El Divino Orfeo, Pedro Calderón de la Barca

El tema de Orfeo fue traslado «a lo divino» por el gran dramaturgo español don Pedro Calderón de la Barca y Henao (1600-1681) en su auto sacramental El divino Orfeo, del que se nos han conservado dos versiones, una de ellas manuscrita [publicada por Pablo Cabañas en El mito de Orfeo en la literatura española (Madrid, 1948) y por Ángel Valbuena Prat en el tomo de Autos sacramentales, tercero de la edición de las Obras Completas de Calderón (Madrid, 1952)].

La segunda versión fue publicada en 1676, representada bastantes años antes, en 1663. El profesor Valbuena cree, basándose en el estilo, en ciertos toques realistas, en la estructura, etc., que la versión manuscrita es anterior a la impresa, puesto que coincide en muchos aspectos con las características de los primeros autos sacramentales de Calderón.

De todas formas, las dos versiones merecen situarse en el primer plano de la produc­ción calderoniana. El primer auto tiene por fuente la comedia de Lope Orfeo. El segun­do ha atraído la atención de los críticos e investigadores de la literatura española y del teatro calderoniano.

Los elementos del mito de Orfeo son interpretados en el auto de Calderón de la siguiente forma: Orfeo simboliza el Verbo divino, Eurídice a la Naturaleza Humana. En toda la obra se rea­liza y resume — al decir del profesor Val- buena — lo que llamamos «historia teológica de la humanidad».

La escenografía del auto, como es frecuente en Calderón, es aluci­nante, por lo menos así nos la describe el autor en la «memoria de las apariencias» (véase la descripción del «segundo carro»: «El segundo carro ha de ser otra nave, azul y oro, y toda su pintura sobre mar de cielo con peces e imágenes marinas hermosamente pintadas, sus flámulas y gallardetes blancas y encarnadas, con cálices y hostias.

Ha de dar vuelta y tener elevación»). Realmente la obra es de grandes efectos dramáticos: empieza con la aparición de la nave del Príncipe de las Tinieblas, a quien acom­paña Envidia, surcando las aguas del Leteo.

Se abre el segundo carro y aparece la otra nave «azul y oro», después Orfeo, símbolo del Verbo divino, con la Naturaleza Hu­mana y los siete Días dormidos, a quienes Orfeo va despertando. Este despertar de los Días es de gran efecto plástico y teatral, y así lo describe el ilustre conocedor del teatro de Calderón: «…el primero en la mano un hacha encendida, en señal de la luz; el segundo, entre «una perspectiva de ondas»; el tercero, con guirnaldas de flores y ramos de frutas en la manos; el cuarto, en la cumbre de un peñasco en que se ven el sol, la luna y las estrellas; el quinto, entre volar de pájaros, y mover de peces en las aguas; el sexto, mientras asoman por va­rias concavidades del peñasco testas de di­versos animales».

El gran mito de Orfeo se ha convertido en Calderón en símbolo de la gracia, del pecado y de la redención, y la nave de Orfeo, como es lógico, pasa a ser símbolo de la Iglesia, a la cual la música y los coros cantan al final: «A la nave de la Iglesia/la Naturaleza pase, /buen via­je, buen pasaje; /pues la nave de la Iglesia/ es de la Vida la nave, /buen pasaje, buen viaje».

Desde la utilización de la alegoría y el planteamiento de los problemas teoló­gicos hasta las acotaciones escenográficas, este auto sacramental es uno de los mejores de la literatura española.

A. Comas

En los mejores aciertos produjo (Calde­rón)… El divino Orfeo, de elevada poesía, de síntesis teológica profunda, de brillantez escenográfica. (A. Valbuena Prat)