Meditaciones Sudamericanas, Hermann Keyserling

[Sudamerikanische Meditationen]. Ensayos filosóficos e históricos del escritor alemán conde Hermann Keyserling (1880-1946), pu­blicados en Darmstadt en 1932. Keyserling resume aquí sus principales ideas de filo­sofía de la historia, tomando como punto de partida un viaje a América del Sur, re­gión que, según él, parece aproximarle lo más posible a los momentos de la creación divina. A través de una serie de observa­ciones sobre la raza, el destino, la muerte y la tristeza de los países sudamericanos, el autor reemprende el punto de vista ya des­arrollado en el Diario de viaje de un filó­sofo (v.). Estudia en primer lugar la tierra, sus lazos con el hombre y sus manifestacio­nes sensibles, para llegar a la lucha y el triunfo del espíritu.

Del conflicto entre el «espíritu-yo» y la parte sensible y terres­tre del hombre — «no yo» — nace la sen­sibilidad (Empfindung), capaz de remontar las contradicciones entre el pensamiento y la acción, entre el ser y el devenir, para dirigirse al pensamiento puro que puede penetrar el «sentido» de las cosas y do­minarlas. En este proceso, cuyos momentos están constituidos por el amor, se revela al hombre una finalidad ultraterrena, por la que él no tiene necesidad de luchar, ciertamente, pues puede acceder a ella por la sumisión pasiva a la realidad presente. Se trazan así los destinos de los pueblos que aprovechan a la humanidad por ente­ro, es decir, sin que ellos mismos determi­nen su porvenir, pero sufriendo las deter­minaciones de algunos pueblos-guías que asumen la dirección de los otros. Esta obra, una de las últimas de Keyserling, ofrece una exposición más clara y sistemática de ciertas ideas directrices de su filosofía, he­redada de Spengler, acentuando además la importancia concedida al espíritu. Pero, del mismo modo que en las interpretaciones de la historia de Spengler, la filosofía de Key­serling, que quería restaurar el prestigio de la sabiduría y de la contemplación de la realidad para dominar el porvenir, no desemboca sino en una muy discutible con­cepción del destino, sin llegar, sin embar­go, a explicar su génesis. La obra, que tuvo bastante éxito, fue traducida a varias len­guas. Tal favor se explica por la riqueza de las observaciones y por cierta simplici­dad en la exposición filosófica, conducida bajo la forma de notas ordenadas al azar de las circunstancias.

Meditaciones sobre la Naturaleza Primitiva del Hombre

[Rêveries sur la nature primitive de l’homme]. Obra de Étienne Pivert de Sénancour (1770- 1846), publicada en 1799, poco menos que olvidada por los contemporáneos y consi­derada por los posteriores por sus refe­rencias a una novela del mismo autor, Obermann (v.). Dentro de una sensibili­dad impregnada de tristeza, las ideas sobre la naturaleza de Rousseau y de Bernardin de Saint-Pierre se filtran en descripciones e impresiones de distinto género, de lo cual resulta una melancolía inspirada por la vida nómada y pastoril, la contemplación de paisajes montañosos, la búsqueda de la soledad. La sociedad es sentida como ex­traña al verdadero destino del hombre; y aún en el éxtasis de una naturaleza que proporciona paz y alivio, hasta cuando el espíritu desengañado se cierra a toda espe­ranza, surge la utopía de una regeneración del mundo gracias a una nueva ordenación. En esta idea de una filantropía universal, inspirada en una concepción vaga y no po­cas veces paradójica, reside el significado de la obra. El mundo de Atala (v.) y de René (v.) de Chateaubriand eclipsó las con­cepciones que Sénancour expone en este libro y en Obermann; sólo la generación de las batallas románticas debía encontrar en tal idealización de la naturaleza un acento capaz en cierto modo de justificar la inercia tantas veces característica de las nuevas composiciones literarias.

