El Greco, Manuel Bartolomé Cossío

Estudio crítico del escritor español Manuel Bartolomé Cossío (1858- 1935), publicado en Madrid en 1908 en dos tomos. Educado en la ferviente contempla­ción de las obras del gran pintor cretense y en el medio natural en que éstas nacie­ron, Cossío quiso contribuir a la rehabili­tación del Greco y lo consiguió. Se sirve de los escasos datos que poseemos, aportan­do algunos documentos inéditos referentes a la persona del artista o a contratos de sus obras. Cossío se sirve de todo ello, y sobre todo de sus lienzos, única fuente de verdad para conocer la personalidad artís­tica del Greco. El primer capítulo de la obra reza: «Lo que no se sabe de la vida del Greco». Comienza Cossío por fijar la fecha de la muerte del Greco, pues apenas hay otra fecha enteramente exacta en la vida privada del artista y aun ésta anda equivocada. El Greco murió en 1614 — dos años antes que Cervantes —. Por lo tanto, cree conveniente rebajar prudentemente la edad que Palomino le daba — 77 años — creyendo que el gran pintor había muerto el año de 1625.

El Greco nace en Creta y en la capital de la isla: la ciudad de Candía. Su verdadero nombre de familia fue Doménicos Theotocópulos. Junto a esa forma encontramos otra también auténtica, Domenico Theotocopuli, transformación italiana de su nombre griego. El influjo del medio hizo que el Domenico italiano se convir­tiera en España en Dominico. De ambos modos, indistintamente, ha firmado sus obras. Para sus contemporáneos debió ser siempre «el Greco». Tampoco sabemos de su retrato más que por presunciones. Se ha perdido el de Pacheco. El de la colec­ción de Luis Felipe, hoy en el museo de Sevilla, y que tradicionalmente pasa como autorretrato del Greco no es tal. Cossío aduce la razón de que en aquellos días, el Greco era ya viejo y no el joven que apa­rece en el supuesto retrato. En lo relativo al conocimiento de la vida del Greco, la vaguedad y el misterio son todavía mayo­res. Lo que sí es cierto es que tuvo un hijo, pero las indicaciones sobre la persona y carácter del artista son simples conjetu­ras. A partir de aquí vamos a asistir a la gestación del espíritu del genial artista, gracias al examen directo que de sus lien­zos hace Cossío. El joven candiota fue dis­cípulo de Tiziano. Con él adquirió la técni­ca. Pero las poquísimas composiciones que conocemos de sus primeros años nos de­muestran que el espíritu del maestro no llegó a encarnar nunca en el inquieto dis­cípulo. La época era más reflexiva y agi­tada, llena de preocupaciones, y su verda­dero pintor era Tintoretto.

La riqueza de expresión de este pintor, su intensidad pa­sional, sus contrastes de luz y sombra, el empeño por lograr la ilusión atmosférica fructificaron más tarde en el Greco con ca­rácter original y personalísimo. Abierto a todos los influjos de su tiempo, hubo de sentir un instante el atractivo de Pablo Veronés y de las nuevas tendencias iniciadas por los Bassano. El Greco se educó en este medio. Su espíritu dado a recrearse en la intimidad del sentimiento, poseía un fondo de tradiciones locales bizantino cretenses, y Cossío nos ha empezado ya a indicar los primeros influjos que actuaron sobre este fondo primitivo. El Greco, en 1570, marcha a Roma. Las obras maestras de florentinos y pintores de la Italia central acabaron de formarle. Miguel Ángel, sobre todo, dejó honda huella en su modo de concebir y componer. Casi todas las obras hasta ahora descubiertas, de las que pueden creerse italianas, es verosímil — afirma Cossío — que correspondan a su estancia en Roma. Cossío piensa que pueden añadirse algunos otros ejemplares a los seis que señala Justi como pertenecientes a esta época italiana. No se sabe nada positivo acerca de en qué fe­cha llegó el Greco a España. Cossío cree que el viaje debió originarse «por el deseo de encontrar remuneración y teatro dignos de sus aspiraciones en las obras del Esco­rial, que por el año de 1575 se impulsaban con febril actividad». Su salida de Italia y su estancia en Toledo no fueron sino circunstancias favorables al desarrollo de su vigorosa personalidad. El Greco supo huir a tiempo de la atmósfera de decaden­cia amanerada que se respiraba en la se­ñorial Toledo. El Greco tradujo con since­ridad el melancólico estado de los espíritus de aquella época, el ambiente pesimista y hasta el frío color local.

