Merope, Voltaire

Entre las primeras imitaciones del tra­bajo de -Scipione Maffei está la tragedia Mérope de Voltaire (François Marie Arouet, 1694-1778), estrenada el 20 de febrero de 1743. Primero se ciñó a la traducción de la obra de Maffei, a quien había conocido en París en 1733, pero luego trató el asun­to de modo autónomo. En una amable y lisonjera carta al trágico italiano, Voltaire, haciendo un amplio elogio de la Mérope de aquél, exalta su «ingenuidad», pero de­clara que «París y el público francés exi­gen otro género de sencillez». El tirano, según el dramaturgo francés, no está, por ejemplo, enamorado de la reina viuda,, sino que se ve impulsado a desear aquel matri­monio únicamente por su propósito de consagrar por medio de aquel acto la usur­pación que había perpetrado. También su­primió Voltaire la escena en que Mérope manda atar a Egisto a una columna y co­rre hacia él con una jabalina y el hacha en la mano. En conjunto, la tragedia de Voltaire, considerada en sí misma, es juz­gada por la crítica francesa como una de las mejores de su autor, e indudablemente tiene un decoro propio y una línea de se­vera dignidad. Con todo, resulta siempre más construida que sentida, y no puede aspirar, como han creído ciertos críticos más atentos a lo externo, a competir con las obras maestras de Racine.

E. Cione

El trágico más grande del mundo entero. (La Harpe)

Voltaire establece aquí un compromiso entre Racine y Shakespeare, y se puede decir que en cierta manera, como director escénico, ha favorecido al teatro francés. (Fernandez)

Mercurio Trimegisto, Bartolomé Jiménez Patón

[Mercurius tri­tine gistus]. Obra de Bartolomé Jiménez Patón, siglo XVII, dedicado principalmente a los estudios literarios y gramaticales. Mer­curius trimegistus sivc de Triplici Eloquentia Sacra, Española, Romana, se editó en cuarto, en Baeza, año de 1621. No existe ninguna traducción suya en la Biblioteca Nacional de Madrid. Menéndez Pelayo dice: «El laborioso preceptor de Villanueva de los Infantes fue honrado con la amistad de Lope de Vega y de Quevedo. La Eloquentia Española, que muy aumentada y unida a La Eloquentia Sacra y a La Eloquentia Romana, formó luego el Mercurius trimegistus, merece estimarse como tesoro de ejemplos tomados de nuestros poetas del siglo XVI, en los cuales tenía Patón lectura inmensa. Sólo la Agudeza y arte de ingenio de Gracián y la Retórica de Mayans pueden competir en riqueza y ame­nidad de textos y de citas con el Mercurio trimegisto, en cuyas páginas todavía es­peran al erudito y al colector de nuestros poetas sorpresas muy agradables. Es-el úni­co de los retóricos de su tiempo que tuvo constantemente fija la atención en los mo­numentos de la literatura vulgar; el único que escribió para España y no para Grecia o Roma. Patón es en alto grado benemérito de nuestra lengua, y el oráculo de todos los preceptores de La Mancha y del reino de Jaén. El Mercurio trimegisto trae una serie de certificados de los catedráticos de elocuencia, o sea «dómines» de Baeza, Úbeda, Alcaraz, Ciudad Real, la Membrilla y otros muchos, comprometiéndose a no en­señar nunca por otro libro».

C. Conde

Merope, Francesco Scipione Maffei

Entre las más famosas está la Merope de Francesco Scipione Maffei (1675-1755), tragedia estrenada en 1713 y publicada en 1714. Esta obra se propone responder al tipo de tragedia clásica regular que la Ita­lia del siglo XVIII adoptó comúnmente; pero ya su formación, en un ambiente de discusiones teóricas y literarias, perjudicó a su espontaneidad creadora; efectivamen­te, sus defectos saltan a la vista a la mera lectura, más allá de las consideraciones históricas acerca de su origen.

