Obras Maestras de la Escultura Griega, Adolf Furtwängler

[Meisterwerke der griechischen Plastik]. Obra de Adolf Furtwängler (1853- 1907), arqueólogo alemán, publicada en 1893.

Representa una etapa importante en la ar­queología, el paso de la historia del arte fundada preferentemente sobre fuentes lite­rarias, que había encontrado la expresión más completa y perfecta en la obra de Heinrich Brunn (v. Historia de los artistas griegos), a la historia del arte que, además de seguir las referencias de los antiguos autores, pone en primer plano el estudio de los monumentos, intentando descubrir en las estatuas que han llegado a nosotros las creaciones de los grandes maestros, recordados por Plinio y Pausanias.

En efec­to, opina Furtwängler que las copias roma­nas representan una selección de aquellas obras maestras de la época clásica que fue­ron del gusto general en los tiempos de la más refinada cultura. Intenta atribuir, por decirlo así, los distintos tipos estatuarios, que se pueden reconstruir gracias a las copias, a determinados artistas griegos, au­mentando notablemente la escasa serie de las identificaciones de obras maestras cele­bradas por las fuentes, y debidas especial­mente a la intuición de J. Winckelmann, de E. Q. Visconti, de Fea, de Nibby, de Brunn y de Friedrichs.

El método de Furt­wängler se basa en la crítica y análisis esti­lístico de las copias, así como en la distin­ción entre copias, variaciones y reelabora­ciones; el crítico se sirve asimismo de la fotografía, que llega a ser una preciosa ayuda en los estudios. La obra está com­puesta de una serie de ensayos analíticos sobre algunas creaciones de un determi­nado artista. La primera personalidad es Fidias, al que el autor atribuye «Atenea Lemnia» que él reconstruyó según un torso de Dresde y una cabeza de Bolonia, una de las atribuciones que tuvo mayor éxito; la compara después con la «Parthenos» y el «torso Médicis», identificado con la «Prómaco».

Pasa luego a considerar a los pre­decesores de Fidias, al maestro Hegias, a su contemporáneo Alcamenes, atribuyéndoles varios tipos estatuarios; llega al círculo de Fidias y asigna a Crésilas, además del «Pericles», la «Atenea de Velletri», el «Dio- medes de Munich», y la «Medusa Rondanini»; descubre obras de Mirón en varios ti­pos y en un «Perseo». Todo un capítulo está dedicado a Policleto, otro a Escopas, Praxiteles, Eufranor: entre las atribuciones re­cordamos el «Heracles Lansdowne» al pri­mero, el «Eros Centocelle» al segundo.

Estos dos artistas le llevan a estudiar los proble­mas de la «Venus de Milo» y la de «Capua» que constituyen otro capítulo; un tercero está dedicado a Leocares con el «Apolo del Belvedere». La obra se cierra con temas de escultura arcaica, como el trono de Apolo Amicleo y el cofre de Cipselo. El método de A. Furtwangler, que tiene ciertas ana­logías con el de Morelli, obtuvo notables resultados, promoviendo el análisis formal, la distinción tipológica, la busca de un es­tilo por el sistema de referirse a una deter­minada personalidad. Sin embargo, hoy en día, han sido rechazadas a la luz de nuevos descubrimientos y de un perfeccionamiento de la crítica estética, muchas de sus atri­buciones.

G. Becatti

Las Obras Literarias de Leonardo Da Vinci

[The literary Works of Leonardo da Vinci, compiled and edited from the original manuscripts]. Recopila­ción de escritos de Leonardo da Vinci (1452-1519), ordenados y publicados, como dice el título, según los manuscritos origi­nales, por Jean Paul Richter (1847-1937); 1.a edición: Londres, 1883; 2 volúmenes en 4.o de pp. XXIX-367 y XV-499, 122 plan­chas; 2.a edic., ampliada y revisada por Jean Paul Richter y por Irma A. Richter; Lon­dres-Nueva York-Toronto, 1939; 2 volúme­nes en 4.°, de pp. XXX-392, 64 planchas y XII-458, 58 planchas (de la 65 a la 122). Como en su primera edición, dedicada a Gisela M. A. Richter, tiene, además del prefacio, de Richter, fechado en Londres, abril de 1883, un nuevo prefacio de su hija Irma A. Richter.

