El Matrimonio Secreto, Domenico Cimarosa

[Il matri­monio segreto]. ópera cómica de Domenico Cimarosa (1749-1801), con libreto de Giovanni Bertati, estrenada en Viena en 1792. Bertati, de modesto valor literario, figuró entre los más audaces hacia el final del siglo XVIII, en cuanto no evitó en la co­media episodios atrevidos contra la moral escénica corriente, siguiendo así a Beaumarchais, y además acentuó las efusiones sentimentales, dando facilidades a los mú­sicos para desarrollar en los personajes los caracteres propiamente románticos.

Paolino, dependiente de Geronimo, rico negociante, se ha casado secretamente con Carolina, la hija menor de su amo, cuando he aquí que el conde Robinson, que había pedido la mano de Elisabetta, la hija mayor del pa­trón, al ver a Carolina se enamora de ella y se declara dispuesto a renunciar a la mitad de la dote si Geronimo le permite casarse con ella en lugar de Elisabetta. Paolino y Carolina se hallan en el colmo de la desesperación; tanto más cuanto que, para complicar la situación, Fidolma, tía de las jóvenes, enamorada de Paolino, quiere casarse con él. A los dos infelices jóvenes no les queda más remedio que huir; pero Elisabetta, en un arranque de celos, cree sorprender al conde en la habitación de su hermana, cuando en realidad se trata de Paolino. A los gritos de ella acuden todos; a Carolina y a Paolino no les queda otra solución que declarar que son marido y mujer. Geronimo, primero inflexible, acaba por ceder, y perdona a los dos jóvenes im­pulsado también a ello por Fidolma y el conde, quien ante el hecho consumado se resigna a casarse con Elisabetta.

En el asun­to de Carolina y Paolino, Cimarosa da vi­gor de poesía sobre todo al amor, dando después relieve irónico a los demás, per­sonajes. Carolina no es la mujercita de la acostumbrada ópera cómica; ha obrado obe­deciendo a su femineidad; sus frases más características son aquellas, sencillas y lán­guidas, en que se define a sí misma como una buena hija y nada más. Si el canto de Paolino es dulce como una caricia, ella lo repite, y así, parece devolverle su caricia; si una conversación dulcemente furtiva ha de ser truncada, a ella le causa dolor, y da rienda suelta a su efusión jurándole que sin él no puede vivir. Pero si Paolino, que es impaciente, y le pide prendas de amor, quiere luego inducirla a la fuga, ella re­siste; y juntos no tienen suficiente audacia para hacerlo. Muchacha «fin de siglo», está sujeta todavía por la moral familiar. Ama y sufre no académicamente, como en un «papel serio», sino humanamente; y esta conciencia del amor y de la angustia es el nuevo espíritu dramático que el canto cimarosiano expresa.

En esta obra los anti­guos motivos cómicos quedan sublimados. Lo patético es novísimo, original. En esta personal concepción de lo sentimental, en esta originalidad de expresión fresca y pal­itante, incisiva y acariciadora, inagotable y elegante, consiste, sin duda, la suprema grandeza artística e histórica de Cimarosa. Sorprende menos la caracterización de los personajes cómicos, la vivacidad del tra­zado en los diversos tipos, el ingenio en la chanza; excelentes cualidades, ciertamente refinadísimas en Cimarosa, pero no sin mu­chos modelos en la operística cómica del siglo XVIII. Cimarosiana y mozartiana a un mismo tiempo es la virtud de represen­tar, con pocos toques, un ambiente dramá­tico, por ejemplo, el que tiene por centro el dolor de Elisabetta, abandonada por el conde; el cuarteto («Sentó in petto un freddo gelo») que desarrolla ese ambiente, es página de un artista muy sensible. Se recuerdan, en fin, los momentos más pu­ros y sentidos de la ópera, además de la conocida obertura, el dueto entre Carolina y Paolino «Cara non dubitar», el dueto en­tre Geronimo y el conde «Se fiato in corpo avete» y el aria famosa «Pria che spunti in ciel l’aurora».

