El Lindo Don Diego

Conjugando la tontería de un don Toribio con la pasión de un Narciso y el frenesí de una mujer por la moda, Agustín Moreto y Cavana (1618-1669) consiguió crear el más famoso tipo de «dandy» del Siglo de Oro, el lindo don Diego, protagonista de la celebérrima comedia de este nombre (v.).

La figura de don Diego es un prodigio de equilibrio y coherencia. Enamorado de su misma per­sona, anda continuamente afanoso a la bús­queda de todo aquello que pueda aumentar su prestancia. Incapaz de juzgar nada más que lo externo, su diosa es la moda. Pero, falto de la sensibilidad inteligente que hace de una mujer una criatura elegante y atractiva, cae en la caricatura, y se con­vierte en el individuo convencido de que una cinta, puesta de tal o cual modo, es ele­mento esencial para triunfar entre el bello sexo; es el hombre que adora los atavíos complicados, que odia, desprecia o compa­dece a quien ignora el nuevo sistema de manejar los espejos.

No concibe el ridículo porque es incapaz de experimentarlo. Toda repulsa de una mujer a quien corteje no puede ser obra más que del despecho, el pudor o los celos. Para él no existen riva­les: un hábil toque a la indumentaria es bastante para que nadie — aunque del pru­dente don Mendo se trate — deje de darse por vencido «a priori». Tan seguro está don Diego de ser un individuo excepcional que llega a confundir sus mismos actos: la co­bardía se transforma en prudencia, y la huida o la mentira son cosas perfectamen­te lícitas; el mundo tiene una necesidad real del lindo don Diego, y todo medio que la satisfaga es bueno.

Cree ser un calcu­lador astuto y no es más que un pobre de espíritu, por lo que bastarán un vestido y cuatro frases tontas para entusiasmarle y hacerle tomar por una condesa a una cria­da que, al cabo, le pospone a un astuto lacayo. Esta graciosa aventura moretiana carece de conclusión por lo que respecta a la actitud del protagonista, lo cual es perfectamente lógico: la falta de conclusión es la única conclusión artísticamente orgá­nica de una figura como la de don Diego.

R. Richard