El primer volumen con­tiene los escritos vincianos del 1 al 705 A; en el segundo, los que van del 706 al 1.506. El escrito final n.° 1.506, dada la existencia del n.° 705 A, es en realidad el n.° 1.507, el testamento de Leonardo. Los escritos del primer volumen siguen en este orden: la brevísima vida de Leonardo escrita por Paolo Giovio y publicado por G. Bossi (II Cenacolo, Milán, 1810, pp. 19-22); la his­toria del Tratado de la pintura (v.); un en­sayo sobre las relaciones entre la pintura y las demás actividades, intitulado El Pa­rangón, es decir, acerca de la primera parte del Tratado de la Pintura, según el cod. Va­ticano Urbinate 1270 (introducción, pintura y ciencia, pintura y poesía, pintura y mú­sica, pintura y escultura) y los primeros capítulos, o partes, de los manuscritos vin­cianos recopilados, los cuales están dedica­dos a una introducción general sobre el libro de la pintura; a la perspectiva lineal; a la luz y a la sombra; a la perspectiva de «perdimenti»; a la teoría de los colores; a la perspectiva de los colores y áreas; a las proporciones y movimientos del cuer­po humano; a la botánica para los pintores, y al paisaje; a la práctica de la pintura y, en fin, a estudios y esbozos de pintura y decoración.

El segundo volumen contiene los capítulos XI-XXII y tres apéndices. Los manuscritos aquí recogidos se refieren a notas sobre la escultura, con observacio­nes preliminares sobre los dibujos y los escritos de arquitectura; los dibujos arqui­tectónicos; a los escritos teóricos sobre la arquitectura, con notas sobre el estilo de Leonardo arquitecto; a la anatomía, zoo­logía y fisiología; a la astronomía; a la geografía; a notas topográficas; a la diná­mica; a la guerra naval; a las aplicaciones mecánicas y los instrumentos musicales; a máximas filosóficas y morales, polémicas y teóricas; a cartas, recuerdos personales, notas fechadas y finalmente a notas diver­sas. Los apéndices comprenden la historia de los manuscritos, con la correspondencia entre los números de los folios vincianos y los de la presente antología; bibliografía de las colecciones de manuscritos vincianos. Basta esta descripción para comprender la importancia de la obra.

Nuestro asombro crece si se piensa que la primera edición fue publicada, como se ha dicho, en 1883, pero había sido anunciada como inminente a fines de 1880 y había de contener escri­tos sacados de todos los manuscritos vin­cianos, como después sucedió. Es necesario añadir que la edición es muy hermosa en cuanto a la reproducción de los dibujos, que fueron escogidos con gran sentido del arte y contribuyeron al mejor conocimiento del Tratado de la Pintura y de los estudios que Leonardo hizo para el «Cenacolo», el monumento a Francesco Sforza, la Batalla de Anghiari, el cimborrio de la catedral de Milán. Entre otras cosas, Richter reveló a Leonardo como geógrafo y topógrafo. Antes de la antología de Richter no había de verdadera importancia en el campo de las ediciones vincianas más que el Ensayo de las obras de Leonardo da Vinci (v.), publicado en 1872, y el manuscrito A, pri­mer volumen de los manuscritos vincia­nos de Francia, publicado por Charles Raivaisson-Mollien en 1881.

