Misterio de la Pasión, Sebastian Wild

[Passionsspiel ]. Representación sacra alemana com­puesta en 1566 por el maestro cantor de Augsburgo, que Vivió en la segunda mitad del siglo XVI, Sebastian Wild, discípulo de Hans Sachs, que en esta obra siguió la téc­nica de su maestro. Un heraldo recita el prólogo y el epílogo; la sucesión de las es­cenas se produce a la manera continua de Hans Sachs; las acciones principales, por ejemplo la Crucifixión, ocurren entre bas­tidores, mientras una cantidad inmensa de material narrativo y anecdótico, sacado de la Biblia (v.) y de la historia de los Apóstoles, es ampliamente utilizada, de mo­do que todo el drama adquiere un aspecto de revista de gran aparato. Sin embargo, la acción dramática de Wild es histórica­mente importante por la influencia ejer­cida sobre la Pasión de Oberammergau (v.) en Baviera, que continúa representándose todavía hoy.

M. Pensa

El Misterio de María Roget, Edgar Allan Poe

[The Mistery of Marie Roget]. Novela de Edgar Allan Poe (1809-1849), que forma parte de las Historias serias y grotescas (v. Na­rraciones extraordinarias). Encontramos el mismo personaje que en «El doble asesina­to de la calle Morgue», un «amigo del au­tor», el caballero C. Augusto Dupin, que por el solo enlace de sus deducciones re­suelve el misterio de un crimen. Lo mismo que «El doble asesinato de la calle Mor­gue», puede presentarse esta novela como modelo de relato policíaco «puro». La at­mósfera no tiene ninguna intervención.

Poe presenta su historia en un París de fantasía, lo cual, según Baudelaire (que tradujo el cuento), no perjudica el valor del análisis: asistimos al triunfo del espíritu geométrico, y lo que el autor nos propone no es otra cosa que un problema de ajedrez. Edgar Allan Poe se propone transcribir un hecho cualquiera sucedido en los alrededores de Nueva York: la muerte de una muchacha, Mary Cecilia Rogers. Bajo el pretexto de narrar el destino de una joven obrera pa­risiense, traza los hechos esenciales de la muerte de Mary Rogers, y los únicos me­dios de investigación de que se dispone son los proporcionados por los artículos de los periódicos. Éstos constituyen, pues, la materia fundamental del cuento, y sometién­dolos a una aguda crítica el autor llegará a construir un sistema de probabilidades. María Roget vivía en casa de su madre, una viuda que tenía una pensión burguesa en la calle Pavée-Saint-André. Un domingo por la mañana salió de su casa e hizo saber a su pretendiente, procurador de los tribunales, Jacques Saint-Eustache, que tenía la intención de pasar el día en casa de una de sus tías que vivía en la calle de las Damas. Después del mediodía cayó una abundante lluvia y Saint-Eustache, cre­yendo que María permanecería toda la no­che en casa de su pariente, no juzgó ne­cesario ir a buscarla al anochecer del do­mingo, según ellos habían convenido de antemano.

El lunes supo que María Roget no había ido a casa de su tía. Hasta el cuarto día de su desaparición no fue in­formado el señor Beauvais, que con un ami­go buscaba el rastro de María Roget a lo largo de los muelles del Sena, de que un cuerpo de muchacha fue encontrado por los marinos flotando sobre el río. Beauvais identificó este cuerpo como el de María Ro­get. El cadáver ofrecía numerosas señales de violencia física: el cuello cortado por un lazo, los puños hinchados, etc. Sus vesti­dos estaban destrozados y en el mayor des­orden. La investigación instruida no dio ningún resultado y el prefecto de policía encargó al caballero C. A. Dupin que se ocupara del asunto. Poco tiempo después, dos muchachos descubrieron junto a la «ba­rrière du Roule» una falda azul y un chal de seda colocados sobre piedras que ser­vían de asiento, y una sombrilla y un pa­ñuelo que llevaba el nombre «María Ro­get». La madre de los niños, una tal señora Leduc, afirmó haber oído gritos de mujer no lejos del lugar en que ella se albergaba. El descubrimiento de estos objetos, el esta­do del lugar y las demás circunstancias pro­baban que María Roget había sido asesina­da allí tras haber sostenido una lucha con su agresor.

Partiendo de estos elementos, de los testigos y de las opiniones de los diferentes periódicos, y sometiendo todo ello a una severa crítica, el caballero Dupin, deducción tras deducción, llega a la solu­ción siguiente, que se comprueba que es la exacta: la joven ha sido asesinada por un( oficial de marina con el cual ya había huido en una ocasión, cuando trabajaba en casa de un perfumista. Después de haber atado a su víctima, para poder arrastrarla hasta el bosque, el asesino la condujo en barca hasta el centro del río y allí arrojó el cadáver al agua, sin haber tenido la pre­caución de atarle un peso; de regreso a la orilla, el asesino abandonó la barca al capricho de las aguas y huyó, sin preocu­parse de borrar las huellas de su crimen. El interés del cuento reside en el rigor matemático con que el detective aficionado con­duce el hilo de sus razonamientos. La cues­tión acaba así, el problema no ofrece ya mayor interés y el lector ignorará qué es lo que habrá de sucederle al criminal.

