Es la pieza teatral más antigua que se conserva en lengua castellana, correspondiendo a finales del siglo XII o comienzos del XIII. Se halla incompleta en el final. Presenta a los tres Reyes admirados ante la estrella que anuncia el nacimiento del Mesías, y tras monólogos y diálogo, se presentan en el palacio de Herodes preguntando por el lugar del misterio. El Rey hebreo teme que sobre él haya «rey otro tal», y llama a sus sabios rabinos para que le digan dónde ha de nacer el Redentor. Queda interrumpido el acto, en la discusión de los judíos; pero es de suponer que la obra terminaría con la llegada de los Tres Magos al Portal y adoración del Niño — seguramente con el canto de un «vilancete» primitivo. Además de su valor excepcionalmente histórico, asoman en el Auto intentos de caracterización, como en Baltasar (el negro) menos crédulo que los otros reyes, que quiere ver la estrella tres noches seguidas para convencerse del milagro, y en la soberbia desesperada de Herodes. La versificación, es ágil y variada. Procede de modelos franceses (de Román, Amiens, Orleans, etc.), sin mengua de su sabor original castellano. Pertenece a la rama del Teatro litúrgico, en relación con la celebración solemne de los maitines de Epifanía, en las grandes catedrales, de donde quedan aún ritos especiales en España (por ejemplo en la Catedral de Almería). En toda la provincia de Murcia queda viva la representación popular, muchas veces en la huerta, de misterios de reyes, que aunque con texto tardío (fines del XVII-mediados del XVIII), siguen las líneas esenciales del viejo Auto. En lo culto, se combina su asunto con la simbología sacramental en el auto El tesoro escondido, de Calderón. El Auto de los Reyes Magos, se cree que se representó en la catedral de Toledo (en su tiempo), y se descubrió al final del siglo XVIII.
A. Valbuena Prat