Entre los que ma­nifestaron objetivamente su admiración por la obra de Richter están Antonio Favaro («Atti del instituto Veneto», 1885 y «Raecolta Vinciana», de Milán, mayo de 1919) y H. Geymüller (Gazzete des Beaux Arts, 1886). Nadie puede negar que haya come­tido muchos errores de transcripción y de interpretación, pero no se debe olvidar que Richter, extranjero, se aventuró solo y sin ayuda de ninguna clase, por un campo lleno de dificultades y de insidias. Graves erro­res cometieron, sin excepción, los demás editores de los manuscritos de Leonardo da Vinci. Más complicado es el problema de los criterios que Richter siguió en su edi­ción; acerca de este punto es menester reconocer que la última palabra no se ha dicho todavía.

Richter estaba convencido de que los manuscritos vincianos no po­drían ser publicados tal como han llegado hasta nosotros, entre otros motivos porque no conservan su disposición inicial y a menudo se hallan en un estado caótico. Publicándolos como están, según Richter, serían poco útiles, por su desorden y, lo que es más importante, no corresponderían a las intenciones de Leonardo, el cual que­ría hacer «obra ordenada». Verdad es, por otra parte, que el intento de ordenar los manuscritos vincianos según las intenciones de su autor es imposible, porque esas intenciones eran en gran parte una ilusión. Los escritos de Leonardo son esencialmente fragmentarios y por esto lo único que se puede hacer sin cometer arbitrariedad es publicarlos como están, procurando fe­charlos.

S. Timpanaro

Obras Espirituales, Juan de Yepes y Alvarez

Poesías místicas con sus correla­tivas prosas doctrinales de Juan de Yepes y Álvarez (1542-1591), conocido por San Juan de la Cruz, religioso carmelita dis­cípulo, confidente y continuador de la obra y apostolado de Santa Teresa de Jesús.

Publicadas póstumas en 1618, dieron una fama imperecedera a su autor. San Juan de la Cruz se nos revela no sólo como el más grande poeta español de la contemplación mística, en su valor de conocimiento expe­rimental de amor y de unión, sino también como el profundo teólogo que, replegán­dose en los arrobamientos de su alma, sabe captarse intelectualmente y justificarse so­bre el fundamento de la doctrina paulina de la caridad: la virtud sobrenatural que nos transforma progresivamente en Dios, y que nos lo hace conocer en sí mismo dándonos de él un conocimiento de amor, plenamente posesivo y fruitivo, en la medida que nos es permitida aquí abajo, en el tiempo.

De su experiencia mística, que se cumple vital­mente en las soledades secretas de un espí­ritu profundamente penetrado con la nos­talgia de la naturaleza divina, San Juan de la Cruz traza el camino en la «Subida al Monte Carmelo»: ocho canciones declara­das minuciosamente en tres libros de prosa. Este camino es el de un alma que se des­poja de todo y se arranca de todo, resuelta a perderse para volverse a encontrar com­pletamente en las manos de Aquél a quien ama por sí mismo, y por encima de todas las cosas.

Al final de su ascensión, en la cum­bre del monte, el alma, dejando obrar den­tro de sí a Dios, que la eleva, quedará uni­da a Él y absorbida en Él. Será Dios por participación. Será amor. Pero en este or­den de realización espiritual, la ley de per­fección consiste en renunciar a todo (a «toda ciencia»): no poseer ya nada para adqui­rirlo todo. San Juan de la Cruz canta en­tonces la «Noche oscura del alma»; o sea, como él declara en prosa, la liberación de todo conocimiento distinto y la anulación de todo acto de inteligencia; porque Dios comunica entonces un conocimiento sobre­natural amoroso; un conocimiento de con­templación, confusa y oscura, que procede de Dios en el interior del alma, pero que es un rayo de tinieblas para el entendi­miento.

Dios es, de este modo, el agente principal de la obra de la contemplación; una actividad vital e inmanente, que se cumple bajo el impulso del Espíritu Santo: visita de amor que el Hijo de Dios hace al alma renovando en ella las virtudes y los dones ya recibidos de Él, para hacerlos ex­pandir «en admirable fragancia de sua­vidad y de perfumes».

