La Música al Alcance de Todos, François-Joseph Fétis

[La musique mise à la portée de tout le monde]. Ensayo de teoría musical de François-Joseph Fétis (1784-1871), publicado en París en 1830, y varias veces reimpreso con la añadidura de un pequeño diccionario de términos musicales y de una bibliografía de la música.

El carácter divulgador de la obra está ya indicado en el subtítulo: «Ex­posé succint de tout ce qui est nécessaire pour juger de cet art, et pour en parler sans l’avoir étudié». La parte teórica (es decir, excluyendo el diccionario) se divi­de en cuatro secciones: la primera con­tiene una exposición elemental del sistema musical, acompañada de unas palabras so­bre los orígenes de la música; la segunda trata de las varias ramas de la composi­ción musical, a saber: melodía, armonía, contrapunto, composición propiamente di­cha, instrumentación; la tercera contiene las reglas para la ejecución, especialmente para los cantantes; en la cuarta, el autor habla de «la manera como se analiza la sensación producida por la música», es de­cir, que intenta dar un ensayo de estética musical.

El diccionario añadido, siendo ex­clusivamente terminológico, puede conside­rarse como una parte de la Biografía uni­versal de los músicos (v.). La obra es me­ritoria por su claridad y orden expositivo, y en los tiempos en que fue publicada, co­mo manual de instrucción popular, pudo tener cierta utilidad. Hoy carece de interés, por anticuada y sobre todo porque, aunque su contenido sea elemental, el autor revela en ella una mentalidad no de crítico y de pensador, sino de compilador y, de vez en cuando, de fino observador.

Siguen sien­do apreciables, además de la amable soltu­ra del discurso, algunas consideraciones particulares, por ejemplo sobre la analogía existente’ entre la impresión que la música produce en los profanos y la concepción del compositor al principio de su inspira­ción (como un vago relámpago, aún despro­visto de detalles), o sobre la unión de música y palabra, etc. Los límites del pen­samiento de Fétis se revelan especialmente en los capítulos de estética; su idea fun­damental es qué la música no persigue la finalidad de alegrar el oído, sino la de hacer sensibles las ideas sencillas y com­plejas y los sentimientos del alma; idea, co­mo se ve, bien poco original, aunque sugiere al autor algunas reglas sanas y útiles.

F. Fano

Música de Cámara, James Joyce

[Chamber Music]. Colección de poemas de James Joyce (1882- 1941), publicada en 1907 en edición limi­tada. Fue veinte años después, cuando ya Joyce era famoso como autor del Ulises (v.), que estos poemas fueron llevados al conocimiento del gran público. Desde entonces se han sucedido las ediciones, con­firmando el éxito de la obra.

Joyce tenía suficiente conciencia de su propio genio para menospreciar este éxito, pues, a fin de cuentas, la poesía era para él cosa menor, y contemplaba sus propios poemas más bien con mirada divertida. Es sin duda esto lo que revela el título de la colección: por muy sutil y perfecto, emotivo incluso, bajo su gracia un poco preciosista a veces, que resulte esta Música de cámara, aparece siempre como un delicado arroyo musical al lado de esa especie de oratorio gigante que es el Ulises, y más aún comparado a la formidable sinfonía de la Vela de Finnegan (v.). Pero sería también engañarse so­bre las intenciones de Joyce el ver aquí otra cosa que un juego, un ejercicio de virtuosismo y probablemente una forma de recreo.

Lo que sucede es que la mano maravillosa del genio ha marcado este jue­go. Con la misma infinita minuciosidad de que hace gala en Poemas a penique (v.), su única otra colección de armonías poéticas, Joyce ha cincelado además de cada palabra, si puede decirse, cada una de las sonoridades de Música de cámara. No hay ni uno solo de estos treinta y seis poemas que no sea una «cosa de belleza» y una «alegría para todos», como decía Keats. No contento con la aliteración, que a menudo basta a la poesía inglesa, el autor ha buscado tam­bién la rima. El resultado han sido otras tantas melodías cortas — uno siente la ten­tación de decir otras tantas partituras bre­ves —, que incluso el oído más cerrado y extraño a la música debe escucharlas, pues­to que el ojo, automáticamente, cambia el símbolo de la letra escrita en letra sonora, en signo musical.

Es tan manifiesta siem­pre la intención musical, que en cada caso se podría señalar y anotar en el pasaje correspondiente los instrumentos del con­cierto: flauta, contralto, contrabajo, acaso corno inglés. Tanta perfección termina por ser la enemiga de sí misma: algunas de esas melodías no escapan a la monotonía. Mien­tras que en Poemas a penique los temas varían y sobre todo se animan y a veces se desgarran con acentos audaces e ines­perados, en los que se nota no sólo la mano sino la garra acerada del gran Joyce, aquí el lamento amoroso es el único tema de los motetes y el resultado es evidentemente menor.