Mistagogía, San Máximo Confesor

En la co­piosa producción del místico bizantino San Máximo Confesor (580-662), el combativo atleta de la ortodoxia eclesiástica occiden­tal en el siglo VII contra la forma larvada del monofisismo que fue el monotelismo proclamado por el emperador Heraclio y el patriarca Sergio, sobresale una Mistagogía comprendida en un volumen de la Pa­trología griega de Migne. En ella, San Má­ximo se propone exponer todos los ocultos significados misticosimbólicos encerrados en las formas exteriores de la vida eclesiástica y en todos los gestos y ritos de la práctica litúrgica. La derivación de esta obra de la Jerarquía Eclesiástica (v.) del pseudo Dionisio Areopagita es indiscutible. Es más, se puede decir que las obras del Areopa­gita debieron su gran difusión y su impo­nente autoridad en la tradición mística de la Edad Media al patrocinio que de ella asumió San Máximo en este escrito y en otros análogos. Emprendiendo el camino de la interpretación alegórica y analógica, San Máximo, en esta obra, como en toda la co­rona de estudios exegéticos, de que las Cadenas nos han conservado tan numerosos fragmentos, utiliza, de todo el conjunto de la vida exterior carismática, una porción de atisbos para sus contemplaciones místi­cas, destinadas a ofrecer copioso alimento a la tradición ascética de la Edad Media.

E. Buonaiuti

El Misterio de Frau Jutten, Dietrich Schernberg

[Das Spiel von Frau Jutten]. Misterio en alemán medieval, compuesto por el fraile Dietrich Schernberg hacia el año 1480 y conservado en una edición de 1565. Representa una variante de la conocida leyenda de la pa­pisa Juana, difundida en la Chronica uni­versalis Mettensis (siglo XIII). Lucifer ordena a los diablos que seduzcan a la muchacha Jutta y envía dos emisarios infer­nales para persuadirla. Jutta cae en el en­gaño, y vestida de hombre va con su aman­te Clericus a París, donde ambos se docto­ran; se van luego a Roma, se presentan al papa Basilio y éste les hace cardenales. A la muerte de Basilio, Jutta es elegida papisa, pero un diablo exorcisado por ella revela a los cardenales que el papa elegido por ellos es un mujer y que está encinta. El Redentor quiere condenar para siempre a Jutta, pero por intercesión de la Virgen María le envía el arcángel San Gabriel y luego la Muerte para advertirle que debe morir: Jutta invoca a María y muere durante el parto; los diablos se llevan su alma, pero, por intercesión de la Virgen, Cristo la hace liberar por el arcángel San Miguel y la acoge en el cielo con gran fiesta. Este misterio tiene como fin el mos­trar la gran piedad de la Virgen María.

M. Pensa

Miss Harriet, Guy de Maupassant

Volumen de narraciones de Guy de Maupassant (1840-1893), publi­cado en 1884. La primera narración, que da título al conjunto, es la lamentable y pro­lija historia de una anciana «miss» maniá­tica, llena de espíritu religioso y de un entusiasta amor a la naturaleza, que con­cibe una violenta pasión por un joven pin­tor y se siente tan agitada que acaba sui­cidándose; es quizá la menos lograda de las narraciones de Maupassant y acusa con admirable evidencia los límites y los de­fectos de la «escuela naturalista». La se­gunda novelita, «La herencia» [«L’héritage»], desarrolla por contraste una triste y curiosa aventura de la pequeña burguesía: un viejo empleado, Cachelin, piensa ca­sar a su hija con el joven colega Lesable. Pese a su modesta condición, la muchacha ofrece el incentivo de un millón de dote, prometido por una tía maniática de pasado tormentoso; y el asunto queda pronto com­binado. Pero a la muerte de la tía se co­noce una cláusula del testamento que no ha sido cumplida por los esposos: para que la nueva familia herede el millón, es nece­sario que tenga un hijo dentro del límite de tres años a partir de la boda. Como las esperanzas se hacen cada vez menos probables, con la tácita connivencia de Le­sable, la esposa y el padre resuelven la difícil situación recurriendo a los buenos oficios de un conocido.

La historia está na­rrada con despiadada agudeza y con el negro pesimismo que se da tan a menudo en las páginas de Maupassant; pero se im­pone sobre todo por el ambiente: las pe­queñas intrigas, los chismorreos, la sórdida mentalidad de aquellos míseros empleados y de sus compañeros. Las demás narracio­nes de la recopilación sólo ofrecen la acos­tumbrada y agradable variedad de argumentos y efectos: desde la melancólica «Re­gret» hasta la novelesca aventura de «En voyage» o la inevitable novela patriótica, «La mère Sauvage», recuerdo de la guerra del 70, que nos ofrece el terrorífico episo­dio de la venganza de una madre que se vuelve loca cuando le anuncian la muerte de su hijo soldado. Aparte del primer re­lato, domina en el volumen el estilo del Maupassant de la mejor época; un tono na­tural y preciso, que evita lo forzado y los efectos más fáciles y prefiere confiar el comentario a una ironía discreta. Desen­vuelta manera que se afirma en «El cordel» [«La ficelle»], extraña y amarga aventura de un aldeano normando a quien una ca­lumnia gratuita envenena los últimos años de su vida, pero sobre todo en el cuento «Dionisio» [«Denis»]. El señor Marambot, acomodado ex farmacéutico de pueblo, está a punto de ser víctima de la inesperada lo­cura homicida de su fiel servidor, Dionisio; pero muy pronto el joven, arrepentido, le cura las heridas que él mismo le ha infe­rido y vuelve a ser para él el más precioso de los criados, consiguiendo del señor el perdón y la promesa de no denunciarle.

Sólo que al poco tiempo la casualidad en­tera del suceso a los gendarmes y Dionisio acaba en el banquillo, pese a las protestas de su señor, quien, interrogado sobre los motivos de no haber despedido a un indi­viduo tan peligroso, se justifica balbuciendo que hoy en día es difícil encontrar un buen criado. Asunto paradójico, justificado con los recursos de una psicología avispada. Pero la perla de la recopilación es otra pe­queña novela que disfruta de merecida ce­lebridad: Mi tío Julio (v.). [Trad. de Au­gusto Riera (Barcelona, 1905)].

M. Bonfantini