Polifonte se hace tirano de Mesenia, después de haber matado al rey Cresfonte y dos de sus hijos; el tercero, también de nombre Cresfonte, es salvado por su madre Mérope y mandado a Grecia junto a un criado anciano, mien­tras todos creen que ha perecido en la matanza. Polifonte ofrece a Mérope casar­se con él; ella consiente pero exigiendo el término de diez años, para poder vengarse en tiempo oportuno de tantas fechorías. Pasan varios años; es conducido ante el tribunal un joven llamado Egisto, acusado de haber matado a un compañero suyo. Dice haberlo hecho en legítima defensa; pero Mérope, por una piedra preciosa que aquel joven lleva en el dedo, cree reco­nocer en él al asesino de su hijo, e in­tenta en vano por dos veces quitarle la vida. Pero luego reconoce en Egisto a su propio hijo, gracias al criado que le tenía a su custodia. Entonces Mérope piensa en su venganza. Así es que, al transcurrir los diez años y debiendo celebrarse su ma­trimonio con Polifonte, interviene Cres­fonte y en plena ceremonia arranca de la mano del sacerdote el hacha del sacrificio a Venus, y mata a Polifonte. El pueblo, liberado del tirano, proclama entonces por su rey al joven.

El aspecto crudamente teatral de la obra (esto es, la tentativa de Mérope de matar al presunto homicida no conociéndole) no está compensado, sin em­bargo, por una adecuada vivacidad de ca­racteres: es artificiosa la pasión de Mérope, y resulta abstracta por su furor de ven­ganza. Algún detalle procedente del teatro clásico — con especial referencia a la Ifigenia en Táuride (v.) de Eurípides — se hace evidente en el reconocimiento de su hijo por Mérope, en el falso Egisto. A pesar de ello, la obra gozó durante todo el si­glo XVIII de un éxito verdaderamente no­table y fue abundantemente imitada.

C. Cordié

El Mercado de los Duendecillos, Christina Georgina Rossetti

[Goblin Market]. Poema de la poetisa inglesa Christina Georgina Rossetti (1830- 1894), compuesto en 1862. Los duendecillos tientan a la pequeña Laura, hermana de Lizzie, a gustar de sus bellísimos frutos maduros de diversos colores. Laura, a pe­sar de las repetidas advertencias de su her­mana, cede, y compra con un ricito suyo (porque no dispone de más oro que ése) los sabrosísimos frutos de jardines desconocidos. Al regresar a su casa cuenta a su hermana el gozo que ha experimentado en el mercado de los duendecillos; después van a dormir juntas (bellísima descripción de las dos hermanas durmiendo: «como dos flores en un solo tallo, / como copos de nieve nueva, /como dos cetros de marfil / con la punta de oro, para terribles reyes»). Al día siguiente, Lizzie trabaja contenta, mientras Laura sólo desea que vuelva la noche para gustar de nuevo aquellos fru­tos. Pero esto no le será concedido; nadie puede gustar dos veces los frutos de los duendes y, al llegar la noche, sólo Lizzie oye la invitación. Con todo, la joven re­siste porque se acuerda de Jeanie, que mu­rió por haberlos gustado.

La muerte se acerca también a la pequeña Laura por el deseo insaciable que la devora. Lizzie, al verla marchitarse, decide ir a comprar las frutas para ella, y las pide a los duerdecillos. Pero ellos no quieren que se las lleve a casa, y como no consiguen hacérse­las comer le exprimen encima su jugo. En casa, su hermanita, al besarla, sorbe con­tentísima aquel jugo que la recubre, pro­bando así lo que a nadie más le es. con­cedido. Pero después cae en un estado que parece la muerte. Lizzie la vela anhelosa durante toda la noche; a la mañana si­guiente, al primer gorjear de los pájaros, cuando comienzan a pasar los segadores, cuando se abren los capullos, Laura despier­ta curada. Se quieren hallar muchos signi­ficados ocultos en estos versos llenos de música y de color. El más sencillo es cier­tamente el indicado por la propia poetisa, la cual termina el poemita con un himno al amor de hermana: «Pues no hay amigo semejante a una hermana». Por otra parte es obvio el sentido puritano de la fábula: los frutos son el placer, concebido como pecado.

