Pequeño poema en cuatro partes. La primera, la «Mañana» [«Mattino»] fue publicada en 1763, la segunda, el «Mediodía» [«Mezzogiorno»] en 1765 y la tercera y la cuarta, la «Tarde» [«Vespro»] y la «Noche» [«Notte»] incompletas y postumas en 1801. En ellas, el poeta quiere representar la vida frívola, ociosa y corrompida de la nobleza milanesa de su tiempo, fingiendo con sagaz ironía que la exaltaba considerándola como una obra maestra de empresas heroicas. Protagonista es un joven Petimetre (v.) que vive su jornada laboriosa e inútil conciliando el libre impulso del capricho y del placer con las rígidas normas de la buena educación aristocrática y de la voluble moda.
Fuera de esto desconoce toda otra ley y no son más que vanos nombres para él necesidad, virtud, deber; de manera que el mismo poeta quiere acompañar con sabio consejo al joven héroe en sus múltiples y variadas ocupaciones y aventuras diarias, y se convierte en «preceptor de amable rito», es decir, en maestro de la moda. La acción empieza cuando el sol está ya muy alto en el horizonte. El Petimetre que ha pasado gran parte de la noche «entre las veladas y las melodiosas escenas y el patético juego» y se ha dormido al canto del gallo, no puede levantarse al salir el sol, como los humildes mortales que deben sustentar su existencia con el trabajo y preparar los placeres de los nobles, semidioses terrenales.
Graves preocupaciones esperan al héroe al levantarse. Él, que desprecia y odia toda forma de actividad, las artes, las ciencias, la gloria conquistada con el riesgo de la vida, debe sujetarse a la ingente fatiga de hacer artísticamente perfectos movimientos, cada gesto, cada expresión de su persona. La prueba empieza desde los actos más vulgares como restregarse los ojos y bostezar, dominados en los demás por el instinto, en él por la ardua búsqueda de la gracia. Resuelto el grave problema, toma el café y el chocolate, y admite a su presencia los maestros de baile, de canto, de música, de francés, mientras él, saboreando los brebajes, se informa de cantantes, cortesanos, danzarines, desterrando «el hipócrita pudor y la gazmoña modestia». De estos preceptores le viene toda su cultura, admiración del vulgo ignorante.
Pero ya es tiempo de que los criados preparen sus armas al nuevo Aquiles: la bata de seda, la palangana, el jabón, etcétera; por lo demás, ya es la hora de que se acuerde de la dama, atada al marido por los vínculos molestos del matrimonio, pero a él por el sagrado pacto de la nueva costumbre caballeresca. Hay que mandar un mensajero a preguntar si ha dormido bien, y mientras vuelve no debe permanecer ocioso, pero mientras el buen agricultor suda y endurece su mano sobre el arado y el industrioso artesano «permanece atento al hacha, al telar, a la aguja», él se preocupará de acrecentar con la ayuda del arte los hermosos dones de la naturaleza para que pueda con su bienaventurado aspecto beneficiar al mundo y recompensarle por sus fatigas. He aquí que ya está lavado, maquillado, empolvado, y ahora le toca peinarse. Trabajo lento y difícil, cuya molestia procurará soportar con la lectura fugaz y distraída de los escritores de moda, el escéptico Voltaire, la picante Ninon de Lenclos, el obsceno La Fontaine.
Otra distracción será la de recibir al vendedor de fruslerías y alhajas y al miniaturista de retratos. Completado el aseo y llenos los bolsillos de una infinidad de elegantes chucherías indispensables a los caballeros y a las damas elegantes (estuches, frasquitos, almohadillas, lentes, etc.), se dirigirá en coche a casa de la dama y no hay que preocuparse si a veces el vulgo lento en ceder la calle, mancha con su sangre impura las ruedas y la calle. Nuevas pruebas esperan al campeón. A su llegada, la dama que ha engañado la espera con las placenteras artes de la coquetería y de la maledicencia, se confía totalmente a su caballero mientras el esposo permanece en magnánima tranquilidad y sonríe ingenuo mostrando dócil confianza. Los celos, propios de costumbres bárbaras, son totalmente ignorados en esta era feliz.
