[Le coeur solitaire]. Colección de poesías de Charles Guérin (1873-1907), publicada en 1898, uno de los primeros testimonios, junto con las de Albert Samain, de una nueva actitud crepuscular y lánguida de la poesía en Francia. Al contemplar la belleza de la Naturaleza el artista queda sorprendido por la tristeza que lo envuelve todo: la misma tranquilidad inclina a los estudios predilectos, pero excita a una meditación melancólica y vaporosa. El corazón, que está satisfecho de disfrutar de lo creado, encuentra en el contraste de la mente que conoce perfectamente el mundo, el obstáculo a todas sus efusiones: y se torna solitario en su propio e irremediable dolor. La vida de las pobres gentes, el sufrimiento de los jóvenes, la visión de las cosas desoladas son un motivo de reflexión; al preludiar la muerte todo tormento se vuelve leve, signo de la experiencia humana.
Los sentidos parecen abandonados a la fascinación de la naturaleza, mientras el espíritu vigila y encuentra en la separación de las cosas del mundo una realidad suprema propia. Sin embargo, en la misma desesperada fijeza de la existencia, es suave sentirse humilde entre las cosas y experimentar en la propia intimidad el estremecimiento y la voluptuosidad de aniquilación que está en todo lo creado. Muchas veces el poeta hace sentir el deseo de comprender, en un rapto de fe, la naturaleza de las cosas («Quisiera ser un hombre…» [«Je voudrais étre un homme…,»]) y abandonarse a la fascinación de los perfumes y al susurro del viento («Con el cielo dorado, el viento, la voz de los robles» [«Avec le ciel doré, le vent, la voix des chénes»]), vibrar con el estremecimiento de la naturaleza que se despierta («Encanto indefinible y fino, el atardecer de verano» [«Charme indéfinissable et fin, le soir d’été»]). La dulzura de una poesía de abandono y languidez había de encontrar en algunas conmovidas elegías «Á Francis Jammes» su tono más puro; en su encuentro con el poeta que mejor había alcanzado aquel momento de la conciencia artística europea, Guérin se extasía describiendo la casa del amigo y sus costumbres de hombre de la naturaleza; el amor por las pequeñeces cotidianas da a sus poesías un rayo de luz que sume a todos los elementos en una sumisa voz de plegaria.
Esta comunión con lo creado, sintiendo en todo ello el significado más gentil del amor («Dormitas: veo tus ojos sonriendo aún» [«Tu sommeilles; je vois tes yeux sourire encore»]), se fija en movimientos tenues y modulados, dando a la colección’ el significado más hermoso y duradero: el de una vuelta a la naturaleza y al dolor del alma, fuera de toda escuela simbolista y de los programas literarios de la época.
C. Cordié

