bruto que, escarnecido por los habitantes del lugar, descubre la intri­ga de su hermana, a los desdenes despec­tivos de Héctor y al dolor de Pamela, se añade el conde de Lugano, que se dirige a la pobre casa del maestro. Pero allí, la vieja madre loca ha podido leer un capí­tulo de las «Memorias» del conde, que es­taba dictando a Bruto, y las tinieblas de su mente se han disipado: en una serie de dramáticas escenas se aclaran muchos mis­terios. El conde había sido, en 1793, en Lyon, el espíritu malo de Fouché, en las atroces represiones revolucionarias; allí la marquesa de Faviéres, para salvar a su marido de la guillotina, había aceptado sus proposiciones de amor.

Pero el sacrificio había sido inútil: un trivial incidente había impedido la salvación del marqués de Fa­viéres y, una vez muerto, su mujer, enlo­quecida, había huido de Lyon con su hijita y encinta de otro hijo. Bruto es, pues, hijo del conde de Lugano. Aunque no sin difi­cultades, todo se arregla de la mejor ma­nera, con un doble matrimonio Bruto-Pa­mela y Héctor-Rosalía. La trama es ya elo­cuente por sí misma; pero el carácter del libro queda aún mejor definido por el hecho de que todos estos sucesos están narrados en doscientas páginas: con pluma intrépida y rápida, que dibuja y esboza, roza o in­siste, afronta y resuelve las situaciones más difíciles. Todas las características, las tendencias y los matices del arte narrativo del Romanticismo están en cierto modo con­centrados en esta singular y significativa novela, que imita y al mismo tiempo pre­ludia las obras más famosas de los nom­bres más dispares del siglo, desde Sué a George Sand, Balzac y Feuillet.

M. Bonfantini