A la mesa, donde se dilapida felizmente el patrimonio de los antepasados, se sientan tipos interesantes, desde el pantagruélico al pitagórico vegetariano que guarda para los animales toda la piedad negada a los hombres y recuerda así a la dama el triste episodio de la perrita que un criado osó golpear con su sacrílego pie atrayendo sobre su cabeza la justa venganza que lo llevó a morir de miseria en la calle junto con su familia. En la mesa se habla de arte, de comercio, de industria, de ciencias con fácil desenvoltura, ensalzando el genio de Francia, burlándose de la incapacidad de Italia; se aplauden las nuevas ideas exentas de prejuicios pero se rechaza la igualdad social que querría equiparar al innoble cochero y al vil campesino con el noble señor. Después del café las parejas se sumergen en dulces coloquios mientras juegan al tric-trac. Estamos casi al atardecer, empieza el desfile de carruajes por el paseo; nuestra pareja no puede faltar al espléndido espectáculo de elegancia, de vanidad, de celos, de curiosidad maligna y murmuradora hasta que llega la noche que cubre y confunde con su color «los andrajos de oro». Aún no han terminado las fatigas del Petimetre y nuevos laureles le quedan por recoger en la velada o en el teatro.
Una variada multitud de héroes se reúne en una casa hospitalaria y el poeta dibuja algunos tipos: el cliente del café, el que tiene la habilidad de hacer secuestrodelcandidato.com»>restallar el látigo, el tocador de corneta, el constructor de carruajes, el entendido en juegos y en caballos, el paciente deshilachador de tapetes, el especialista en participaciones nupciales o fúnebres. Se preparan las luces, las mesas, las sillas, las cartas, empieza el juego, la actividad más intensa y emocionante de estos héroes a quienes «el ciego vulgo adora». La obra, si bien pertenece al gusto neoclásico del siglo XVIII y recuerda, de vez en cuando, las Sátiras (v.) de Persio y Juvenal y, entre los modernos, el Atril (v.) de Boileau y el Rapto del rizo de Pope (v.), presenta una concepción totalmente original. Toda la sociedad patricia del XVIII queda reflejada en la límpida, elegante y clásica poesía de Parini, y una luz clara, cortante, despiadada, la ilumina en su fausto exterior y en su miseria interior. La sátira surge de un triple contraste: por una parte, la entonación épica del canto, con frecuentes introducciones mitológicas, pone en grotesco y cómico relieve la frivolidad de la vida del protagonista; por otra, el recuerdo de los antepasados rudos, activos, de arrogantes sentimientos y varoniles virtudes aplasta bajo el peso del ridículo a los nietos refinados, cobardes, viciosos; y, por fin, la representación emocionada y cordial del humilde pueblo, sano, sobrio, resignado a las grandes necesidades, a la dura fatiga, se resuelve en una abierta, indignada condena de la clase corrompida y parásita que desprecia y pisotea como esclavos a aquellos de los cuales recibe el sustento, las comodidades, los honores.
El tono generalmente irónico pasa de la ligera sonrisa burlona a la magnánima indignación a través de una rica gama de matices. La insistencia descriptiva engendra cierta monotonía y un frecuente estancamiento; pero la sociedad representada, idiotizada, fosilizada, sin alma, proyectada sobre el fondo del salón dieciochesco, queda grabada en la mente del lector con una vivacidad comparable a las pinturas de Longhi y Guardi y con un sello ético ignorado dentro de las artes de la época
A. Massariello
Versos de tal fuerza que me han hecho vencer la aversión que me inspiran el verso libre y la obscuridad. (Baretti)
En el Día de Barini campea de nuevo a fondo la ironía. (Foscolo)
Originalidad de inventiva y de estilo y casi diría del verso, en nuestro inmortal Parini (Manzoni)
La ironía de Parini no es tan solo, como hecho intelectual, profunda, sino que es también sentimental. Y en esto reside su originalidad. (De Sanctis)
Del Día el punto de partida es didáctico, descriptivo el procedimiento, entre épico y dramático el desarrollo. (Carducci)