Eternizó el paisa­je, la raza y las leyendas de Castilla, todo envuelto en el halo poético de su origen y educación helenoitálicos. Su espíritu im­presionable y penetrante se abandonó al in­flujo de la realidad misma a falta de gran­des maestros. Los retablos de Santo Do­mingo el Antiguo y el Espolio de la cate­dral de Toledo forman el núcleo de la pri­mera labor del Greco en España. No sólo tienen de común la contemporaneidad, sino el espíritu y la técnica. Respiran la atmós­fera ideal del ambiente italiano. Pocos me­ses después de terminar el Espolio, se le ordenaba por mandato de Felipe II que pintase la historia de San Mauricio y sus compañeros, para uno de los altares del Escorial. El San Mauricio constituye el eslabón para llegar razonadamente, en la obra del Greco, desde sus cuadros anteriores al Entierro del Conde de Orgaz. El San Mau­ricio nos muestra un carácter distinto de las obras precedentes. Ya no hay en él tan manifiestas reminiscencias de fórmulas y modelos italianos. Es una pintura más ori­ginal y nueva. Se le ofrecía al pintor la oportunidad de conquistar el favor de Fe­lipe II y con él la fortuna, pero no fue así. Es probable que el Greco evitara inten­cionadamente, por lo común y trillado, el camino de dar gusto al público siguiendo la fórmula usual de colocar en primer tér­mino, o a lo sumo en segundo, al santo capitán, de rodillas, en acto de ofrecer su cuello al verdugo. Esto fue lo que le impi­dió obtener el favor real. El San Mauricio es el ejemplar típico, el primero, de una nueva forma de expresión que busca el ar­tista.

Es el más significativo de aquella ma­nera extravagante que tanto suele escan­dalizar. Su fuerte realismo, su intensa y fría iluminación y su áspero colorido, sus tipos españoles tan característicos, todo ello decidió la mala suerte del cuadro. El mismo espíritu naturalista regional que ins­piró aquel extravagante grupo de mártires, causa principal del menosprecio del cuadro, fue aplicado con superior acierto en el En­tierro del Conde de Orgaz que es «la más substancial y penetrante página de la pin­tura española». Es el hallazgo feliz de una perfecta forma de expresión, buscada antes sin éxito, para traducir el realismo familiar e íntimo y el ambiente físico y moral de la raza y la sociedad castellanas con la fría entonación de color típica del artista y su pronunciado acento nervioso. El menospre­cio que ha merecido la parte alta del cua­dro: la «Gloria», se debe a que en ella el desnudo y la acentuada expresión ponen más de relieve las incorrecciones que tam­bién existen en la parte baja del cuadro. Cossío dedica menos espacio a los treinta años que van desde el Entierro del Conde de Orgaz hasta la muerte del autor, pues los diez años hasta aquí estudiados fueron los críticos para el Greco, aquellos en los que se transformó su personalidad italiana con rapidez, dando paso a la afirmación de la española, que hubo de distinguirlo siem­pre. En estos años el artista compuso sus obras famosas. Cossío intenta un primer ensayo de agrupación de las obras que si­guen al Entierro, para mostrar al lector las etapas que el Greco ha ido atravesando.

Por último, pasa revista a la opinión que la genial obra del pintor cretense ha merecido a sus contemporáneos, quienes tacharon de loco a aquel hombre que pintaba aquellos descomunales tipos. El Neoclasicismo—guia­do por la erudición — tampoco podía ser favorable al artista. Los románticos propalaron la leyenda popular de «la locura del Greco». No obstante, y a pesar de que no era aún tiempo para apreciar todo el valor de su obra, el Romanticismo adivinó en el Greco al «rebelde». Escritores y aficionados románticos divulgaron fuera de España su nombre. El eclecticismo que siguió al Romanticismo era incapaz de comprender al Greco. Tal vez Inglaterra, lo mismo que en el período anterior, es la que se anticipa en éste a penetrar el carácter y la impor­tancia del Greco. La libertad de arte que se imponía en el último cuarto de siglo XIX acrecentó la finura de percepción y ello se tradujo en una reacción favorable hacia el Greco. Al llegar a España, se acentúa en él la nota de entonación fría — el empleo como sistema de la serie ciánica de los colores — traduciendo fielmente el tono de la raza y de la tierra castellanas y mediante las ar­moniosas sinfonías de plata y violeta marca su huella en el gran Velázquez. Ésta es la obra capital de Cossío y ha servido de base a todas las demás acerca del pintor cretense que se han publicado posteriormente.

J. M.a Pandolfi

Don Manuel Bartolomé Cossío escribió hace casi medio siglo su extraordinario libro sobre el Greco. Es ya una obra clásica, no sólo por la razón cronológica y por su serenidad, sino por su permanente eficacia magistral. Quien quiera conocer, hoy y siempre, al Greco, tendrá, casi tanto como ver sus cuadros, que leer el libro de Cossío. (G. Marañón)