[Le jeu du prince des sots et de mère sotte]. Obra del poeta dramático, además de moral e histórico, y actor Pierre Gringoire (1475-1538 ó 1539), estrenada en París el jueves lardero, 25 de febrero de 1512, y publicada en la misma ciudad en el mismo año (edición moderna en el volumen segundo del Recueil général des soties, dirigido por Émile Picot, París, 1904). Es la más conocida de las «soties», género teatral en verso cultivado en Francia, tanto en París como en las provincias, por los literatos de corporaciones profesionales, como la «Basoche» de los juristas parisienses, los aficionados de asociaciones de ambiente carnavalesco, como los «Enfants de Bontemps» de Ginebra; o por compañías de cómicos profesionales; en dichas representaciones las figuras que no eran personificaciones de entidades abstractas eran por regla general unos «sots» (o «fols» o «badins», epítetos equivalentes), es decir, locos en el sentido de bufones o payasos, vestidos con un traje tradicional con una capucha que como rasgo más característico tenía una caperuza provista de tres orejas de burro, a los que la máscara de la estupidez consentía, entre piruetas, muecas e intermedios musicales, una libertad de palabra ejercida satíricamente sobre circunstancias o situaciones de la vida pública.
Las «soties» podrían definirse, pues, como «libelos» escénicos, por regla general de escaso valor literario, pero importantes por las tendencias sociales, filo protestantes y políticas que manifestaron, gracias a la mayor o menor tolerancia que se les concedía. Especialmente abiertas y atrevidas fueron las del tiempo de Luis XII, que no solamente se complugo en ver alcanzados por sus ataques y malicias los abusos, violencias y perjuicios ocasionados por el Estado, sino que se sirvió del teatro como medio de propaganda al servicio de su política. Nuestro Jeu du prince des sots entra precisamente en el cuadro de la literatura de circunstancias inspirada por el gobierno, en la época de la lucha entre Luis XII y el Papa Julio II, y estaba dirigida a desautorizar al pontífice y al alto clero ante el pueblo francés. Gringoire no vaciló en llevar a la escena al mismo soberano y a Della Rovere, uno bajo la figura del Príncipe de los Locos y el otro como Madre Loca revestida de los atributos pontificales; esta última, rodeada por una corte de altos prelados, trata de inducir a los grandes feudatarios a la traición, pero no puede con su fidelidad; se llega a las manos entre los dos partidos, y Madre Loca, despojada de los ornamentos usurpados, es reconocida como lo que efectivamente es.
S. Pellegrini