A. Della Corte

Matesis, Fírmico Materno

[Mathesis]. Es el más amplio tratado de astrología que la antigüedad nos ha transmitido, compuesto entre 335 y 337, cuando aún no era cristiano, por Fírmico Materno, escritor siciliano que vivió en la edad de Constante y Constancio, hijo de Constantino, autor de otra obra de género completamente distinto, El error de las religiones profanas (v.). La Matesis, dividida en ocho libros, está dedicada al amigo y protector de Fírmico Materno, Loliano Ma­vorcio, gobernador de Campania; más que los últimos siete, de contenido exclusiva­mente técnico, es interesante el primer li­bro, de carácter introductivo, en el que el autor da una especie de justificación mo­ral de la astrología, ciencia inevitablemente sospechosa para los cristianos y cultivada en los tiempos del autor por la influencia de la especulación neoplatónica. Afirma que la influencia de las estrellas se ejerce sobre la parte divina del alma humana y que solamente con alma pura y libre de todo pecado se puede empezar el estudio de la astrología, que pone continuamente al hom­bre en contacto con la divinidad (I, VI, 3-II, XXX, I). Sin embargo, la astrología no se debe ocupar de problemas que se refieren a la política y al emperador, que, siendo él mismo de naturaleza divina, está libre de la influencia de las estrellas (II, XXX, 4). La obra fue señalada como el texto fundamental de la ciencia astrológica medieval.

C. Sohick

Para el Matrimonio del Señor Conde Gabriel Verr, Tommaso Grossi

[Per el matrimoni del sur Cont Gabriell Verr]. Sátira en sex­tinas, en dialecto milanés, de Tommaso Grossi (1790-1853), escrita en 1819, en cola­boración con Cario Porta (1776-1821), en la cual se satiriza la poesía de los clasicistas, hecha de convencionalismo y de amanera­miento. Pertenece al período de las contro­versias entre clasicistas y románticos. Se finge en ella que un poeta, al tener que componer un epitalamio, va a ver a Apolo, e invocándole con los títulos adecuados, ob­tiene acto seguido la gracia de la inspira­ción. Pero apenas Apolo oye nombrar el grosero vocablo «matrimonio», se pone fu­rioso, trata al poeta de romántico y llama a los Arcades a las armas. En este punto, el poeta, que ha soñado todo aquello, se despierta. La sátira de estas sextinas se di­rige particularmente contra el «Gran alma­naque romántico» de Paganini y «Los ro­mánticos, melodrama heroicotragicómico», que éste había publicado con las inicia­les X. Y. Z.

M. Maggi

El Matrimonio a la Fuerza, Molière

[Le mariage forcé]. Comedia en un acto de Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), estrenada en 1664. Sganarelle, viejo y rico, desea casarse con la bella Doriméne. Ad­vierte que es ostentosa y casquivana y quiere renunciar, pero las armas y el bas­tón del hermano lo convencen. Creada como un ballet en tres actos, reducidos a un acto de comedia, se mantiene como una cosa ligera, en la que resalta la incertidumbre del protagonista en torno al matrimo­nio, su consulta a los filósofos, el aristo­télico y el pirroniano, que reaparecen como en el Panurgo (v.) de Rabelais. Al igual que para casi todas las comedias de Mo­lière, también para ésta compuso música escénica Jean Baptiste Lulli (1632-1687).

V. Lugli

Más que el Amor, Gabriele D’Annunzio

[Più che l’amore]. Tragedia En dos actos, en prosa, de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), representada en 19Ò6 por Ermete Zacconi y publicada al año siguiente. Como siempre — en La Ciudad muerta (v.), en la Gioconda (v.), en El Fuego (v.), en la Laus vitae (v.)— el tema sobrehumano, «per se», falla en la poesía de D’Annunzio, actuando sólo en las pausas que se intercalan en ella: así esta tragedia resulta pobre, precisamente por la claridad a que reduce la ideología en la figura de Conrado Brando (v.), el héroe que querría ser explorador y, careciendo de los recur­sos necesarios, se convierte en asesino para procurárselos.

Persuadido de la grandeza más que moral del gesto que ensalza en su personaje, D»Annunzio se esfuerza por al­canzar en esta obra una concisión lapidaria de estilo que se convierte * en una nueva manera de énfasis, y esta ilusión es la cau­sa de que en el discurso preliminar del vo­lumen invoque nada menos que el ejemplo de Esquilo. En verdad, lo que predomina en su espíritu, al escribir, es la manía po­lémica de escandalizar con la ideología sobrehumana a los mismos que en la representación quedaron en efecto escandaliza­dos; por eso ni siquiera los motivos sua­ves, que como siempre rodean el motivo erótico (la muchacha que el héroe aban­dona encinta, el hermano de ella que ahoga su indignación admirando su dulzura), lo­gran concretarse en la fantasía del poeta lo bastante para vivificarla, ni tan sólo epi­sódicamente. El único interés de la obra, ya que la pasión del héroe es la pasión de África, son los signos de la pasión africana que no murió en Italia con la derrota de Adua, y que sugiere palabras en las que D’Annunzio buscará treinta años después, con sólo añadirles un presagio, el título de un libro suyo de impulso patriótico, Te tengo, África: «Tengo mi pensamiento, ten­go también mi imperio, una palabra roma­na que hay que convertir en italiana: Teneo te, África».

E. De Michelis