El Halcón de Federico, Félix Lope de Vega Carpió

Comedia española, en tres actos, de Félix Lope de Vega Carpió (1562-1635), publicada en Ma­drid en el año 1620. Le inspiró esta come­dia a Lope un cuento de Boccaccio (V, 9).

El primer acto comienza con un diálogo entre Federico, gentilhombre florentino, y su criado Fabio, al que Federico confía, con ímpetu lírico, su amor por Celia, aristo­crática mujer bella y virtuosa. Sin embargo — confiesa cínicamente — este amor por el que ha dilapidado todas sus riquezas, no es más que «deseo del fruto prohibido», pasión insatisfecha, porque Celia es la fiel esposa de Camilo. Federico es sorprendido en estos pensamientos por Julia, una corte­sana a la que él había amado y que aún le ama, la cual le quiere disuadir de su pasión y le confiesa con abandono su amor. Tras estas efusiones líricas, la escena cam­bia y asistimos a un coloquio íntimo entre Celia y su marido. Celia es una criatura fina y delicada, ofendida en sus tiernos sen­timientos de esposa, en su solicitud amoro­sa que demasiado pronto, sin embargo, se transforma en vacía teatralidad, en retóricas exclamaciones de celos y dolor, frente a la actitud, verdaderamente extraña e ilógica, del marido. Camilo, en efecto, fastidiado por los celos y por el excesivo amor que su mujer le demuestra, y envidiando la li­bertad de sus amigos solteros, acompaña a uno de ellos a casa de Julia. Aquí, una alu­sión de Julia a la pasión de Federico por Celia despierta los celos del marido, y pro­voca en él una profunda melancolía.

En el segundo acto, vemos a los personajes en el pleno desenvolvimiento de la acción, pero sin que les ilumine ninguna luz de vida in­terior. Celia atribuye la imprevista y pro­funda melancolía del marido — que no quie­re ver ni a ella ni al hijo, pensando que no sea suyo — a algún encantamiento de Julia, a la que — según ella sabe — ha visi­tado su marido. Por eso, disfrazada, se va a su casa y en un violento altercado, la inculpa de haberle embrujado al marido. Tanto Federico como Camilo ven entrar y salir a Celia de casa de la cortesana. Ello es causa de equívocos: Federico se hace la ilusión de que Celia, celosa de él, ha ido a casa de Julia creyéndola su rival; luego Julia misma lo desengaña. Camilo, a su vez, está seguro de que Celia le ha. deshonrado, de que va a casa de Julia para encontrarse con Federico y que Julia sirve de «tercera». Desesperado, quiere vengarse. No sabe cómo hacerlo. No quiere matar a su mujer, y tampoco quiere suicidarse. Al fin, le parece que la solución más honrosa es la de volverse loco.

En el comienzo del tercer acto, una compañía de soldados busca alojamiento en la aldea donde viven Fede­rico y Celia. Federico vive pobremente en una casita, lo único que le queda de su pa­trimonio dilapidado, en compañía de su fiel criado Fabio y con un halcón bastante apreciado y precioso para la caza. Celia, hace dos años que es viuda de Camilo que, según se ve, ha muerto loco. La mayor par­te de las escenas tienen lugar en la humilde casita de Federico. Aquí viene a buscarle un antiguo criado convertido en alférez y tan rico como pobre es el amo. Aquí viene César, el hijo de Célia, amigo de Federico y enamorado de su halcón. Pero de pronto, por una obscura y extraña enfermedad, Cé­sar enferma, y la única cosa que desea y que lo puede salvar es el halcón de Fede­rico. Por eso Celia, acompañada de dos criados, se dirige a casa de él. El criado Fabio la ve de lejos y cree que viene a comer con su amo. Éste, no teniendo nada que ofrecerle, mata el halcón. Apenas lle­gada, Celia expresa el deseo de su hijo: desesperación de entrambos frente a la fatalidad de lo acaecido. Llega corriendo un criado diciendo que César está gravísi­mo y que dos hermanos de Celia, acaban de llegar de la ciudad. El hijo muere, y los hermanos insisten para que Celia se vuelva de nuevo a casar. Sabiendo la muerte del niño, vienen a casa de Celia el capitán de los soldados, Rutilio, pretendiente de Celia, y Federico. Surge una disputa entre los dos hombres. Se desnudan las espadas. Pero Ce­lia interviene: por la constancia en amarla mostrada por Federico, y por su nobleza ai sacrificarle el halcón, merece convertirse en su esposo, y señor de su dote de cien mil ducados.

En esta comedia, la caracterís­tica del cuento que la inspira — una alta, íntima espiritualidad —, resulta perdida, y queda una obra teatral de escaso valor ar­tístico, en la que figuras llenas de humani­dad se ven obligadas a vivir, a menudo gro­seramente, dentro de una trama que no conviene a su propia naturaleza.

S. Biancalani