De Bona Patientae, San Cipriano

También San Cipriano, obispo de Cartago, martirizado en 258, compuso, siguiendo las huellas de Tertuliano, un tratado que exhorta al cristiano a la paciencia.

El De bona patientiae, en 24 capítulos, es de la primavera de 256. Cipriano, como Tertu­liano, distingue la paciencia, esto es, la ap­titud para soportar lo que contraría a nuestra naturaleza, en cuanto es insepara­ble de la dulzura y de una profunda hu­mildad; es una virtud específicamente cris­tiana, de la cual Dios mismo, Jesús y los juntos han fijado los rasgos y proporcionado el modelo.

Dios, que soporta la presencia en la tierra de los idólatras y de los impíos; Cristo, que por medio de su pasión y muerte dio el ejemplo de una perfecta y plena pa­ciencia; los justos, como Abel, Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, David, Job y tantos más, patriarcas y profetas que prefiguraban en sí la persona de Jesús. Y como la paciencia es el signo característico de Cristo, la impaciencia es el signo del Diablo, que no puede tolerar el don, hecho al hom­bre, de la semejanza divina.

En la idea central de la paciencia como virtud cristia­na, de la paciencia divina, de la paciencia de Cristo, contrapuesta a la impaciencia del Diablo, en muchos desarrollos y ejem­plos, como el famoso de Job, Cipriano sigue fielmente el De Patientia de Tertuliano. Pero sin la fuerza de éste, sin su atrevido realismo ni su vivo colorido. En San Ci­priano, en cambio, hay mayor sentido de mesura, mayor profundidad de espíritu cris­tiano, instintiva dulzura y unidad.

M. Niccoli