Pietro Maroncelli (1795-1846), en 1833, con el título Adiciones, publicó en París un comentario a algunos fragmentos de Mis prisiones, de las que llegó a ser casi un necesario complemento. Ya había tenido la intención Maroncelli, en su destierro francés, de escribir «Mis prisiones de Spielberg», cuando la publicación de Pellico le disuadió por la inoportunidad de un segundo diario sobre el mismo tema: se limitó entonces a estas adiciones, que, sin embargo, no gustaron a Pellico, quien dijo al mismo Maroncelli que lamentaba que hubiese escrito un libro donde «muchas cosas habían sido dictadas por la prisa, la pasión y por equivocadas hipótesis». Su queja se debía en gran parte a sus escrúpulos religiosos, ya que la censura eclesiástica, condenando unas partes de este apéndice, había puesto Mis prisiones en la lista de los libros prohibidos. Maroncelli, ciertamente, no había tenido ninguna mala intención, sino que se había propuesto contribuir a honrar a su compañero de desgracia; pero la vida de París, en pleno ambiente revolucionario, necesariamente debió haberle hecho perder la visión realista de las cosas italianas.
Algunas de las Adiciones tienen solamente el carácter de nota explicativa sobre personajes o hechos; más a menudo, en cambio, el texto de Pellico, suscitando un recuerdo personal, da lugar a una más larga digresión: así para los hijos del conde Porro, la prisionera Magdalena y el carcelero Kunda. Más difusas son las notas en la parte que se refiere a la estancia en el castillo de Spielberg, del que Maroncelli da una vasta información acerca de los sufrimientos infligidos a los detenidos políticos, informaciones que Pellico, con su consabida prudencia, había callado. Solamente por estas notas nos enteramos de cuál era la comida que se daba a los prisioneros y de cómo éstos venían obligados a trabajar «a maglia» y a someterse a unas visitas inquisitorias, muy minuciosas, que agotaban su resistencia. También se inserta en las Adiciones un prolijo capítulo titulado «La matanza de Prina», donde una alusión de Pellico al conde Porro da motivo para rehacer toda la historia que va de 1818 a 1838 con particular referencia a las dos corrientes literarias del Clasicismo y del Romanticismo.
Además, Maroncelli propone sustituir la fórmula del arte clásico, que se basaba sobre la imitación de la realidad para alcanzar el goce estético, por la de un arte basado sobre la inspiración que llega, por medio de lo bello, a la verdadera finalidad, que es el bien. A este esquema, en contraste con las teorías de Schlegel y de Víctor Hugo, que consideraban el arte como fin de sí mismo, puso el nombre de «cormentalismo», y entre los cormentales nombraba a Dante, Petrarca, Ariosto, Tasso, Guarino, Filicaia, Alfieri y Pellico, que habían sabido dar a su poesía profundidad de pensamiento, de imaginación y de sentimiento.
M. Vinciguerra