Surge de este modo el «Cántico espiritual entre el alma y Cris­to su esposo», que se inspira en el Can­tar de los Cantares (v.) en sus formas y manera de representación, pero celebrando el sumo grado del amor y de la unión mís­tica: ansia del alma que busca a su Amado; dolor por su ausencia, que lo conduce a un conocimiento más intenso y más puro; unión inmaterial del amor, por la cual uno se pierde en la realidad del otro, en cuanto en el Otro se convierte en más que sí mis­ma: «El Amado con la amada, la amada transformada en el Amado».

El matrimonio espiritual es, precisamente, esta completa transformación de Amor: «Amado con ama­da, amada en el Amado transformada»; y en virtud de esta transformación se desva­nece en el alma todo lo que se exhala del amor. Ella es entonces, en cierta manera, el Todo, porque la vida infinita de Dios irrumpe en ella y se traduce en operaciones vitales; y como dice San Pablo «no soy quien vive, sino Cristo que vive en mí».

Según el ser de amor, por el cual un espí­ritu vive de la vida del otro, el alma no es más que una pura llama: «Llama de amor viva»; una llama de amor, de la que San Juan de la Cruz, en cuatro canciones aclaradas con largas notas, sigue los ímpe­tus y los anhelos porque en ella se comu­nican el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: el misterio más sagrado de la revelación cristiana. Ciertamente, sin una profunda simpatía espiritual y una preparación de pensamiento, no se entiende el efusivo liris­mo de nuestro poeta, porque las imágenes de que se sirve no son nunca fin para sí mismas: mediadoras continuas de una vida íntima de afectos, de sufrimientos, de ansias inefables y de ambiciones celestes, que le conducen a un conocimiento experimental de las Personas divinas.

Pero educado en la exquisita y musical sensibilidad de los poe­tas españoles clasicizantes, San Juan de la Cruz consigue dar expresión transparente y concreta a la vida de su alma, porque son irradiados por la presencia invisible del Amado, los cuadros idílicos de la natura­leza y los aspectos contingentes del mun­do exterior.

M. Casella

Poesía angélica, celestial y divina. (Menéndez Pelayo)

Obras Histórico-Médicas, Gregorio Marañón

Difícil es establecer paralelos y meri­dianos en la obra «cosmológica» y humanis­ta del doctor Gregorio Marañón (n. 1887, m. 1960).

Obra trabada en torno del sentido de lo real, como se echa de ver incluso en uno de los raros versos del gran intelec­tual («Y llamar al pan, el pan; y llamar al vino, el vino»), Marañón coloca el na­turalismo en la raíz de su vocación de científico y de médico, y por él se aparta de la literatura de ficción, y llega por él a un sano sentimiento religioso. Lo que primordialmente interesa a Marañón es el hecho de la vida: como germen (la sexua­lidad), como función (la endocrinología), como manifestación (la historia).

Estos son los temas máximos del estudio y la docen­cia del doctor. Temas que, entrelazados, dan lugar a la multitud de ensayos, artícu­los, conferencias, monografías y prólogos, donde se evidencia de continuo el «apriorismo» biológico de lo personal y lo histó­rico. A la historia anecdótica y a la crítica añade Marañón el estudio genético que busca ya en la herencia biológica el deter­minado ámbito de la actividad humana pos­terior, así como de las patologías previsi­bles, pues la enfermedad no es sino la última fase de un proceso constitutivo favorecido principalmente por las secre­ciones internas.

En ellas se encuentra el principio modelador del hombre somático y aun .psíquico. Doctrina en virtud de la cual se reincide en la importancia del estu­dio biológico de la historia llevado a cabo por Marañón en libros tales como Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), primer trabajo de una lar­ga serie historicobiológica, en el cual, tras conciliar su investigación con la de los profesionales de la historia («Intromisión y colaboración»), se adentra en los domi­nios de la disciplina que Gracián llamó «gustosa», y se detiene en la figura del rey Enrique IV, a quien la tradición ha impuesto el sambenito de impotente.

