Son cerca de mil setecientas las Cartas que Tasso (1544-1595) escribió en varios períodos de su vida, y pueden considerarse no sólo como documentos biográficos, sino también como parte integrante de su obra literaria. Ya en vida del poeta, pero sin que él lo supiera, se publicaron las dos colecciones de Cartas poéticas [Lettere poetiche] (1587) dirigidas a los revisores de la Jerusalén libertada (v.), y Cartas familiares [Lettere familiari] (1588): y aunque Tasso se dolió de esta publicación, luego él mismo proyectó incluirlas entre sus obras en prosa. A pesar de que declaró «no haber puesto en ellas ningún estudio», demostraba estimarlas en mucho como obra literaria y más de una vez ruega a sus corresponsales que las conserven. Algunas de ellas son verdaderas obritas, como por ejemplo aquella en que compara las costumbres de Italia y Francia, dirigida en su juventud a Ercole de’ Contrari, y que muestra cuán vivo y fresco sentido de las cosas tenía el absorto y soñador poeta; o el elogio del matrimonio, enviado a su primo Ercole Tasso con ocasión de su boda; o la carta de consuelo a Camillo Albizi, imitada en gran parte de una obrita análoga de Plutarco. Pero incluso en las que son auténticas cartas, es evidente el cuidado del estilo: no falta siquiera en muchas de ellas, como en los Diálogos (v.) el alarde de erudición y de habilidad dialéctica, lo cual contribuye a veces a agravar la monotonía del asunto de este epistolario, que consiste — puesto que el mayor número de las cartas corresponde a los años de reclusión en Santa Ana y del doloroso errar del poeta — en súplicas insistentes para obtener la liberación, o en humildes, tal vez demasiado humildes, peticiones de dones y auxilios y en lamentos continuamente renovados.
Esta lamentable materia queda, sin embargo, dominada por una asidua atención a la escritura, y en sus mejores momentos, sus confesiones alcanzan tanta mayor eficacia cuanto más mesurado y severo es su tono, aunque el espíritu que las dicta sea desesperado. Famosa es la última, a su amigo Antonio Constantini («¿Qué dirá mi señor Antonio, cuando se entere de la muerte de su Tasso?»), pero esta carta no es una excepción única, y, aun antes de conocer la serenidad, relativa, de aquella hora extrema, Tasso había sabido hablar con acentos persuasivos de sus miserias y de sus breves esperanzas, y a veces incluso reducir a tema de un sereno discurso sus propias alucinaciones («Sepa, pues, que estos «trastornos» son de dos clases: humanos y diabólicos. Los humanos son gritos de hombres, y particularmente de mujeres y muchachos, y risas llenas de escarnio, y variadas voces de animales que para inquietud mía son agitados por los hombres, y estrépitos de cosas inanimadas que por mano de los hombres son movidas. Los diabólicos son encantamientos y hechizos…») (carta a Maurizio Cattaneo, del 18 de octubre de 1581). Es cierto que a veces parece vislumbrarse más allá de la página, como no ocurre leyendo los Diálogos, el rostro siniestro de la locura, más por alguna argumentación absurda que por gritos descompuestos; pero puede decirse que en la prosa epistolar, como en la de los Diálogos, la mente de Tasso encontró un medio de salvarse de la disolución, y que a su salvación contribuyó aquella misma imagen heroica en que el poeta hacía un ídolo de sí mismo y de su propia desventura («mi desdicha grita tan alto que el. son de sus asombrosas voces llega a todo el universo», se lee en la carta, una de las más importantes, a Escipión Gonzaga). Aquella imagen era, por lo demás, la expresión de su innata necesidad de grandeza: y el alto sentido de sí mismo y de su dignidad de poeta no queda menoscabado por sus continuas peticiones, y sabe encontrar a veces, frente a abusos e injusticias reales, acentos de altiva protesta.
La desventura no abate el espíritu del cortesano que sabe formular elegantemente un cumplido: desaparece en cambio aquel gusto de la argucia y de la burla que, antes de su desdicha, le había inspirado, entre otras, la briosa carta del 16 de enero de 1577 a Orazio Ariosto. Aparte hay que considerar las cartas escritas a los revisores de su poema y a su amigo Luca Scalabrino, que solía referir al poeta las críticas de aquellos literatos. Fue él mismo quien quiso aquella revisión, para estar más seguro de la aprobación de los eclesiásticos y literatos, y por ello se había dirigido a su amigo Escipión Gonzaga, que se asoció para ese trabajo con Pier Angelo Barga, Sperone Speroni, Fiaminio de’Nobili y Silvio Antoniano: pero entre el poeta, cuyo ánimo vibraba todavía por la música de su obra maestra, y los críticos, que pensaban en ciertas exigencias literarias y religiosas más que en el poema mismo, era fatal que naciera una disputa, tanto más grave cuanto que Tasso no podía, ni por su preparación intelectual ni por su disposición moral, rechazar las pretensiones de los revisores. De aquí el penoso trabajo para conciliar aquella poesía, que él no podía sacrificar sin hacer traición a la parte mejor de sí mismo, y las exigencias de sus críticos, preocupados por el exceso de amores, de magias y de episodios mal hilvanados en la acción principal: las concesiones sobre algún punto secundario, las promesas de una más amplia modificación, las encarnizadas defensas con las armas de la erudición y de la dialéctica, de que estaba bien provisto, y los subterfugios para salvar a toda costa el poema, como la invención de la alegoría, que había de revelar mejor su sentido moral y religioso, después de haber confesado su falta absoluta de fe en las alegorías poéticas.
«Quisiera estar ayuno de esta revisión romana», se le escapa decir en una de estas cartas, e, incapaz de una franca rebelión, alterna las promesas de obediencia con los desahogos a su amigo Scalabrino, con el cual se burla más de una vez de la pedantería y la estrechez mental de sus censores y, especialmente, del severo Antoniano y del presuntuoso Speroni. No nos hallamos, evidentemente, ante ningún héroe, sino frente a un poeta de excesiva sensibilidad, desarmado ante el espíritu de su época, personificado en las figuras de sus censores: por esto esas cartas, que en cierto modo completan los Discursos acerca del poema heroico (v.) y nos dan una idea viva del pensamiento estético de Tasso y de su época, son también un documento psicológico de importancia única para conocer un hombre y una sociedad.
M. Fubini

