El Juego de la Enramada, Adam de la Halle

[Le jeu de la feuillée]. Representación escénica de Adam de la Halle (llamado también de Bossu, poeta de Arras que vivió en la se­gunda mitad del siglo XIII) y que fue representada en público hacia 1274. Toma su nombre de la enramada que, según pa­rece, se construía en el mercado de Arras para la fiesta nocturna de primavera. Se trata de algo original y característico; según las reglas del «jeu», el autor es tam­bién protagonista de este espectáculo, que pretende ser ante todo un comentario fabu­loso a sus problemas personales. Pero el autor, ampliando e innovando sobre el molde tradicional, ha hecho de esta obra una composición de más vastas proporciones, aproximándola a las formas escénicas que serán más tarde «soties».

El poeta quiere dejar su querida ciudad de Arras y a su esposa, para ir a París a terminar los estu­dios interrumpidos; tema que había ya dado materia a las estrofas vivas y jocosas de la Despedida (v.). Se presenta, pues, disfrazado, el propio Adam, anunciando su propósito y explicando que quiere hacerse «clericus». Amigos y conocidos intentan di­suadirlo, le recuerdan a su esposa, pero él replica que su matrimonio fue un engaño de amor, y la mujer que tan bella le pareció, ahora engorda y le pesa. El padre no quiere dar dinero a su hijo convertido en estu­diante y se queja de estar enfermo; com­parece un médico, el cual le declara afec­tado de avaricia y enumera otros personajes de la ciudad afectados del mismo mal. La escena se anima; aparece un fraile mendi­cante que ensalza las reliquias de San Acario; un ministril; una compañía de ale­gres camaradas; un loco acompañado de su padre; y en sus diálogos captamos continuos rasgos de sátira ciudadana. Se presentan, finalmente, las hadas, las reinas de la fiesta de primavera, las cuales se disponen a dis­tribuir dones o malas suertes, según su costumbre. La compañía se reúne después en la taberna de Raoul le Waisdier, lugar de reunión de maese Adam y sus amigos. Al llegar el alba todos van a besar la reliquia de la Virgen y ofrecen un cirio.

Hay en este espectáculo una incoherencia que no siempre parece ser intencionada, y la bella fantasía parece amenazada a menudo por un viento de confusión, pero es admirable el movimiento de varias esce­nas y el brío característico del diálogo.

M. Bonfantini