Dafne, Ottavio Rinuccini

Se trata de una fábula dramá­tica de Ottavio Rinuccini (1582-1621), a la que puso música Jacopo Peri y que fue es­trenada en su primera versión el año 1594; fue una de las primeras obras que sirvieron para establecer la nueva forma teatral del melodrama. La fábula está sacada de Ovidio (v. Metamorfosis) y con su estilo gracioso y elegante constituye el primer gran ejem­plo de «libreto». Precede a la acción un breve saludo augural de Ovidio al audito­rio; se inicia, con un coro que comenta las gestas de Apolo, el cual, enorgullecido por la muerte de Pitón, dirige palabras altivas al Amor. Ofendido éste, y consciente de su poder, prepara su venganza. Apolo se ena­mora perdidamente de Dafne (v.), que apa­reciendo en escena mientras persigue a un ciervo se aleja de repente, desdeñosa de la presencia del dios. Apolo la sigue. Amor, reapareciendo, se muestra feliz con su vic­toria, y el coro le sirve de eco. Mas en­tonces surge un emisario que cuenta cómo Dafne, a punto de ser alcanzada, había so­licitado la ayuda de los dioses, quedando convertida en laurel.

A partir de entonces, el árbol, sagrado para Apolo, gozará el pri­vilegio de ofrecer sus ramas para que sirvan de corona a los poetas y reyes, y su verde perenne será defendido por el aroma que aleja a los pastores y rebaños. El coro termina la fábula con un himno entonado al Amor, y espantado con el ejemplo de Dafne, invoca que todos los amantes, pro­tegidos por el Amor, sean correspondidos por sus amadas. Este último coro comien­za con el verso, que se hizo famoso: «Bella ninfa fugitiva…», que proporciona el tono exacto de esta minúscula composición con la que se alcanza en un primer impulso la especial forma métrica, bien rimada y vo­calizada, que se mantendrá durante siglos como típicamente melodramática, y que constituirá la trama verbal sobre la que el genio musical italiano desarrollará de manera inagotable su inspiración melódica, desde el simple recitativo a las florituras más audaces del «bel canto». Dafne lleva en algunas ediciones una breve oda diri­gida a Jacopo Corsi.

M. Ferrigni

*         Desgraciadamente no se conservan restos de la música escrita para la Dafne de Rinuccini; por consiguiente, no es posible establecer conexactitud el valor artístico de esta obra, primer drama musical que se haya escrito, y por lo tanto de trascendencia en la historia de la música. Parece ser que en la parte musical habían colaborado asimismo Jacopo Corsi (aprox. 1560-1604) y Giulio Caccini (1550-1618). La obra fue representada en Florencia en el palacio de Corsi, el año 1594; algunos años más tarde tuvieron lugar otras representaciones. Las nuevas teorías elaboradas en las reuniones de la «Camerata Florentina», hallaron en la Dafne, como en Eurídice (v.), una confirmación artística extraordinaria; el mundo intelectual del Renacimiento cre­yó haber encontrado en el recitativo musi­cal el modo de cantar que antaño usaron los griegos en sus tragedias.

E. M. Dufflocq

*   El drama de Rinuccini fue musicado se­guidamente por Marco da Gagliano (1572- 1642) y representado en la corte de Mantua el año 1608; parece ser que la música, com­puesta de acuerdo con los nuevos criterios, marcó un perfeccionamiento técnico sobre la de Peri, merced a un empleo más inteligente de la orquesta y de las arias.

*   Otra Dafne sobre el mismo poema de Ri­nuccini, traducido al alemán por Martin Opitz (1597-1639) fue estrenada con música de Heinrich Schutz (1585-1672) en el cas­tillo de Torgau, en 1627: es la primera ópe­ra creada en alemania, pero su partitura se ha perdido.

*   De la tragedia de Rinuccini, reelaborada en diversos libretos, han derivado numero­sos melodramas, entre los cuales merecen recordarse la Dafne de Benedetto Ferrari (1597-1681), que es una ópera-ballet; la Dafne de Giovanni Andrea Bontempi (1624- 1705), Dresde, 1672; las de Giuseppe Aldovrandini (1665-1707), Bolonia, 1696; de Ma­nuel de Astorga (1680-1757), Barcelona y Génova, 1709; de Giovanni Porta (1690- 1755), Munich, 1738, etc.

*   En pintura conviene destacar el cuadro de Andrea Appiani y la tela de Gérard (Louvre), aparte de numerosas pinturas murales antiguas.