C. Cordié

Medoro, Giovanni Delfino

Tragedia en cinco actos del cardenal veneciano Giovanni Delfino (m. en 1699), representada en Venecia en 1630. Sigue fielmente, en su desarrollo, los dos episodios de Cloridano (v.) y Medoro (v.) y de Angélica (v.) y Medoro (v. Orlando furioso). Cloridano acompaña a su amigo Medoro en la búsqueda del cadáver de su señor Dardinello para darle sepultura. En un bosque Medoro es atacado y Cloridano, para defender a su amigo, cae muerto. Lle­ga Angélica, y atraída por la belleza de Medoro, que yace mortalmente herido, le cura con sus mágicas hierbas; pero aunque dominada por el amor, decide morir «pria che con brame impure, renda vile il mió nome» [«antes de, con impuros anhelos, envilecer mi nombre»]. Cuando Erene re­vela a Medoro que es hijo de Arbace, rey de China, que se llama Tirítades, y que quien ha tratado de matarlo es el traidor Artabán que se ha apoderado del trono, Angélica, que sin ser vista, ha asistido al diálogo, anuncia a Medoro que Artabán ha sido asesinado por el pueblo furioso que espera ahora la vuelta de Tirítades. Me­doro le jura eterna fe, y la tragedia ter­mina con un coro de pastorcillas que ce­lebran el amor, tanto más grande cuanto «viene dopo feroci pene» [«viene después de feroces penas»]. La tragedia es retórica y artificiosa, carece de invención y de mé­ritos; pertenece al grupo de las «tragedias apasionadas» sin disfraces y sin intriga, ba­sadas en una sencilla historia de amor que, a mediados del siglo XVII se oponían a las tragedias llamadas «complejas» o de enredo, donde se producían grandes transformaciones en el estado de los personajes y el interés estaba dado por las inespera­das situaciones escénicas.

A. P. Marchesini

Meditaciones Históricas, Cesare Balbo

[Meditazioni storiche ]. Obra filosófica de Cesare Balbo (1789-1853), publicada en 1842-1845 y, póstuma, con adiciones, en 1854. El au­tor pone en la investigación histórica la razón principal de su actividad de erudito. No es cosa corriente en los italianos, afir­ma Balbo, escribir meditaciones sobre la historia; con todo, parece necesario dete­nerse en observaciones y «filosofías his­tóricas» en nada contrarias al carácter italiano, y Maquiavelo y Vico por sus argu­mentaciones pueden perfectamente compa­rarse con Bossuet, «que fue el primer gran­de entre los meditadores de historia ex­tranjeros». En el siglo XIX, escritores no­tables como Romagnosi, Manzoni, Rosmini, Cantü, Gioberti y Vidua procuraron inves­tigar las razones que presiden la historia.

El propio Balbo, al redactar las investiga­ciones para su Sumario de la Historia de Italia (v.), había comprendido la necesidad de coordinarla bajo auténticas meditaciones. Precisamente partiendo de Italia, eje de la historia antigua y moderna por ser la sede del Catolicismo, Balbo cree poder llevar a cabo su investigación metodológica sobre la historia y escribir con diversas reflexio­nes el deseado libro. Interesan, junto con el prefacio ideológico, sus primeras medi­taciones sobre la contemplación de la Pro­videncia en la historia, sobre la historia de la Creación y sobre el destino de los hom­bres, y las últimas sobre las condiciones presentes y probables de la religión y de la civilización. El autor parte de una idea que se propone elevar a una concepción religiosa. El Cristianismo es entendido por él como una luz que irradia por los siglos, y da una razón a los acontecimientos. En la lucha entre la tiranía y la libertad, la fe muestra su fuerza, por cuanto la historia humana es guiada por una realidad divina que está fuera del mundo y lo ilumina. Otras reflexiones sobre temas históricos parten de la historia antediluviana, y de edad en edad llegan hasta el mundo con­temporáneo. La obra de Balbo debe considerarse como un interesante documento de la producción de la época y del pensa­miento moral del autor, más que como una obra fundamental de la metodología his­tórica en la época moderna.

C. Cordié

Meditaciones Poéticas, Alphonse de Lamartine

[Méditations poétiques]. Primera recopilación poética de Alphonse de Lamartine (1790-1869), publi­cada en 1820 y saludada a su aparición con unánimes alabanzas. En el centro de estas poesías, las más famosas de las cuales son «L’isolement», «Le vallon», «Le lac», «L’automne», está la imagen de una mujer ama­da por el poeta, evocada con el nombre de Elvira, aunque no siempre puede recono­cerse en ella la figura de Mme. Charles, que falleció, tuberculosa, al año de su pri­mer encuentro con Lamartine. Partiendo de la añoranza de la mujer idolatrada y perdida demasiado pronto, el poeta se in­clina a considerar la fugacidad de los bie­nes terrenales, la impresión de soledad que nuestro corazón siente en el mundo después de la desaparición del ser querido y que sólo puede vencerse con la fe en un des­tino ultraterreno, interrumpida de tarde en tarde en el escritor por actitudes desespe­radas de carácter byroniano.