Con­tra esta afirmación lucha Marañón apor­tando toda suerte de documentos (sobre todo el testimonio de los extranjeros que viajaban entonces por España: Munzen) y sus propias reconstrucciones médicas, que le llevan a diagnosticar en Enrique IV una impotencia parcial que seguramente no le impediría ser padre de la «Beltraneja». En torno a esta tesis se organizan multitud de consideraciones acerca de la conducta sexual de los principales perso­najes de la época (don Beltrán, la reina doña Juana, los privados Luna y Pacheco) y de los usos, abusos y defectos de la viri­lidad en la castellana corte de los Trastamara (influencia de la homosexualidad de la morería decadente).

Pero, indudablemen­te, lo más importante de este ensayo claro, rápido y documentado es su punto de partida: la posibilidad de utilizar para el pretérito los conocimientos de la moderna ciencia biológica («Razón y riesgos de la clínica arqueológica») y de ejemplificar con figuras históricas y aun legendarias el esquematismo de una disciplina tan vital como la endocrinología. Es admirable que Marañón una al rigor científico una cari­ñosa comprensión de las debilidades huma­nas, lo cual se hace particularmente noto­rio en su empeño de demostrar a toda costa la moralidad de algunas damas muy zarandeadas por la tradición, como es el caso con doña Juana, esposa de Enrique IV, y también, en otro libro, el de la reina Isabel de Borbón o el de la superiora de San Plácido.

En Don Juan (1940) estudia Marañón, en tres ensayos, los factores psi­cológicos de la formación de la leyenda del Tenorio. En la corte de Felipe IV se unen los dos temas (el Convidado de piedra y el Burlador) para dar lugar a la figura lite­raria de Don Juan (v.), considerada luego genuinamente española. Define a Don Juan como «el varón constantemente enamorado e incapacitado para amar», y ve en él una virilidad indecisa que incluso puede abocar en el «vicio nefando». En el aspecto doc­trinal, Don Juan es un capítulo más de las teorías sexuales de Marañón, conocidas ya por sus lectores en 1940, y frecuente­mente mal interpretadas.

Junto a la diser­tación teórica acerca de qué es lo correcto en el sexo y cuáles son los prototipos de la virilidad, se enumeran en el libro una serie de sucesos y personajes teñidos por el ambiente inquisitorial y por ello más pecaminosamente erótico de la corte aún imperial de Felipe IV. El tipo de Don Juan no es español (ni tampoco específicamente andaluz). El Burlador es una importación cosmopolita, aclimatada en la corte espa­ñola en un momento en que en España se podía ser el Don Juan más brillante de la historia, porque no había moral, religión e imperio más fuertes que violar. Así, al unísono con los escándalos del iluminismo (de filiación luterana) cristaliza la leyenda del Burlador en España gracias a la intui­ción de Tirso de Molina.

Si nos pregunta­mos por la existencia de un modelo histó­rico donjuanesco debemos dirigir la mirada hacia el conde de Villamediana, su­puesto amante de la reina y uno de los actores en los escándalos de San Plácido. El conde posee todas las notas externas e íntimas del burlador, varón imperfecto («hombre sin nombre», como definiera im­plícitamente Tirso) que no personaliza a la mujer y que acaba sepultando su vaci­lante vigor emocional en el homosexualis­mo. Tangencialmente defiende Marañón la virtud de la reina doña Isabel de Borbón, modelo de esposas pese a la divisa osten­tada por el de Villamediana («Son mis amores reales»).