La Música, Tomás de Iriarte

Poema didáctico del lite­rato español Tomás de Iriarte (1750-1791), cuyas tres primeras ediciones son del año 1779. Está dividido en cinco cantos, escritos en silvas, metro que el autor justifica como el más apropiado, por no obligar a ajustar las ideas y frases a los límites previos de las estrofas. Va precedido de un prólogo en el que Iriarte se refiere a la escasez de poemas análogos y razona la necesidad de éste.

Cada uno de los cantos comienza con las consabidas alusiones mitológicas propias del gusto neoclásico, para después tratar la materia musical en versificación fácil y so­nora. El primero expone los elementos del arte musical, especialmente en lo referente al tiempo y al compás. El segundo se re­fiere a la expresión musical, con los tonos y la manera de manifestar las diversas sen­saciones. El tercero, a los usos de la mú­sica con especial estudio de la religiosa. El cuarto habla de la música en el teatro. Y el quinto de su uso en la sociedad pri­vada y en la soledad. Termina el libro con prolijas advertencias o notas en prosa a los diversos cantos.

L. Monreal Tejada

Musgos de una Vieja Granja, Nathaniel Hawthorne

[Mosses from an Old Manse]. Narraciones originariamente en dos volúmenes, del norteamericano Nathaniel Hawthorne (1804- 1864), publicadas en Nueva York en 1846.

Las narraciones de la colección fueron compuestas en su mayoría entre 1842 y 1846, en un feliz período de la vida del autor, en el que éste, tras su matrimonio, se fue a vivir a una antigua mansión de Con­cordia, en Massachusetts, no lejos del río del mismo nombre y del puente del Norte, junto al cual, en 1775, ocurrió uno de los encuentros más importantes de la guerra de la Independencia.

Más que este recuerdo bélico, fascinaba a los nuevos esposos la soledad agreste del lugar, la feracidad del huerto, la vecindad y las frecuentes visitas de geniales amigos, como Emerson, que habitaba no lejos de allí y que en otro tiempo había también vivido en aquel lu­gar. Aunque, como siempre, bastante des­provisto de medios, Hawthorne pasó en aquella casa algunos años de serena con­templación, y escribió y reordenó a su gus­to un grupo de narraciones, moralidades y fantasías, que reunió luego bajo el título que encabeza este artículo.

Comienza el volumen con una descripción de la casa, del paisaje que la rodea, del río, de los bosques, descripción que hace vivir de tal modo la atmósfera del lugar, que se puede considerar como una obra maestra del gé­nero. Siguen veinticinco narraciones, o fan­tasías, de contenido, carácter y valor lite­rarios bastante desigual. Van desde la le­yenda fantástica y moral, Penachito (v.), hasta la más emotiva narración, La hija de Rappacini (v.), o el juego imaginativo del título final, «La colección de un vir­tuoso».

No son pocas las narraciones auto­biográficas, como los «bosquejos De memo­ria» [«Sketches from memory»], que des­criben de modo fuerte y sabroso experien­cias de viaje o de carácter vagamente au­tobiográfico. A veces aparece en el fondo la vieja granja, como en «Capullos y can­tos de pájaros» y en «Los nuevos Adán y Eva». El arte de Hawthorne se nos mues­tra en este libro en plena madurez; por eso contribuyó más que ninguna otra obra a su fama literaria. Las características de su genio se adaptan perfectamente a este género de bocetos o narraciones breves, que ofrecen libre juego a su delicada sen­sibilidad y a su fantasía.

C. Pellizzi

Poe usa lo fantástico como mixtificador; Hawthorne se complace en él como mora­lista, pero consigue al mismo tiempo exce­lentes efectos artísticos. (B. Michaud)

Mushib, cAbd Allāh ibn Ibrāhīm al-Hiŷārí

Obra del historiador arabigo- español cAbd Allāh ibn Ibrāhīm al-Hiŷārí (1106-1155), cuyo título completo es Kitāb al-mushib fī fadā’il ahl al-Magrib [El lo­cuaz acerca de las excelencias de la gente del Occidente]. Se trata de una obra en seis volúmenes, que viene a representar una historia de España desde la conquista mu­sulmana hasta el año 1135, con abundancia de datos geográficos, aunque en realidad se trate de un conjunto de biografías de per­sonas notables, con inclusión de anécdotas y de citas de sus poesías. La obra fue ex­tractada, continuada y aumentada por va­rios miembros de la familia de los Ibn Sacīd, dando lugar al Mugrib (v.).

D. Romano