La obra res­pondía al estado de ánimo, casi general, de la generación, que, apenas salida de la sangrienta epopeya napoleónica, encontra­ba en la poesía de las Meditaciones el eco y el reflejo de sus aspiraciones a una vida íntimamente tranquila, recogida. Pero al mismo tiempo el libro acariciaba también aquel vago sentimentalismo, aquella forma de «romanticismo práctico», para decirlo con Croce, que es la degeneración y la ne­gación más completa del sentimiento sa­namente entendido, tanto en el campo afec­tivo como en el artístico. Enlazándose con los poetas elegiacos del siglo XVIII, reco­giendo ciertas actitudes típicas de Parny, el escritor se limita, por una tendencia de su espíritu, más oratorio que lírico, a va­gas generalidades, de modo que su arte lle­ga a carecer de toda concreción sólida y, sobre todo, de intimidad e intensidad. Le­yendo muchas de estas poesías, se tiene la sensación de que el centro de las mismas es, más que un cálido sentimiento inspi­rador, un frío esquema lógico brillante­mente versificado. Poeta típicamente ro­mántico en lo que el romanticismo tiene de impreciso, de exhibicionista, de morbo­so, de oratorio, Lamartine está en los an­típodas de un Vigny, tan verdadero y ce­ñido; del mejor Hugo de visiones fulguran­tes y poderosas; de un Musset desolada- mente espontáneo e inmediato.. Lo mejor en las Meditaciones es la línea melódica que de ellas arranca, pero que a menudo se resuelve en mera musicalidad fonética más que en armonía interna.

Quizá Lamartine advertía su defecto, pues a menudo trataba de separarse de su personalidad, tan super­ficialmente orgullosa algunas veces, como en el poema breve La mort de Socrate (1823), sobria y luminosa representación precristiana del griego y con el Dernier chant du pèlerinage d’Harold (1825), más tarde con Jocelyn (v.) y la Caída de un ángel. A las Meditaciones siguieron, en 1823, las Nuevas meditaciones poéticas [Nouve­lles méditations poétiques \, bastante menos afortunadas que las primeras. Ciertamente ninguna de las nuevas poesías, compren­dida «Le crucifix», la más famosa de la recopilación, es comparable a poesías como «Le lac», «L’isolement», «Le vallon», «L’au­tomne», envueltas por aquel hálito lírico que constituye su fascinación, de modo que puede decirse en conjunto que el segundo volumen tiene todos los defectos del pri­mero, sin ninguno de sus méritos. Se afirma aquí, más que en la primera recopilación, el henchido orgullo del poeta que en «La solitude» es incluso caricaturesco («Vous que le regard même aborde avec effroi / Et qui n’avez souffert que les aigles et moi», dice, dirigiéndose a las cimas neva­das de las montañas) y de las que son ex­presiones típicas la oda «Bonaparte» y la poesía «À M. De Musset, en réponse a ses vers». En la primera, en la que es evidente el plagio del Cinco de mayo (v.) de Manzoni, Lamartine, al contrario del poeta ita­liano, no olvida introducir oratoriamente a su persona a cada paso.

Y en la respuesta a De Musset, que con infantil candor po­nía al desnudo ante el poeta las llagas vivas de su corazón, adopta un aire de su­ficiencia y un sentido de superior compa­sión al darle normas precisas de vida. Pero hay que reconocer que en esta recopila­ción resuenan de tarde en tarde, quizá más que en la primera, acentos sencillos verda­deramente dignos de mención. En «Conso­lation» hay, por ejemplo, un sentido de in­timidad recogida y una aspiración tierna y cuidada a las dulzuras de la vida familiar expresados con una sencillez de medios que sorprende. Y la poesía «À un curé de villa­ge» tiene un perfume agreste muy lejano del acento irritante y falsamente idílico de muchas partes de las Meditaciones. Y si «Sultan, le cheval arabe» es una poesía lle­na de movimiento y de vida, carente de las languideces muelles tan características del arte del poeta, ocupa un lugar aparte en la recopilación «L’esprit de Dieu», donde Lamartine, abandonando por un momento su falsa actitud apolínea de poeta inspira­do, acepta con humildad de espíritu, como Jacob la lucha con el Ángel, descrita con rápidos toques vigorosos, la misión del poe­ta, inconsciente y dócil instrumento de una voluntad superior. F. Ampola

Lamartine es un gran poeta, el más na­tural de los poetas, «el más poeta» si la poesía es esencialmente sentimiento. (Lanson)

Lamartine es la encarnación de cierta poesía contra la cual se ha levantado toda la voluntad poética de nuestros contem­poráneos. Trato de decir que la pureza de la poesía de Lamartine es lo contrario de la poesía pura tal como se entiende hoy en día. (Fernandez)