A. Camerino

Mercadet, el Negociante. Honoré de Balzac

[Mercadet ou le Faiseur]. Comedia de Honoré de Balzac (1799-1850), estrenada en 1840. Auguste Mercadet (v.) es, dentro de la clase de los modernos hombres de nego­cios, un ejemplar de los más simpáticos aunque juega a la bolsa desenfrenadamente y no le preocupan los medios con que conseguir el éxito. Tiene, por otra parte, la excusa de la traición de Godeau, un socio suyo que muchos años antes había huido a América llevándose la caja, y le obligó de esta manera, para mantener su decoro, a iniciar la serie de sus acrobacias financieras. Pero sus últimas especulaciones han ido mal, porque aquel hombre de ne­gocios, habilísimo en engañar y en la ex­torsión de grandes sumas de dinero a los más impensados comanditarios, es, sin em­bargo, también un bobo crédulo y confiado, y demasiado fácil de convencerse de que ha encontrado cada vez el expediente in­falible y el hombre de toda confianza; los acreedores no quieren escuchar más ex­plicaciones y le asedian, y el dueño de la casa lo amenaza con embargarle los mue­bles.

Mercadet se defiende con los recursos de su prestigiosa elocuencia, e intenta ga­nar tiempo, porque espera haber combinado un rico matrimonio para su hija Julia, que le sacará de apuros. Buen padre de familia, ama tiernamente a su hija, pero se empeña de tal modo en su propio juego que no vacila en sacrificarla, convencido de que obra para su bien, y en inducirla a rom­per con su enamorado, el honrado Minard, empleado bueno y sencillo. Pero el futuro esposo, De La Brive, en realidad más arrui­nado que nuestro hombre de negocios, ha venido sólo esperando poder salir a flote con la dote de Julia, y es perseguido por los usureros por su verdadero nombre de Michonnin. Mercadet vacila al recibir aquel golpe. El enamorado Minard, conocida la verdadera situación, se niega a renunciar a Julia y viene a ofrecerle sus ahorros.

El negociante, en un arrebato de honradez, los rechaza, pero pronto se arrepiente de ello. Se recobra, pero urde el engaño más arriesgado de su carrera; ya otras veces ha conseguido hacer callar a sus acreedo­res dejando entrever la posibilidad del re­greso de su antiguo socio Godeau (el cual, verdaderamente, al huir le había dejado escrito que confiase en él, que volvería rico de América y que le haría partícipe de su fortuna); ahora imagina hacer dis­frazar a Michonnin de Godeau, y presen­tarlo a los acreedores, y así poder ganar los pocos días necesarios para el éxito de un truco suyo de bolsa que había de sa­carlo a flote. Así, cuando, durante una tumultuosa reunión en su casa con los furibundos acreedores, su mujer se preci­pita para anunciarle el regreso de Godeau, se asombra al ver que también ella se pres­te al engaño, aunque aprovecha pronta-. mente la contingencia, si bien luego tiem­bla al oír que el único acreedor que co­nocía personalmente a Godeau quiere tam­bién ir a verle. Pero su asombro llega al colmo cuando se entera de que Godeau se dispone a pagar a todos en dinero contante. En realidad, el Godeau que ha llegado a su casa es el verdadero, rico y dispuesto a lograr que su antiguo socio le perdone.

Y así termina placenteramente la angus­tiosa jornada de Mercadet, y la compli­cada comedia, la cual, construida con in­negable habilidad, abunda en escenas pin­torescas e ingeniosas y conserva aún hoy toda su frescura. A pesar de que el nom­bre de Balzac y la habilidad de sus in­venciones hayan procurado a esta obra vastísima fama, su valor intrínseco no es extraordinario; al pasar de la novela a la comedia, el gran narrador parece haber perdido las cualidades de minuciosa finura y vigorosa profundidad propias de su ge­nio; el estilo es aquí brillante pero seco, la psicología ingeniosa pero simplista; y el adjetivo «molieresco» tributado a la obra por muchos admiradores parece más justi­ficado en cuanto a algunos sabrosos deta­lles que en cuanto a su íntima estructura.

M. Bonfantini