Se percibe en Marañón una crítica ecuanimidad, paliada tan sólo cuan­do de defender a España se trata, y cuando se persigue la sorpresa de la «paradoja histórica». Tendencia que encontramos en su libro sobre Amiel (Un estudio sobre la timidez) (1932), escrito certero y profundo sobre el curioso y oscuro profesor ginebrino, cuya vida «podría definirse como un viaje doloroso, inacabable y sin objeto en torno de su sexo», así como en sus restantes traba­jos históricos: Antonio Pérez, etc. (v. Estu­dios históricos).

Otro hemisferio de los libros de Marañón es el constituido por sus diser­taciones acerca del ser y la esencia del ma­gisterio universitario, sobre la vocación y la deontología médicas (Vocación y ética, Crí­tica de la medicina dogmática, Enciclope­dismo y Humanismo, etc.), sobre el sentido de lo hispánico (Raíz y decoro de España, Elogio y nostalgia de Toledo, Cuatro comen­tarios a la Revolución Española, Españoles fuera de España). Y, finalmente, los traba­jos decididamente médicos de Marañón in­formados por la amenidad literaria: Tres ensayos sobre la vida sexual (1926), Once lecciones sobre el reumatismo (1933), Gine­cología endocrina, Gordos y flacos, Endocri­nología, enfermedades de las glándulas de secreción interna (1930), Amor, convenien­cia y eugenesia, y tantos otros libros discuti­dos siempre por cuanto exceden del incoloro’ ámbito de lo profesional para herir en el calor cotidiano de la moral práctica y de la «Weltanschauung» instrumental y emotiva.

En modo alguno pueden dejar de apasionar temas tan próximos como son: la influencia del organismo en la personalidad y^ en la moral, la iniciación sexual de los jóvenes, la regularización de los nacimientos, doctri­nas que a menudo han sido enarboladas para justificar lo injustificable, de espaldas a la luminosa concepción del verdadero intelectual, que sale al paso de sus falsos discípulos («El deber del médico y su inter­pretación maliciosa» en Vocación y ética, Madrid, 1936).

R. Jordana

Marañón es una personalidad a la vez intensa y fecunda, que se halla, maduro y maestro, en pleno período de creación y que, poseyendo una obra importante, nos sorprende cada día con una visión nueva, sugestiva y original, como su Tiberio o su Vives. (A. Valbuena Prat)

En algunos aspectos, Marañón está enla­zado con la corriente de Ganivet y de los hombres del 98, como lo prueba su interés por los problemas político sociales y la direc­ción de su actitud frente a ellos…, y entron­ca con la línea directriz de la Institución Libre de Enseñanza y con las orientaciones del pedagogo Manuel Bartolomé Cossío, guía espiritual de uno de los grupos más nutri­dos de epígonos de Giner de los Ríos. (A. Millares)

Obras Líricas y Cómicas, Divinas y Humana, Antonio Hurtado de Mendoza

Obra varia del escritor es­pañol Antonio Hurtado de Mendoza (1587- 1644), que incluye poesía y teatro, publi­cada en 1690 y reimpresa a lo largo del siglo XVIII. Como obras teatrales se in­cluyen: Querer por sólo querer, No hay amor donde hay agravio, El marido hace mujer y el trato muda costumbre.

Hurtado de Mendoza es el poeta típicamente cor­tesano que canta las circunstancias y epi­sodios de la vida de palacio de su tiempo y nos describe las fiestas reales del Buen Retiro. Poesía, por tanto, oficial, escrita a menudo en octosílabos, entre la que des­taca la Vida de Nuestra Señora María San­tísima. Frecuentemente acusa una gran in­fluencia gongorina, como se puede ver en el fragmento que sigue: «Cuando bañado de luces/con rayos peinando el viento,/por cres­pas ondas surcando/golfos de oro en sus cabellos», o cuando se refiere al tópico del tiempo que huye: «En las plumas de los días/vuelan los meses ligeros/y lo que no cupo en siglos/pendiente está de momen­tos».